PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 71
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CAPÍTULO 71

VÍBORA

Me levanto despacio de su regazo. El movimiento rompe una sensación de seguridad y protección que me envolvía el cuerpo, al separarme todo me parece caótico y peligroso a mi alrededor.

Hasta hace un segundo estaba cómoda, recogida, y respirando al ritmo de alguien que no me obligada a nada. Me duele irme de su lado, mucho.

Pensaba que estaría muy enfadado conmigo, y no ha sido así.

Sentía incomodidad al verlo, porque sentía que teníamos que tener una conversación privada, que me rechazaría al reclamar su contacto.

Me equivoqué. Me ha confirmado que es el amor de mi vida y que lo necesito para seguir adelante. Porque me hace feliz.

Doy el primer paso y ya noto cómo el nudo en el estómago vuelve a cerrarse. Cada paso hacia adelante me arranca un poco de esa calma que acabo de tener. Escucho la voz de Vivaldo llamándome, está muy impaciente, y me tenso. Odio obedecer.

Camino hacia él y la rabia empieza a instalarse de nuevo en el cuerpo. Me sube por las piernas, me aprieta el pecho, me endurece la mandíbula. Siento la ira en todo mi ser.

Aprieto las manos sin darme cuenta. Mi espalda se endereza y mi cara se vuelve una máscara. Ya no soy la que estaba cómoda hace un momento. Ahora soy otra vez esta versión de mí rígida, cargada de enfado, preparada para aguantar, para atacar si hace falta.

Para sobrevivir.

Llego hasta él y me detengo. La rabia ya está dentro de mí por completo, ocupándolo todo. Respiro hondo, pero no se va. Se queda ahí, impregnada en cada parte de mí.

—Buena chica, querida.

Desde su asiento me pone una de sus asquerosas manos en el trasero y me empuja hacia él. Se desabrocha la correa y baja la cremallera de sus pantalones.

Mierda.

No.

Delante de Vito, NO.

Ojeo a este con brevedad para que Vivaldo no note hacia quién va mi atención. Está tenso, se está sujetando a sí mismo con todas sus fuerzas. Tiene la mandíbula apretada, las venas del cuello marcadas y las manos escondidas bajo la mesa.

Sus ojos no me miran del todo. Puedo sentir su rabia incluso sin que diga una palabra.

Hay un segundo en el que nuestras miradas se cruzan y entiendo todas sus emociones: está enfadado, herido, desbordado; y aun así se queda quieto, sujetándose, por mí o a pesar de mí.

La pantera no se mueve de sitio, pero cambia por completo.

Su cuerpo se tensa igual que el de él, como si compartieran un mismo pulso.

Baja un poco la cabeza, los hombros se elevan imperceptiblemente y el lomo se le ondula, preparada para lo que sea.

No ataca ni ruge, pero está alerta. Eso es un hecho.

Sus ojos amarillos se clavan en mí un segundo y luego vuelven a él. Entiende la situación sin necesidad de órdenes ni gestos claros, reconoce el estado de su dueño y se prepara para protegerlo. Su cola se mueve despacio, de un lado a otro, marcando el territorio invisible que ahora defiende.

Vivaldo se saca su lánguida y asquerosa polla fuera de los pantalones sin ningún tipo de pudor.

—Vamos, Kaa. Enséñale a quién debes lealtad, de quién es la polla que te metes todos los días en la preciosa boquita que tienes, a quién perteneces tú. —Se masajea su miembro con movimientos lentos.

Me arrodillo frente a él, el suelo frío y sucio se clava en mis rodillas como un recordatorio de mi humillación.

Siento su mano en mi cabeza, empujándome hacia adelante con su fuerza bruta que me obliga a obedecer.

Mi estómago se revuelve de asco mientras abro la boca, sintiendo la calidez repulsiva de su polla invadiendo mi espacio personal, mi lengua roza su piel flácida y venosa que me da náuseas.

Cada movimiento que hago es mecánico y forzado.

El sabor salado y amargo se mezcla con la bilis que me sube por la garganta.

Odio esto, odio a este cerdo que me obliga, pero sobre todo me odio a mí misma por permitirlo, por no hacer nada al respecto, por dejar que mi cuerpo se convierta en su juguete.

Pero si actúo, si hago un mal movimiento, lo pagaría Vito.

Podría ser el siguiente en morir. Y lo soportaría, bastante he perdido ya. Eso no podría superarlo.

La vergüenza me quema como fuego en mis mejillas y siento las lágrimas deslizándose por mi rostro, pero no las limpio, solo sigo, tragándome el vómito que amenaza con salir.

Puedo sentir cómo la mirada de Vito me atraviesa, llena de dolor y rabia impotente, pero también de un amor que me hace sentir aún más rota.

Estará pensando que ya estoy corrompida, que no merezco la pena.

Eso solo intensifica el asco que siento por mí misma.

No solo estoy traicionando mi cuerpo, sino también su fe en mí.

Cada lamida forzada es un puñal en mi alma.

No puedo seguir así. No puedo. Por Vito, y sobre todo por mí.

Los golpes, los insultos, las violaciones; Cara, la chica encadenada, Prie.

Todos son motivos más que suficientes para imponerme.

Pero el que más me importa es Vito. Creyó en mí.

Se jugó todo por mí. Todo. No se merece vivir esto, verme así de humillada.

Y por ende, avergonzarlo a él. No. Es la hora de que sea la víbora que soy, en la que me han convertido.

Exploto.

Se acabó.

El odio que he estado conteniendo estalla como una bomba, y decido que ya es hora de que este cabrón pague todas sus mierdas.

Cierro los ojos un segundo, reuniendo toda mi furia, y luego hundo mis dientes en su polla con una ferocidad que no sabía ni que tenía.

Mis incisivos se clavan primero en la piel tensa del glande, rompiéndola, y siento el estallido caliente de la sangre brotando en mi boca, espesa y metálica, inundándome la lengua y goteando por mis labios.

Vivaldo grita de dolor. Me agarra la cabeza con fuerza intentando separarme de él.

—¡Hija de puta! —vocifera rabioso.

Aprieto más fuerte, mis molares trituran la carne blanda y venosa, desgarran tendones y vasos sanguíneos.

Este sabor me gusta más, mucho más. La sangre salpica por todas partes, cubriendo mi barbilla, mi rostro y llegando a mi pecho mientras muerdo con saña.

Giro la cabeza un poco para hacer presión y arrancar un pedazo más grande.

Vivaldo me agarra la cabeza con ambas manos, sus dedos se clavan en mi cráneo, intentando apartarme. Pero yo aprieto más, ignorando el dolor agudo en mis mandíbulas, mordiendo con toda la fuerza de mi venganza acumulada.

Me golpea la cabeza contra la mesa, un impacto sordo que me hace marearme un poco, el borde de la madera corta mi cuero cabelludo y envía un chorro de mi propia sangre por la sien.

El golpe me aturde, pero no pienso soltarlo; en cambio, reúno todas mis fuerzas, tenso cada músculo de mi cuello y tiro hacia atrás con un movimiento salvaje.

Siento el crujido de la piel rasgándose, lo miro a los ojos, veo el sudor del miedo que ahora emana de él.

Un trozo de carne se desprende, un pedazo irregular y sangrante, con venas colgando como hilos rotos.

Lo tengo en la boca, aún palpita, la sangre me gotea por las comisuras de los labios en riachuelos espesos que manchan el suelo.

Una imagen digna de una película de terror.

Él grita, un alarido gutural que resuena por toda la habitación. Me echo hacia atrás, escupiendo el trozo de carne ensangrentada al suelo con una mirada de puro odio en los ojos, mi boca sigue llena aún de ese líquido que tanto me gusta.

Él se cae de la silla, se retuerce en el suelo, agarrándose la entrepierna con manos temblorosas mientras grita de dolor.

Su rostro se convierte en una máscara de agonía, lágrimas y mocos mezclándose con el sudor.

La sangre sigue fluyendo entre sus dedos, empapando todo a su alrededor en un desastre gore y caótico.

A mi alrededor, el caos ha estallado. Vito ha aprovechado el momento para actuar, y veo de reojo que ha matado a uno de los guardias mientras el otro está siendo devorado por la pantera mientras sigue vivo.

Su cuerpo ha salpicado las paredes. El animal sigue disfrutando con cada mordisco en los órganos.

Tiene la boca ensangrentada como yo. En este momento, nos parecemos más de la cuenta.

Siento una euforia salvaje, un torrente de adrenalina y triunfo que me recorre las venas.

Me he vengado, he roto mis cadenas con mis propios dientes, y por primera vez en mucho tiempo, me siento poderosa, invencible, aunque el asco y la vergüenza aún laten en el fondo.

Pero ahora soy yo la que controla mis sentimientos. Y la que decide qué hacer con ellos.

Ese cerdo no me va a utilizar NUNCA MÁS.