CAPÍTULO 70
PANTERA
Todos mis sentidos se ponen alerta. Por un momento siento alivio al verla aquí, viva y tan cerca de mí.
Pero la realidad es que está en ropa interior, la misma que llevaba el día que me la llevé a casa, esa que limpió y guardó en un cajón porque no quería ni verla.
Se la puso para venir aquí. Sabía a lo que venía.
Está llena de nuevo de moratones, como la primera vez que la vi, con un aspecto horrible, demacrada.
Pero hay una diferencia abismal desde que mis ojos la vieron en aquel jardín atada a ahora: antes era pequeñita, obediente y se le notaba que la habían despojado de su dignidad, carácter y alma.
Pero ahora no. Ahora su espalda se yergue recta como una pared.
Barbilla alta y una mirada feroz que dirige a Vivaldo desde la puerta.
Sigue siendo mía.
Mi Maia sigue ahí.
En cuanto sus ojos tropiezan con los míos, siento un golpe en el pecho.
Se fija en mí. Lo noto en la forma en que su mirada se detiene un segundo más de lo normal, en cómo sus dedos aprietan los dos vasos de whisky que lleva.
Estoy a punto de ir hacia ella, de acortar de una vez por todas esta distancia que siempre parece enorme cuando se trata de los dos, pero me freno.
Respiro hondo, me obligo a quedarme donde estoy, a no dejarme llevar por la necesidad de correr a su lado.
Ella se sorprende. Se le nota hasta en el parpadeo, que es rápido y tenso. Sus labios se entreabren. No esperaba encontrarme aquí, mi presencia la ha cogido de improviso.
Noto sus nervios, no puede ocultarlos. Observo la manera en que su pecho se levanta un poco más deprisa, en cómo evita mirar demasiado tiempo hacia mí para que Vivaldo no se dé cuenta, en la forma en que su respiración cambió cuando me vio.
Anclado a mi sitio, la observo sintiendo ese tirón dentro de mí que me grita que vaya, que la toque, que la calme, que la bese.
Pero me quedo quieto. Por primera vez en mucho tiempo, actúo con cabeza fría.
Porque no solo soy yo. Ahora ella es mi mundo y tengo que tener más cuidado y prudencia que nunca.
Actúo con cautela y mientras la miro, ella también lo hace.
Solo pienso en lo extraño que es que alguien pueda sorprenderte así, incluso cuando la has echado de menos todos y cada uno de los días que hemos pasado separados.
—Querida —la llama Vivaldo. Ella dirige su mirada hacia él, luego a Bagheera y por último a mí. Sus ojos están muy abiertos—. Kaa —el tono de Vivaldo muestra advertencia, pero ella no quita su vista de mí.
Hago un gesto con la cabeza de asentimiento, casi imperceptible, para que ella siga las órdenes del imbécil.
Maia despierta de su ensimismamiento y le ofrece uno de los vasos a Vivaldo.
—El otro es para nuestro invitado. Creo que ya lo conoces. Ve a saludarlo —insiste Vivaldo.
Maia duda ante su ofrecimiento. Frunce el ceño. No se mueve del sitio. Baja la cabeza. Se vuelve a hacer muy pequeñita, y odio verla así.
—Vamos —le da una palmada en el culo para que avance hasta mí—. Toda tuya. —Levanta su copa como brindando en mi dirección.
La veo avanzar hacia mí tan despacio que los segundos parecen una eternidad. Me enfurece verla caminar así. Me duele. Porque yo la conozco fuerte, directa, con ese carácter suyo que siempre ilumina o incendia una habitación, y ahora parece pequeña, incómoda, insegura.
Aprieta el vaso entre las manos mientras se acerca. Y eso me irrita aún más. No debería encogerse así. No ella.
Al final llega a mi lado. Levanta un poco el vaso y me lo ofrece sin mirarme directamente. Al estirarme para cogerlo, nuestros dedos se rozan. Es un contacto mínimo, pero tan intenso que me confirma lo mucho que la echo de menos.
La noto temblar, solo un poco, un leve movimiento, y después baja la cabeza, avergonzada, como si ese simple roce la hubiese dejado expuesta. Sé que no le gusta que la vuelva a ver así, vulnerable, en ropa interior y siendo una marioneta. Sé que ella misma se avergüenza de ello.
Puede ser también por la culpabilidad que pueda sentir por abandonarme como lo hizo.
Espero que no piense que yo estoy enfadado con ella.
Espero que no piense ni por un segundo en tenerme miedo.
Porque no quiero en el mundo a nadie más que ella a mi lado.
Le perdonaría todo. Me postraría a sus pies si hiciera falta.
Soy suyo. Se pactó con fuego y es un pacto hasta la eternidad.
Bebo un trago para disimular la forma en que mi pecho se tensa al verla así. Dejo el vaso sobre la mesa con un golpe intenso que apenas puedo controlar. Ella da un paso hacia atrás, lista para irse, para escapar de mí, de nuevo.
Pero no le dejo.
Antes de que pueda girarse del todo, le sujeto con suavidad el brazo. Se queda inmóvil, sorprendida, pero no tira para soltarse. Hay un segundo suspendido entre los dos, un silencio cargado de palabras que no nos decimos pero nos guardamos para el momento adecuado.
Tiro de ella con decisión pero sin brusquedad, y la guío hacia mí.
Su cuerpo cae casi sin resistencia, creo que en el fondo estaba esperando este gesto.
La siento en mi regazo. Está tensa, respirando rápido, sin atreverse a mirarme todavía.
Noto su sobresalto al sentir demasiado dura mi entrepierna.
Agarro su cintura con firmeza.
En ese instante, con ella aquí, tan cerca, tan real, tan temblorosa y a la vez tan mía, se impone un sentimiento mucho más profundo: la necesidad de tenerla, de poseerla, de volver a venerarla. Que recuerde quién es. Que recuerde quiénes somos los dos.
—Te he echado de menos, viborilla —susurro en su oído.
Lamo su lóbulo antes de distanciar mi rostro.
—¿No estás enfadado? —murmura aún sin mirarme con la cabeza baja.
De reojo veo a Vivaldo intentar escuchar nuestra conversación, pero nuestras palabras son apenas audibles y eso lo enfada más. Las venas de su cuello se hacen más prominentes.
Le cojo la barbilla a Maia con una mano, la giro hacia mí y la obligo a mirarme muy de cerca. Nuestros labios se rozan.
—Contigo nunca. Tranquila, esta noche dormiremos en casa y toda esta puta pesadilla pasará a ser historia —le digo en voz muy bajita mezclando nuestros alientos.
Ella se sorprende de mis palabras y alza las cejas.
—Eh, ¿qué pasa ahí? —interfiere Vivaldo con tono brusco.
—Has dicho “toda tuya”, ¿verdad? —pregunto con una sonrisa de soberbia en tono alto sin mirarlo.
Pongo una mano detrás de la nuca de Maia con fuerza, siendo posesivo. El corazón me late como un cabrón desbocado. La miro a los ojos con un hambre que no puedo disimular y la empujo hacia mí sin pedirle permiso. Nuestros labios se chocan de golpe, quisiera devorarla entera.
El beso es feroz. Mi lengua invade su boca sin piedad, buscando la de ella, enredándola, chupándola con ganas.
Siento cómo jadea contra mí, y eso me pone más cachondo todavía.
Le muerdo el labio inferior, tiro un poco, lo suficiente para que sienta el filo de mis dientes, y vuelvo a meterme en su boca buscando saciar esta excitación interminable.
No existe nadie más aquí en este momento.
Solo ella y yo. Y, joder, sabe tan rico...
Mis manos bajan por su cuello, por su espalda, la aprieto contra mí para que sienta lo duro que ya estoy por ella.
El beso se vuelve más sucio, más húmedo, nuestra saliva se mezcla, se escucha nuestras respiraciones agitadas.
Le chupo la lengua con fuerza, como si quisiera tragármela, y un gruñido bajo se me escapa cuando siento sus manos en mi pelo tirando hacia atrás.
Quiero más, quiero follarla con la boca aquí mismo. Seguimos hasta que los dos estamos temblando de puro deseo.
Y no paro. No quiero parar. La beso como si fuera el último puto aliento que me queda en este mundo.
—Basta —escucho la voz de Vivaldo. Al ver que no paramos golpea la mesa con un puño—. ¡Basta! —su voz tiembla de furia.
Me aparto de los labios de Maia y los observo, enrojecidos, con ganas de más.
—Vamos a resolver esto primero. Luego te daré todos los orgasmos que te has perdido estos días —susurro contra su rostro, pegando su frente a la mía.
Ella sonríe feliz.
Al fin.
Esa sonrisa que brilla más que el puto sol.
Mi chica.