PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 69
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CAPÍTULO 69

PANTERA

Cruzo los brazos lentamente sin romper el contacto visual. En ese instante, sé que ya he ganado la primera batalla.

—Qué placer estar en presencia del Don y su mascota —se burla mirándome de arriba abajo.

Mi rostro sigue imperturbable. No perderé el tiempo con escoria.

—Cuidado con tus palabras. No querríamos enseñar lo que puede llegar a hacer “mi mascota” —advierte Gepetto en tono duro y contundente—. ¿Dónde está Lamberto?

A Vivaldo se le borra la sonrisa de la cara y abre mucho los ojos ante el comentario del Don.

—Ahora viene. Ha tenido que ir a unos asuntos —repone el imbécil.

Gepetto se pone delante de mí en postura erguida demostrando su poder.

—No he venido a hablar con un simple mayordomo. He venido a ver al Capo. Al Don no se le hace esperar, así que esto tendrá consecuencias —impone muy serio.

Noto cómo la rabia corroe a Vivaldo. Aprieta los puños junto a las piernas. Esbozo una sonrisa al ver su debilidad. Estoy orgulloso de ver al Don en acción.

Mi pantera se sienta a mi lado esperando órdenes.

—Mientras llega, ¿puedo ofreceros una bebida y un poco de diversión? —sugiere Vivaldo demostrando una doble intención. Su mirada se fija en mí.

—No. Esperaremos aquí —ordena el Don—. Si no ha llegado en diez minutos, date por muerto. —Le lanza una mirada fulminante a Vivaldo.

Disfruto unos segundos de la expresión de miedo del imbécil. Es lo que tiene jugar con fuego, que puedes quemarte.

Se recompone. Cierra los ojos unos segundos, carraspea y cuando los abre, los dirige a mí. Desafiándome. Retándome.

Si lo que quieres es jugar, juguemos.

—Acepto esa bebida —respondo antes siquiera de pensar en lo que hago.

Estoy deseando tenerlo cerca para hacerlo sufrir, verlo llorar sangre y revolverle las tripas.

El Don me coge del brazo cuando doy un paso.

—Esto no es lo que me has prometido en el coche —murmura. Su mirada es fría, tajante.

—Solo será una bebida. No haré nada —susurro sin darle importancia.

Pero sí la tiene, porque Vivaldo acaba de firmar su sentencia de muerte. No volverá a ver la luz del sol.

—Sígueme —me indica entrando en la casa—. Ah, pero antes, no podemos permitir armas dentro.

Sonrío porque me lo imaginaba. Abro los brazos para que dos hombres me registren. Sacan mi pistola de la espalda y no encuentran nada más. No han visto la que llevo metida en la polla porque ahí no tocan.

Camino hacia dentro con Bagheera ante la atenta mirada del Don, que me reprocha mi actitud. Si pudiera hacerlo, me daría un buen puñetazo, lo sé.

Lo siento, Gepetto. Ya deberías de saber cómo soy. No puedo evitarlo.

—Mmm, la pantera no puede pasar —objeta Vivaldo en la entrada.

—Ella viene conmigo a todos lados. No tendréis miedo de un animal indefenso cuando sois tres armados, ¿no? —sueno tan convincente que hasta afirma con la cabeza.

Eso pretendo, que sientan que tienen el poder, que se sientan seguros para que luego la humillación sea más dolorosa. Me relamo los labios imaginando los llantos de Vivaldo.

La madera oscura domina cada rincón de la casa. Nada aquí de la decoración es viejo. Las vigas del techo son enormes, y gruesas. La luz cálida de las lámparas le da al lugar una apariencia acogedora.

Avanzo por el pasillo principal. El suelo de madera cruje bajo mis pasos, que resuenan en el silencio, cada pisada anuncia mi presencia.

Vivaldo me guía a una sala amplia. Aquí el techo se eleva, abriéndose como una cúpula de madera que deja ver la estructura completa, imponente.

Las paredes están decoradas con mapas, hay estanterías bajas llenas de carpetas y alguna fotografía antigua enmarcada.

Pero lo que domina la habitación es la mesa.

Es enorme, ovalada, de un solo tronco macizo tallado de forma personalizada. Su superficie brillante refleja las luces del techo. A su alrededor hay sillas robustas, de respaldo alto, todas iguales. Camino hacia la que se encuentra al fondo.

Cruzo la sala con un ritmo seguro, cada paso mío marca territorio. Avanzo lento. Sin dudas. Me hago notar con mi sola forma de moverme.

Llego a la silla más lejana, para dominar. Desde este punto puedo controlar tanto la puerta, como cada rincón de la sala.

Deslizo la mano por el respaldo, frío y firme, y me siento con una seguridad que llena la habitación entera. Me reclino un poco, apoyo los brazos con calma y miro al frente retando a mi contrincante a que haga su siguiente jugada.

Él se sienta en la silla opuesta a la mía, lejos pero no lo suficiente para estar a salvo de mí. Hace un gesto con las manos. Uno de sus guardias se instala a su izquierda, en la esquina. El otro sale en busca de lo que supongo que es la sorpresa que él cree que me voy a llevar.

Lo observo desde mi silla apartada, sin prisa, sin necesidad de disimular que lo estoy analizando por completo.

Él está frente a mí, con una postura recta que quiere aparentar, pero falla en su intento.

Patético. Cada movimiento suyo está hecho para llamar la atención: cómo apoya los codos, cómo acomoda el hombro, cómo inclina la barbilla con un aire de prepotencia.

Y por eso es tan fácil de leer.

Es vanidoso. Orgulloso hasta la exageración. Es de los que necesitan que todo el mundo entero gire a su alrededor para sentirse importantes.

Mientras lo miro, me doy cuenta de que su prepotencia no me afecta en absoluto.

Al contrario, me revela demasiado. Su vanidad me permite ver cada una de sus intenciones antes de que las ejecute.

Sé con exactitud lo que va a intentar. Quiere marcar territorio.

Necesita demostrar. Necesita creer que tiene el control.

Y ahí está su punto débil. La grieta en toda esa fachada. Porque quien necesita demostrar poder es precisamente quien no lo tiene de verdad.

Mi seguridad se afianza aún más después de ver sus gestos. Lo observo con una leve inclinación de la cabeza, casi divertida. Sé que repetirá su patrón una y otra vez. Sé que va a buscar mi reacción, y va a conseguirla, pero no de la forma que él cree. Porque voy tres pasos por delante. Siempre.

La puerta chirría y mi vista se va hacia ella anticipándose, porque ya sé lo que voy a ver.

Maia.