CAPÍTULO 68
PANTERA
Mis pisadas resuenan con una seguridad imponente. Ha llegado el momento de reclamar lo que es mío.
Tiro de la manilla y me monto en el coche que me está esperando en el exterior de mi casa.
Es un todoterreno negro, en la parte de atrás hay asientos enfrentados para por lo menos seis personas.
Bagheera se monta a mi lado y enfrente tengo a Gepetto, que viste con un abrigo gris y su típico traje de chaqueta impoluto.
He dejado a Esmeralda bebiéndose una tila. Le he explicado todo lo que he podido sin entrar en detalles para no hacerle mucho daño. Me he despedido asegurándole que traería a su hija.
Y eso haré.
El Don ha conseguido contactar con Santoro.
Me contó que Lamberto estaba muy enfadado porque Gepetto se había inmiscuido en sus asuntos, que había pasado los límites.
Estaba furioso porque yo ya me he cargado a muchos hombres suyos y cree que he sido enviado por el Don.
Pobre imbécil. A todos los que he matado ha sido porque me ha salido de los cojones.
Pero, claro, Gepetto tampoco puede explicar eso, porque si no quedaría en duda su liderazgo: un simple integrante no puede decidir por sí mismo.
Y se vería afectado. Por lo tanto, asumió que todo ha sido ordenado por él y que no veía bien la trata de personas.
Llegaron a un acuerdo. El Don pidió a Maia a cambio de dejarlo seguir con sus negocios y devolverle La Nonna.
Lo que no se imagina es que es una trampa.
Aunque el Don quiera utilizar la vía diplomática, yo tengo asumido que hoy es el final de Santoro.
Siento fallarle a Gepetto, pero no consentiré que ese idiota siga viviendo y haciendo de las suyas.
El Don está concienciado de que algún día tendrá que dar muchas explicaciones a los demás capos, y ese día llegará pronto, tanto que no se lo espera.
Pero estoy seguro de que podrá con ello. Su carisma es innato.
—Conozco esa mirada —interrumpe Gepetto mis pensamientos.
Levanto las cejas—. Sí. Esa de “me importa una mierda lo que pase alrededor. Voy a por lo que me importa a cualquier coste” —afirma entornando los ojos.
No le falta razón—. Cíñete al plan. No puede haber errores o muchos morirán.
Esto podría ser una masacre y morir tanto nuestros hombres, incluido tú, como las chicas —declara con tono serio.
—De acuerdo. Lo haré —miento volviendo a mirar por la ventanilla.
Soy impredecible, debería saberlo, y eso juega en mi contra.
El cristal lateral vibra con suavidad con cada bache y a través de él veo cómo la ciudad de Caserta pasa a toda prisa.
Las calles están vivas, fachadas antiguas, balcones con plantas colgando, motos cruzando demasiado rápido, gente caminando sin mirar. Todo parece normal, cotidiano y sin embargo, yo avanzo por medio de todo ello sabiendo que voy a por todas. Que nos jugamos mucho.
A medida que nos alejamos, las calles se vuelven más anchas, luego más vacías. El ruido de la ciudad se queda atrás. Las luces amarillas de las farolas se espacian hasta desaparecer, y lo que queda es carretera oscura rodeada de árboles.
Me muero de ganas por abrazarla. Por ahuyentar todos sus miedos. Necesito ver su rostro. Saber que está bien, que sigue intacta.
El paisaje cambia. El aire parece volverse más frío, más puro. El coche se adentra en las afueras, donde ya no hay casas, solo bosque. Troncos altos, siluetas negras, y ramas que se arquean sobre la carretera.
Hoy no hay segundas oportunidades. No podemos cometer errores.
Yo no puedo fallar. Sobre todo a ella. No quiero que vuelva a sentir que la utilizan.
La quiero libre para mí. Libre para que decida.
Y si aun así, no quiere estar conmigo, la perseguiré y la cuidaré hasta el fin de los días.
Porque es mía. Y eso es para toda la vida.
A los minutos, el coche reduce la velocidad.
Las ruedas crujen sobre un camino de tierra.
A lo lejos aparece una estructura enorme entre los árboles: una casa de madera, grande como un edificio rural antiguo, con ventanales altos y un porche ancho.
Las sombras que la rodean la hacen parecer aún más colosal.
Junto a ella, algunos guardias con ametralladoras en mano, vigilando. La forma en la que se colocan, la rigidez de sus posturas, me deja claro que ese lugar no es un refugio casual. Es un bastión, una fortaleza disfrazada de construcción rústica.
Cuando el coche se detiene, dos hombres se acercan al momento por cada lado, mirando dentro antes de siquiera permitir que la puerta se abra. Escucho voces bajas, seguidas de órdenes rápidas, y pasos firmes sobre la gravilla.
La cabaña se alza frente a mí, inmensa, iluminada por unas pocas luces cálidas que contrastan con la frialdad del entorno.
Y yo, desde la parte trasera del coche, siento que mi cuerpo se pone alerta. Se me acaba la paciencia. Sé que ella está cerca. Tiene que estarlo.
—Contrólate —me advierte Gepetto antes de bajar.
Asiento con la cabeza.
Soy el primero en salir. Mis ojos van directos a los de Vivaldo. Inclino los hombros hacia atrás, poniendo recta la espalda. Él estaba esperándome como si supiera exactamente cuándo iba a aparecer. Se queda plantado a unos metros con el cuerpo firme, sin el más mínimo gesto de apartarse.
El aire entre los dos se tensa al instante.
Nuestras miradas chocan, colisionan. Lo miro de frente, sin parpadear, como si le estuviera diciendo con los ojos que no es nadie para mí.
Él me clava la mirada con la misma dureza, pero yo noto una duda mínima por su parte escondida detrás de su fachada segura, y me sube el ego.
Nunca ha podido ni podrá llegar a mi altura.
Para ser como yo tendría que nacer de nuevo.
Un orgullo me llena el pecho de poder, de control, de superioridad. Me siento dueño del momento. Siento mi propia presencia agrandarse, firme, impenetrable.
Él intenta mantener la postura, pero al fulminarlo con la mirada empieza a deshacer su seguridad. Su mandíbula se tensa, inspira un poco más profundo y sus ojos parpadean varias veces sin poder aguantar mi presión.
La fuerza que siento no viene de lo que pasó antes, sino de lo que voy a hacer ahora, de lo que estoy a punto de demostrar.