PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 67
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CAPÍTULO 67

VÍBORA

El terror ya no solo está en mi pecho, está en todo el lugar. En el aire, en las paredes, en el eco y en la mente de todas las chicas. Oigo el sollozo de algunas de ellas.

—Esa —señala Vivaldo a Cara.

Los hombres aparecen desde su espalda, siguen las órdenes de su jefe y llegan hasta mi amiga para llevársela. Ella solloza llena de miedo.

—¡No! —grito interponiéndome entre ella y esos tíos.

Vivaldo da un paso adelante para acercarse a mí.

—Apártate, zorra estúpida. —Me da un guantazo en la mejilla tan fuerte que mi cuerpo cae de lado al suelo.

—Cogedla —señala él a Cara de nuevo.

Los hombres la agarran de los brazos y se la llevan a trompicones mientras ella se resiste.

—¿A dónde la llevas? —pregunto envalentonada desde el suelo con desesperación.

Vivaldo esboza una sonrisa altiva.

—No la volverás a ver. —Se ríe mirándome a los ojos.

Mi amiga me mira. No hace falta que hable. Veo en sus ojos lo que siento yo: pánico puro. Un miedo tan grande que ahoga las lágrimas que quieren salir porque ni siquiera hay tiempo de llorar.

Ella estira la mano hacia mí por un segundo, un reflejo desesperado, pero la tiran hacia adelante. Su cuerpo tropieza, su respiración se acelera y yo siento cómo el aire me abandona por completo.

Quiero gritar, agarrarla, interponerme, pero mis piernas no obedecen. La garganta se me cierra con un nudo que duele. Mi pecho late tan fuerte que me siento muy mareada.

La arrastran hacia la escalera. Ella vuelve la cabeza hacia mí una última vez, aterrada, buscando en mi rostro alguna seguridad que ahora mismo ni yo tengo.

Empieza a subir. Un escalón. Dos. Tres.

Su pelo rojizo se mueve con brusquedad con cada tirón.

Ese movimiento de su cabello, tan suyo, tan familiar, ahora se vuelve insoportablemente doloroso.

Mi amiga intenta resistirse una última vez, ese gesto me rompe por dentro.

La empujan más fuerte, están impacientes y enfadados, y la puerta de arriba vuelve a chirriar.

Cara gira la cabeza, desesperada, buscándome.

Cuando sus ojos se clavan en los míos, la puerta empieza a cerrarse.

La rendija se hace más estrecha. Su rostro desaparece poco a poco.Cuando ya no queda nada de ella, se me instala dentro un miedo tan grande que apenas puedo sentir mis propias manos.

Ella ya no está, y yo no puedo ni pensar que le harán. Me duele tanto el pecho que pienso que voy a morir. ¿Se puede morir de pena?

Vivaldo me agarra de la barbilla y me obliga a mirarlo muy cerca.

—La Pantera ha conseguido llevarse a tu madre. Nos está fastidiando más de la cuenta, pero todavía tengo a Axa en mi poder. Hazte la idea de que no la verás más. —Me gira la barbilla con odio—. Y dale las gracias a ese hijo de puta por ello. —Se incorpora y alza el mentón.

Mi vista se nubla. Va a morir. Me lo acaba de confirmar. El dolor tan grande que siento no me deja moverme. Mi mente se queda en shock.

De repente escucho un golpe en la parte de arriba. Mi corazón deja de latir. Ha sido un objeto o un cuerpo. Cara. ¿Habrá sido ella? ¿La habrán golpeado hasta morir?

—Nos vamos de la ciudad —anuncia con emoción—. Dentro de poco se os meterá en un coche y nos iremos de aquí. Portaos bien o ya sabéis cuáles son las consecuencias.

Pero yo apenas lo escucho. Mi mente está imaginando mil realidades que habrán pasado allá arriba. En ese instante, la chica encadenada, comienza toser. Apenas le sale el gesto y el sonido. Está tan maltratada que no creo que le funcionen la mitad de los órganos. Vivaldo gira la cabeza hacia ella.

—No es de buena educación interrumpir —añade en tono frío. Saca su pistola y le mete una bala en la frente a la pobre chica.

Deja caer su cabeza ya inerte.

Vivaldo se va por donde minutos antes desapareció mi amiga, llevándose consigo todos los demás hombres y volviéndonos a dejar solas.

Todo se queda sumido en silencio y justo dentro de mí, mi verdadero yo empieza a arder, a querer salir de nuevo. La Maia en la que me convertí gracias a Vito ha vuelto. Esto ha sido la gota que ha colmado el vaso.

No tengo miedo. Ni duda. Es fuego.

El odio me sube desde el estómago como una corriente, reclamando cada rincón de mi cuerpo que antes estaba ocupado por el terror. Siento los dientes apretados, la mandíbula rígida, los puños cerrándose hasta que los nudillos me duelen.

Me viene su rostro a la mente, su mano agarrándome la barbilla, su voz, sus órdenes, su forma de mirarme como si fuera algo que él puede romper cuando quiera.

Me vienen los recuerdos del pasado, cada vez que me acorraló, cada vez que me humilló, cada vez que me hizo sentir pequeña, débil, atrapada, violada, pisada.Y también pienso en Cara.

Que no pudo escapar. Que no sé si estará ahora mismo enterrada con una bala en el cuerpo.

Y esa pobre chica, la que está encadenada, que venía enamorada a Italia y se encontró con la muerte en persona.

Mi pecho late desbocado, sumido en un torbellino feroz que me empuja a erguirme, incluso en este sótano frío. Me levanto despacio.

Mi madre está viva, Vito la ha salvado. Aparece un sentimiento, un pequeño alivio. Me limpio las lágrimas que han aparecido en mi rostro con un gesto brusco. Y ahora lo tengo más claro que nunca: mataré a este hijo de puta.

A Vivaldo.

Me prometo en un susurro, que lamentará cada una de las cosas que me hizo, cada noche que me violó, golpeó, cada centímetro de dolor que le causó a Cara. Me prometo que no tocará a nadie más.

Ni una más.

Estoy hecha no solo para aguantar, sino también para resistir y para enfrentarlo. Para eso me han servido todos estos años. Me he hecho más fuerte. Más dura. De todo se aprende. De todo.

Me siento increíblemente viva, consciente de mí misma, del peso de mi propia fuerza, incluso encerrada. Siento que si él vuelve a bajar esas escaleras, ya no encontrará a la misma persona. Y no podré disimularlo. Porque soy un puto huracán y destrozaré todo a mi paso.

Lo juro en silencio, con una seguridad feroz. Vivaldo Longo tiene los minutos contados y yo seré su jueza y verduga.