PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

VÍBORA

Estoy sentada en el suelo con ella, siento como si estuviéramos en un pequeño refugio que solo existe para las dos. Porque en mi mente no existe nada ni nadie más aquí y ahora.

Tengo la espalda apoyada en la pared, las piernas estiradas y cálidas por el peso suave de su cabeza.

Su pelo rojo cae como una cascada encendida entre mis dedos, ondulado.

Cuando lo acaricio, siento como su respiración se hace más lenta, más profunda.

Le encanta cuando lo hago. Y yo adoro hacerlo. Es un gesto muy nuestro.

Tenemos pensamientos dispares, pero no por eso dejaré de quererla. Así es la amistad, hay veces que no se está de acuerdo, pero daríamos la vida la una por la otra. Ella cree que yo me estoy equivocando, y yo espero que ella se dé cuenta de la realidad más pronto que tarde.

Ahora mismo, ella está totalmente entregada a este momento de paz. Tiene los párpados medio cerrados, la boca relajada, no intenta disimular lo a gusto que está. A veces emite un pequeño suspiro que me expresa sin palabras que está segura, que conmigo no necesita estar alerta.

Y aquí, en este silencio cómodo, pienso que no necesito un hogar, ni riqueza ni nada material para sentirme en casa.

Es ella.

Antes le pregunté si sabía dónde estamos.

Me dijo que no, que a ellas las habían traído con los ojos cubiertos, como a mí.

¿Y si es la casa de Santoro? Cada vez que iba a follar con él, me llevaba a la parte superior de su mansión, pero nunca he sabido si la casa tenía más zonas.

Esto desde luego tiene que estar bajo tierra.

Hay una escalera al fondo; al final de ellas, una puerta.

Mi cabeza se gira hacia la chica que está encadenada a la pared con gruesas cadenas oxidadas que le sujetan las muñecas y los tobillos.

No se mueve casi. Dios, su cuerpo es solo huesos.

Esquelética, como si llevara semanas sin comer nada.

Y posiblemente sea así. La piel se le pega a los pocos músculos que tiene, está pálida, llena de moratones morados y negros que le cubren los brazos, las piernas y el torso.

Hay heridas abiertas, algunas con costras, otras todavía supurando, al parecer se las han podido hacer hace poco.

Su cabeza cuelga hacia adelante, el pelo largo y sucio le tapa la cara, pero de vez en cuando se mueve un poco, respira con dificultad. Parece moribunda.

Se me encoge el estómago solo al mirarla. No sé qué habrá hecho para terminar así. ¿Habrá intentado escapar? ¿Habrá gritado demasiado? ¿Habrá desafiado a Vivaldo? No tengo ni idea.

—Axa, ¿qué le ha pasado? —Me da curiosidad.

—¿Eh? —Ella levanta la cabeza, sobresaltada. Estaba casi dormida y la he despertado. He sido muy brusca.

—Lo siento —me refiero a haberla quitado de su tranquilidad. Señalo a la chica encadenada.

—Aún no ha perdido la valentía. Le escupió a Vivaldo en la cara. Ya aprenderá —explica volviendo a acomodarse.

Frunzo el entrecejo. Odio las palabras de mi amiga.

Yo he sufrido igual que ella, pero no han conseguido someterme.

A Cara se le nota que tiene mucho carácter, no sé cómo ha aceptado esta mierda de vida.

Quizá sea porque no tiene a nadie apoyándola para luchar desde fuera, al contrario que yo.

Sé que podré salir de aquí porque Vito no parará hasta hacerlo.

Eso ella no lo tiene. Pero no importa, porque la sacaré a la fuerza conmigo. Yo seré quien la salve. Quien la apoye.

De repente, la puerta de las escaleras se abre de golpe, sin anunciarse. El sonido rebota en las paredes y lo siento clavarse directamente en mi pecho.

El hijo de puta de mis pesadillas ha vuelto.

Vivaldo.

Está rodeado de hombres, y desde aquí puedo notar su enfado. Veo su mandíbula tensa, los hombros duros, y ese rostro con una sonrisa maquiavélica que no guarda nada bueno. El terror me sube por la garganta tan rápido que casi me deja sin respiración.

Joder, estaba tan cómoda con Cara que no he dedicado ningún minuto a pensar un plan, y me urge hacerlo porque no sé cuándo será nuestro último momento.

Quizá a mí me deje vivir por la obsesión que tiene conmigo, pero a mi amiga, a ella puede meterle un tiro en cualquier momento, y más sabiendo que le tengo mucho cariño.

Ella, que hace apenas un segundo estaba acurrucada en mis piernas, se incorpora de golpe. El calor que dejaba su cabeza en mis piernas, se enfría enseguida. Sus ojos se abren igual que los míos. Ella retrocede un poco, temblorosa, como si buscara por instinto una salida que no existe.

Él baja un escalón. Otro. Y otro.

Cada paso parece que marca una cuenta atrás.

Con cada avance suyo, el miedo se hace más prominente, más fuerte alrededor de mi pecho hasta que me cuesta incluso inhalar oxígeno.

Cara se pone a mi lado, tan rígida como yo y aunque no nos miramos, podemos sentir mutuamente ese pánico compartido y paralizante.

Y él sigue acercándose, su expresión es cada vez más oscura, con su forma de caminar tengo más claro que ya tiene un plan entre manos. No ha venido por gusto. Cada paso suyo es un golpe que resuena en mi cabeza, recordándome que este será un momento duro y que no hay dónde esconderse.