CAPÍTULO 65
PANTERA
Me asomo y disparo. Al momento sus balas impactan contra mi vehículo. Mierda. Va a ser más difícil de lo que pensaba. Tengo que acabar con esto cuanto antes. No tenemos tiempo que perder.
Me levanto decidido a dar un último tiro en la diana.
Él deja ver su cabeza. Cuando aprieto el gatillo, para mi sorpresa, me he quedado sin balas.
El chasquido se repite en mi mente recordándome que soy un puto imbécil.
Mi contrario esboza una gran sonrisa al ver mi fallo, apunta hacia mí y justo antes de que pueda disparar, me escondo.
El sonido que sale, idéntico al que segundos antes había escuchado, es música para mis oídos.
Sin balas.
Estoy frente a él. Mi contrincante. Nuestras miradas se clavan el uno en el otro. Él piensa con exactitud lo mismo que yo: hay que llegar hasta Esmeralda. Lo sé porque los dos echamos a correr al unísono hacia la misma dirección. Tiro el arma al suelo.
Él me lleva ventaja, estaba más cerca de la casa.
Sus pasos retumban en el asfalto. Yo siento el aire cortándome la cara mientras corro detrás de él, obligando a mis piernas a moverse más de lo que pueden.
La casa aparece entre los árboles, iluminada por la débil luz del porche.
Él la ve y acelera. Yo gruño, impotente, porque la distancia se acorta, pero no lo suficiente.
Él llega primero, sube el escalón y aprieta el timbre, ansioso por cumplir su objetivo. No lo pienso. Al llegar hasta él, lo agarro por detrás con ambas manos y tiro hacia atrás mientras su cuerpo se tensa.
Luchamos entre nosotros. No hay reglas. Solo golpes.
Él me da un puñetazo en la mandíbula que hace que pierda un poco el norte, pero lo empujo contra la pared del porche.
Él se zafa, me agarra por la camiseta y me lanza un rodillazo al estómago que me deja sin aire.
Le contesto con un codazo seco que hace que me suelte, y aprovechando el momento lo estampo contra el suelo.
Rodamos por las baldosas, gruñendo, respirando como animales.
Su puño me roza la ceja, el mío le da con una brutalidad imparable en la mejilla.
Lo levanto y lo empujo de nuevo contra la pared, dándole un golpe directo al rostro que lo deja tambaleando.
Y este es mi momento, porque veo que no se resiste.
Hinco los dedos en su nuca y le doy una y otra vez contra la pared.
Sin piedad. Dejando salir toda mi furia contenida.
Su cráneo se deforma y siento su mandíbula crujir.
Está muerto, pero sigo haciéndolo añicos para vaciar toda la rabia que me corroe.
En ese instante, la puerta se abre.
La mujer aparece con la bata puesta y la luz de la casa bañándole el rostro, uno muy parecido a la que es la mujer de mi vida.
En cuanto ve la escena, sus ojos se agrandan de terror.
Se fija en mi mano sujetando el cuerpo de un tío muerto con la cara ensangrentada.
Lo suelto al momento y él se desploma al fin a mis pies.
El miedo que aparece en los ojos de Esmeralda me atraviesa más que cualquier puñetazo porque no solo ve al hombre muerto, me ve a mí tal como soy en este instante, jadeando, violento, cubierto de sudor, polvo y sangre. Un animal desbocado y agresivo.
Por un segundo, temo que ese miedo no sea solo por lo que podría haberle hecho su atacante, sino por lo que acabo de demostrar que yo también puedo llegar a hacerle.
—Controlado —oigo por el auricular.
Una sensación de alivio me recorre, pero es por poco tiempo. La mujer se ha quedado tan sorprendida que es incapaz de moverse. Me incorporo. Echo hacia atrás los hombros. Estoy a punto de dar un paso cuando la mujer abre la boca.
—¡Socorro! —vocifera huyendo al interior de la casa.
Antes de que pueda cerrar la puerta, pongo la pierna. Ella chilla asustada. Abro con un solo golpe de pie. Si sigue gritando así, alertará a los vecinos y llamarán a la policía.
Le cubro la boca con la palma de la mano, pego su espalda a mi cuerpo e impido que pueda seguir. Se intenta revolver, pero apenas tiene fuerza. Si la comparo con el tipo de antes, esto es coser y cantar. La mujer comienza a llorar, su cuerpo tiembla. Está muy atemorizada.
—Shh… Tranquila, Esmeralda —murmuro en su oído—. Vengo de parte de Maia. —Ese nombre hace que se quede inmóvil. Sus sollozos paran en seco—. Te prometo que te lo explicaré todo si te calmas. Me gustaría soltarte —indico ahora en tono normal, ya que me escucha con claridad.
Noto su cabeza asentir. Retiro la mano con lentitud. No puedo confiar plenamente en ella, porque es normal que me vea como su enemigo. Por lo tanto, me quedo en guardia, atento a cualquier mínimo detalle que haga para volver a inmovilizarla.
Esmeralda se gira quedando frente a mí.
—¿Dónde está mi hija? —su voz suena a desesperación.
Oigo su respiración acelerada, irregular, temblorosa. Respira alternando la entrada y salida del aire por la boca y por la nariz, pero de manera muy rápida. Se encoge un poco hacia adelante, tensa los hombros. Me llega su miedo, su confusión.
—Está bien. Te llevaré con ella —respondo.
Echo el peso sobre la otra pierna. No estoy cómodo mintiendo a la madre del amor de mi vida. Maia no está bien, pero juro que lo estará. Le ofrezco una mano.
Es una mujer de unos cincuenta años cuya presencia transmite calidez desde el primer momento.
Su pelo castaño, del mismo tono que el de su hija, le cae hasta los hombros con mechones ondulados que le enmarcan el rostro.
Tiene algunas canas cerca de la sien, dándole un aire de madurez.
Su rostro tiene rasgos suaves, pómulos redondeados, la piel recoge pequeñas líneas de expresión que cuentan años de sonrisas y preocupaciones, y unos ojos del mismo color cálido que su cabello.
Ahora entiendo de dónde ha sacado esa belleza mi chica.
Lleva una bata de estar por casa, cómoda, de tela suave color rosa pastel. Se nota que es una prenda que usa a diario, está un poco arrugada, con las mangas un poco subidas, y el cinturón se ata a la altura de la cintura, marcando una figura curvada por los años pero aún llena de vida.
—Te contaré todo por el camino. No tenemos tiempo que perder —le aseguro.
Ella acepta mi mano. Pone la suya encima. Es la primera noticia que tiene de su hija después de tantos años. Confiará en un desconocido, en alguien a quien ha visto asesinar a una persona con sus propios ojos y se pondrá en peligro conmigo solo por saber que le pasó a su niña. Es entrañable.
No voy a contarle TODO. Solo lo necesario: que la secuestraron y que ha conseguido escapar de la trata de personas, que ya está a salvo. La llevaré a mi casa y allí esperará a que su hija vuelva. Porque me encargaré yo de ello.
Maia volverá conmigo.
Así se junte el cielo con la tierra.