PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

PANTERA

Mis botas tocan suelo español. Esta es la primera parte del plan: salvar a la madre de Maia, Esmeralda Castillo Morales, de las garras de los hombres de Santoro.

He llegado al aeródromo en el jet privado del Don.

Él se ha quedado allí, en Nápoles, y me ha dejado escoger a los mejores hombres para acompañarme, ya que en cuanto Lamberto se entere de que sus guardias están muertos, podría iniciar una guerra, y ahí estará Gepetto para impedirlo.

—Es la temperatura perfecta para unas vacaciones —afirma Baloo llegando a mi lado al bajar de las escaleras.

—Pero no lo estamos, así que borra esa sonrisa —suelto muy serio, con los hombros rectos y acomodándome la chaqueta.

—Aguafiestas —rueda los ojos Baloo.

Sale una media sonrisa de mi boca. Esto es lo que mejor se me da, matar a sangre fría, así que pongámoslo en marcha, que me muero por reventar cabezas.

Un coche oscuro nos recoge a unos metros de nuestro avión. Solo hemos venido cuatro, así que no llamaremos mucho la atención. De todas formas, es de noche, y eso ayuda a pasar desapercibidos.

El conductor sale del coche, inclina la cabeza hacia mí y se aleja dejándonos el vehículo disponible. Conduce Baloo y yo me siento a su lado.

El coche avanza por Almería. Las luces de la calle se deslizan por el cristal mientras mi mente divaga.

Haré que Maia pueda respirar segura, que tenga una vida a mi lado, y salvaré a su madre para enmendar el error que tuve con ella. Pondré el futuro bajo sus pies, construiré una familia con ella y me dedicaré a disfrutar de su coño hasta que llegue el día de mi muerte.

Ahora mismo, ella tiene que estar en pésimas condiciones siendo violada y humillada por Vivaldo.

Pienso en él, en la raíz de todos los problemas de Maia, en la puta obsesión que tiene con ella.

Veo su cara y es como si alguien me metiera la mano dentro del cráneo y me revolviera los sesos con un gancho oxidado.

Quiero borrar esa puta cara. Quiero borrarla del mundo.

Imagino mis manos alrededor de su cuello, mis dedos hundiéndose en él, los ojos de él abriéndose de golpe cuando se dé cuenta de que ya no hay aire, de que ya no hay salida.

Imagino el crujido de su muerte. Y también imagino el silencio de después.

Mi pecho casi explota de orgullo solo de pensarlo.

Lo llevaré a cabo, más pronto que tarde.

Aparcamos el coche a una calle de nuestro objetivo. A ambos lados, las casas adosadas forman una hilera perfecta. Fachadas cuidadas, colores suaves, y flores colgando de balcones que llenan el aire de un perfume dulce mezclado con el olor a comida recién hecha que sale por alguna ventana abierta.

Veo a los vecinos y me sorprende lo natural que es que me saluden. Un hombre mayor pasea por su jardín delantero y levanta la mano con una sonrisa cansada pero honesta.

Todo el ambiente desprende una sensación de calma.

Me reúno con mis chicos delante del capó.

Entre los cuatro formamos un círculo evitando miradas de vecinos indiscretos, disimulamos.

Todos enseñamos nuestras pistolas, nos cercioramos de que estén cargadas, listas y con el silenciador en el cañón.

La idea es ir de incógnito y deshacernos de esos tíos uno por uno sin que ningún vecino se llegue a dar cuenta de lo que está pasando.

—Repasemos los puntos —ordeno guardando el arma a mi espalda.

—Yo iré por detrás —responde Lazzaro.

—Yo por el flanco izquierdo —contesta Malvino.

—Yo por el derecho —me mira Baloo.

—De acuerdo, y yo por el frente. Esperaremos primero a comprobar cuántos integrantes hay alrededor. Luego actuaremos. No quiero ni un error —dispongo.

Todos asienten. Están concentrados en sus pensamientos.

Baloo tiene sus ojos enfocados en los míos.

Sabe lo importante que es esto para mí y ha dejado las bromas para ser el fiera que suele ser en la mafia.

Se ajustan el auricular en el oído. Estaremos en todo momento comunicados.

Les hago una señal moviendo la cabeza para que cada uno se vaya a su puesto.

Camino despacio, con las manos en los bolsillos, aparentando ser un vecino más que vuelve tarde a casa, pero tengo cada sentido alerta.

Me paro a unos metros de la casa en cuestión.

Visualizo la calle, escrutando cada detalle para ver qué hay fuera de lugar.

El sonido de mis pisadas se mezcla con el ruido lejano de un perro ladrando.

Observo las sombras proyectadas en los porches, busco movimientos extraños, gestos tensos, cualquier figura que no encaje con la calma habitual del vecindario.

A mi izquierda, un coche negro está aparcado con las ventanillas completamente empañadas.

Paso cerca fingiendo indiferencia, pero siento una punzada en la nuca.

Es mi instinto, que nunca me falla. Entorno los ojos y vislumbro dos siluetas dentro.

Sigo avanzando. En una ventana del segundo piso, una luz se enciende apenas un segundo.

Parece como que alguien me estuviera observando y hubiese apagado la lámpara al darse cuenta de que miraba.

Me detengo para simular que me ato el cordón, inclinando la cabeza, y escucho.

Oigo murmullos dentro de esa casa, de alguna mujer e hijo.

Tengo claro que este no es de los que busco, será el típico vecino cotilla.

En el porche de una casa al final de la calle, un hombre fuma.

Su postura es relajada. Exhala el humo con un gesto natural.

Alzo la cabeza con lentitud y aparento mirar el cielo, pero mi vista periférica registra algo que sí me pone alerta: una sombra cruzando entre dos casas, rápida, silenciosa, y demasiado precisa.

—Atención, de momento he visto a tres. Dos en un coche negro, a treinta metros de la casa, matrícula 9068HRY. Otro en tierra, escondiéndose tras las sombras de las casas. Mucho cuidado —disimulo escondiendo la boca en el codo para hacer como que voy a toser.

—Despejado. Nadie sospechoso —escucho a Malvino.

—Despejado —suena la voz de Baloo.

—Aquí hay dos. Están hablando sin estar alerta, pero se les ve la pistola en el cinturón a leguas —informa Lazzaro.

—Voy hacia ti —anuncia Baloo.

De repente escucho a través del auricular mucho movimiento y ruido. Alguien está en problemas. Mi cuerpo se tensa. Miro de reojo el coche negro y nadie sale de él. No han dado la alarma todavía.

—Mierda, me han descubierto —la voz de Lazzaro suena entrecortada.

Está peleando. Escucho los golpes.

—Estoy llegando —ese es Baloo.

—Y yo —Malvino.

Me obligo a quedarme quieto, pendiente de los integrantes del coche. En el momento en el que salgan, están muertos. Tengo que confiar en que ellos, mi familia, puedan salir victoriosos de esta situación sin mí.

Me acerco al coche lentamente, a paso corto y con las manos metidas en los bolsillos.

Ojeo la calle para comprobar que no hay ningún ojo puesto en mí.

Cuando llego casi al lado del vehículo, la puerta se abre.

Antes de que el tipo pueda poner el pie en el suelo, saco el arma y disparo una bala certera en su cabeza.

Con rapidez y actitud prepotente. Un dolor de cabeza menos.

Sin embargo, el otro tipo sale ya avisado y me dispara haciendo que tenga que agacharme y esconderme. Él desde su coche y yo desde el vehículo de otro vecino comenzamos un tiroteo.

—¡Vito! —escucho por el auricular.

Es Baloo. Está preocupado. Me habrá oído jadear al esconderme.

Vosotros luchad en vuestra guerra, que yo venceré en la mía.