PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

VÍBORA

La habitación donde estoy es tan pequeña que casi puedo tocar las cuatro paredes extendiendo los brazos.

El aire huele a humedad, a yeso mojado y a un olor metálico que se pega al fondo de la garganta.

La bombilla solitaria parpadea y emite un zumbido leve.

No hay ventanas, no hay muebles, no hay nada.

Solo el eco de mi propia respiración rebotando en las paredes desnudas.

Me late el corazón por la incertidumbre tensa de no saber qué hay fuera.

Cuando abro la puerta y doy un paso, ni siquiera me da tiempo a orientarme. Unas manos fuertes me agarran de los brazos. Siento la presión de los dedos hundiéndose en mi piel. Agarro contra mí la ropa que me he quitado, la tengo echa un ovillo. Mis pies apenas rozan el suelo mientras me arrastran.

Me llevan hasta una esquina y, cuando se apartan, me doy cuenta de que estoy en un sótano. El olor a humedad aquí es más intenso, mezclado con el olor a hierro oxidado. Las luces son escasas, amarillentas. No hay ventanas ni puertas, por lo menos cercanas a mi vista.

Y en el momento, una imagen terrorífica se abre a mi visión.

Hay cadenas colgando de las paredes, alineadas, me imagino que para producir castigos.

En una de ellas hay una chica suspendida, inmóvil, respirando de forma temblorosa.

Está llena de heridas, y su expresión es de cansancio y miedo.

Creo que era de las nuevas, recuerdo su rostro, de las que secuestraron hace poco.

A mi derecha, una silla solitaria y robusta, reforzada con correas.

No está ocupada, pero su presencia produce escalofríos.

Encima de una mesa cercana, un conjunto de herramientas que sé para que sirven, para infligir daño.

Su brillo metálico me provoca un temblor que me recorre la espalda como una corriente eléctrica.

En otra esquina, mis compañeras. Todas juntas, acurrucadas, respirando unas sobre otras. Se mueven un poco cuando me ven.

Entre ellas, la veo.

Cara.

Mi amiga. La que pensé que quizá no volvería a ver. Que estaría muerta por mi culpa. Su rostro aparece entre los cuerpos de las demás, y aunque está demacrada, sus ojos me llegan al pecho llenándolo de alegría y alivio. Ella me mira con emoción y con un poco de incredulidad.

Los guardias me sueltan y me arrancan la ropa que llevaba entre los brazos.

La sudadera roza mi piel por última vez y siento como si me quitaran algo más que simples telas, una parte de mí, de lo que ya soy.

Esas prendas olían a la persona que quiero.

Las he llevado tanto tiempo que eran un consuelo, un refugio, eran mi nueva yo.

Notar cómo desaparecen de mis brazos me deja expuesta.

Mi amiga se levanta como puede y viene hacia mí.

Su abrazo me llena el pecho de cariño. Es desesperado, tembloroso. Su ropa está húmeda y llena de suciedad, pero su olor me hace cerrar los ojos con fuerza. Sigue siendo ella. Me toca el rostro, los brazos, buscando señales de daño, como si necesitara asegurarse de que sigo entera. Viva.

Por un momento, entre el olor metálico del sótano, el frío que cala y las sombras amenazantes, ya no siento miedo, solo existe su abrazo. Juntas nada malo puede alcanzarnos.

—Te he echado mucho de menos —solloza ella tocándome la cara.

—Y yo. Pensaba que te habían… —mi voz se apaga solo de pensarlo.

Volvemos a fundirnos en un abrazo, un gesto que nos alivia, que nos anima, que nos sana a las dos. He pensado tantas veces que no volvería a verla que esto parece surrealista. Inspiro su olor para asegurarme de que es verdad. Toco su cabello enredado. Le doy besos en su hombro desnudo.

—Yo también he sufrido mucho por ti. La Pantera te llevó después de apuntarte con esa pistola y creía que no volverías nunca más. Que él te mataría —explica en voz baja para que los guardias no nos oigan.

—Cara… —comienzo.

—Axa —me interrumpe con tono contundente.

Una punzada me atraviesa al recordar que fue este error el que nos llevó a la última separación, el que hizo que casi la mataran.

Abre mucho los ojos y mira hacia los lados para comprobar que nadie se ha enterado. Podrían hacernos mucho daño si nos escucharan llamarnos por nuestros nombres. Me he acostumbrado tan rápido a una vida normal que a veces me da la sensación de que no aguantaré esto de nuevo.

—Axa —confirmo para su tranquilidad—, la Pantera no es como tú crees.

Me he enamorado de él. Me ha protegido, cuidado y me ha dado toda la libertad que nunca he tenido.

Me ha hecho sentir viva. Válida. Querida.

Te prometo que no es como piensas. Él solo…

me salvó. No me llevó para hacerme daño ni para maltratarme u obligarme —la voz se me rompe.

Bajo la cabeza unos segundos para recomponerme—.

Han sido los mejores días de toda mi puta vida, Axa. Lo quiero. Y él me quiere.

Mi amiga piensa unos segundos asimilando mis palabras.

—Pero él fue quien hizo que estemos aquí —me mira con reproche.

—Lo obligaron. Él no está orgulloso de eso. Vivirá con ese peso toda la vida, y ya lo he perdonado por ello porque se ha ganado esas disculpas con creces. Se ha echado encima a toda la mafia por mí. Me ha antepuesto a su propio jefe. A sus propios amigos. A todos.

Joder, cómo lo echo de menos.

—¿Y qué haces aquí entonces de vuelta? Si tan bueno es... —inquiere sin estar convencida de mi explicación.

—Por ti. He vuelto para sacarte de aquí —murmuro mirando a los lados, cerciorándome de que nadie nos escuche.

—¿Tú? Que eres una simple puta como yo, encerrada en este sótano —suelta Cara incrédula.

Sus palabras calan en mi interior. No confía en mí. No me ve capaz. Pero no importa. Le demostraré mi fortaleza. Cuando veamos la luz del sol, no le quedará otra que agradecérmelo.

Ella nota mi decepción y me coge de las manos.

—Kaa, solo quiero que entiendas la realidad.

Si vivimos de ilusiones, nos exponemos a que nos metan un tiro.

Estamos aquí secuestradas, sin conocimientos de nada, ni de lucha ni de estrategia.

Sin ayuda de nadie. Sin siquiera ropa. Somos simples peones en este juego.

En la realidad, las chicas como nosotras no se salvan, no entra un príncipe en caballo a rescatarnos de la bruja malvada, no tenemos un final feliz.

Solo nos queda aguantar lo que nos ha tocado y esperar a nuestro día final —termina con una triste sonrisa.

Sé que no quiere hacerme daño, solo pretende que no sufra viviendo en ilusiones.

Pero es que no es así. Sí que soy fuerte, y sé que sí puedo salir de esta puta forma de vida.

Y no, no tengo un príncipe esperando a salvarme, pero tengo a un depredador con su pantera que para mí es mucho mejor que un remilgado en caballo. Así que sí, tengo esperanzas.

Mi amiga lo comprenderá cuando estemos tumbadas en la playa y seamos libres de decidir sobre nuestro cuerpo, nuestra vida y nuestro corazón.