CAPÍTULO 62
VÍBORA
Vivaldo se alza ante mí. El aire se ha vuelto más denso a nuestro alrededor.Su expresión es de pura maldad.
Tiene la comisura de sus labios un poco levantada y los ojos entrecerrados, analizándome.
Quiere buscar puntos débiles o dobles intenciones.
Me río por dentro al verlo un poco frustrado, porque conmigo no los encuentra.
No lo permitiré.
Él cree que puede intimidarme, que todo volverá a ser como antes. Y no hay nada más lejos de la realidad. Creo que él está imaginando qué va a hacerme. Se le nota en la forma en que ladea la cabeza, con un brillo frío que le cruza la mirada. Está convencido de que me tiene donde quiere.
Pero yo no bajo la mirada.
Le desafío, sin temblor. Noto su intención oscura, percibo que está planeando algo que no me favorecerá en absoluto, y aun así no siento miedo. Porque juego con ventaja, sé leerlo, sé que quiere jugar con mi vulnerabilidad, pero no le estoy dando ninguna.
Él frunce un poco el ceño, desconcertado por mi serenidad.
Su seguridad empieza a resquebrajarse al ver que no me afecta su intimidación.
Y en este instante, aunque él siga pareciendo un depredador, la sensación real es de que el control lo tengo yo.
Por primera vez me siento más que preparada para enfrentarlo, para aguantar todos sus actos deplorables, para parecer lo que no soy. Ha vuelto mi valentía, y mi astucia.
Ahora sé lo que quiero y lo que debo hacer para conseguirlo.
—Te noto cambiada. —Me aplasta las mejillas entre las manos—. ¿Acaso ya no consideras esta tu casa?
Nunca lo ha sido.
—Sí. Claro que sí —contesto mirando sus ojos fijamente.
Vivaldo piensa unos segundos escrutando mi actitud.
—No pareces la misma —entrecierra los ojos.
—Lo soy. He venido por mí misma porque necesitaba volver. Esta es mi casa, mi familia —la mentira sale de mi boca como si fuera cierta, sin dudar.
Bajo la mirada al momento. Porque si sigo desafiándole no podré mantener mi fachada, mi papel.
—No sé por qué, pero no me lo creo, querida —su tono es burlón.
Me suelta y vuelve a la postura recta y rígida de superioridad. Tengo que levantar la barbilla para mirarlo. Es hora de sacar las únicas armas que puedo utilizar.
—Además, te echaba de menos —anuncio, y levanto las cejas poniendo expresión sumisa.
Joder, ¿cuándo me he vuelto tan buena en el arte de mentir? Digna de un Oscar.
Vivaldo ladea la cabeza de nuevo pensativo.
—Demuéstramelo —propone levantando las comisuras de la boca.
No me queda otra, así que avanzo con las rodillas hacia delante.
Desabrocho su correa con lentitud mientras él me mira expectante.
Levanta una mano y hace un gesto a los otros hombres para que se vayan de la habitación.
Él folla con otras delante de todos, haciéndose el vacilón mientras demacra a las chicas y las humilla, pero conmigo, nunca.
A mí siempre me lo ha hecho en la intimidad, sin que nadie pueda vernos o, mejor dicho, verme. Es muy posesivo conmigo.
Y esa será su perdición.
Le bajo los pantalones hasta el suelo con decisión. No tiemblo ni dudo. Dentro de mí existe una chispa llena de rabia que intento controlar bajo todo mi ser, muy al fondo. Aún no es hora de salir. Todavía no.
Deslizo los calzoncillos por sus muslos dejándolos caer sobre los pantalones. Me noto el estómago revuelto solo de pensar en lo que voy a hacer. Porque que tenga que hacerlo no quita que me dé tanto asco que hasta me cortaría la lengua cuando acabe.
Delante de mí veo la polla flácida y sudorosa, colgando, oliendo a orina rancia y a días sin ducharse. El olor me llega como una bofetada; un hedor ácido, mezclado con sudor viejo y peste a podrido. Me dan arcadas antes siquiera de acercarme, pero no hay salida. Debo hacerlo.
Él me agarra del pelo con fuerza, sin miramientos, y me empuja la cara contra su entrepierna.
El primer contacto es repulsivo, la piel está caliente y pegajosa, tiene costras de semen amarillento acumulado bajo el prepucio.
El sabor a queso podrido y orina concentrada me invade al momento en el que mi lengua roza la punta.
Se me llenan los ojos de lágrimas de puro asco.
Me obliga a metérmela entera. Sin miramiento me la clava hasta la garganta.
Siento cómo se endurece dentro de mi boca, golpeándose contra mi paladar, mientras el olor se hace más intenso.
Cada vez que intento apartarme para respirar, me aprieta más la nuca.
Escucho su respiración acelerada, sus gemidos de cerdo, y yo solo quiero vomitar.
—No te imaginas lo que te echaba de menos. Tu boca, tu coñito… tú —gruñe de placer.
Empieza a moverse. Me folla la boca. El glande choca contra mi campanilla una y otra vez, provocándome arcadas violentas.
Siento la bilis subiendo, pero me la trago porque sé que si vomito me obligará igual.
La baba me chorrea por la barbilla, mezclada con sus fluidos, con ese sabor a podrido que no se va ni tragando.
—Joder, ninguna de las putas lo hace tan bien como tú —declara con una expresión de satisfacción.
Juro por Dios que no estoy poniendo nada de mi parte para hacerlo precisamente bien, pero su obsesión conmigo es más fuerte, y eso hace que todo lo que yo le haga sea “lo mejor”.
Cuando está a punto de correrse, me agarra la cabeza con las dos manos y me entierra la polla en la boca, hasta los huevos.
Siento cómo se hincha, cómo palpita, y de repente explota.
Salen chorros calientes y espesos, con sabor a cloro rancio, que me inundan la garganta hasta el punto de ahogarme.
Intento tragar por puro instinto de supervivencia, pero es demasiado.
Hay una parte que se me sale por la nariz.
Cuando termina, me suelta. Me quedo de rodillas, con la garganta ardiendo, y el sabor impregnado.
Tengo tanto asco y es tan profundo que siento que nunca más estaré limpia.
Y no solo eso, sino que siento que le he fallado a Vito, que he dejado a alguien tocar lo que es suyo, como si lo hubiera traicionado.
Y esa sensación duele más que cualquier degradación física o mental que me hagan.
—Ahora, querida, desvístete. Sabes que en casa no aceptamos la ropa, y menos esa —señala mi sudadera—. Hueles a él y eso me produce arcadas —ordena guardando su asquerosa polla.
Bajo la cabeza ahogando una sonrisa bobalicona. ¿Huelo a él? Estoy tan acostumbrada ya a su perfume, a su suavizante, a su gel de ducha, que no me había dado cuenta. Pues claro que huelo a él.
Vivaldo se va deprisa saliendo de la habitación con un portazo.
Me limpio la cara con el primer trapo que veo en una esquina.
Está lleno de sangre, pero no me importa.
No quiero utilizar la ropa de Vito para limpiar el puto semen podrido y maloliente de Vivaldo.
Me quito la sudadera y la huelo inspirando profundo.
El olor a suavizante floral me invade las fosas nasales. Sí que huelo a él.
De repente, lo echo tanto de menos que hasta duele. Mi corazón se estruja y ahogo las ganas de llorar. Quisiera estar a su lado, protegida, tranquila y cuidada. Sentir su respiración, su calor, sus caricias.
Axa.
Cara.
Su imagen aparece en mi mente. Tengo que buscarla. Debo ayudarla. Estoy aquí por ella. Dejo mi dolor de lado para concentrarme en mi objetivo. He venido a eso. Me quito la ropa con rapidez, no puedo seguir lamentándome por lo que no tengo. Cara me necesita, y esa es mi prioridad ahora mismo.