CAPÍTULO 61
PANTERA
Cada paso que Gepetto da delante de mí es como si estuviera ralentizado.
Lo observo caminar despacio, con las manos detrás de la espalda, pensando, midiendo cada decisión que está a punto de tomar.
Y yo estoy quieto, sin poder hacer nada más que esperar.
Sé que esta vez no tengo derecho a interrumpir, ni a justificarme, ni a exigir nada.
Acepto cada consecuencia que tenga para mí.
Cada vez que él ladea la cabeza hacia un lado, es como si las ideas se le encajaran en la mente, siento que tomará una decisión que no me gustará.
Y aun así, no huyo ni protesto. Me quedo quieto, respirando hondo, con el estómago encogido, dejando que lo decida todo porque sé que me he equivocado de una forma que ya no puedo corregir con palabras.
A los minutos, él se detiene. No se gira todavía, pero su cuerpo se tensa un poco, creo que ya ha llegado a una conclusión.
Que pase lo que tenga que pasar.
¿Será esto que estoy madurando?
—De acuerdo. —Se gira hacia mí—. Pensaba esperar al momento perfecto, quería que Santoro fuera quien viniera a mí para tener más poder de negociación.
Pero adelantaré la jugada pidiéndole yo una reunión.
Me debe lealtad, por mucho que él crea que no.
Está firmado, y la familia nunca falta a su palabra.
—Me dedica una mirada cómplice—. A esa reunión vendrás tú también.
Le pediré a Maia a cambio de La Nonna y de seguir con sus negocios.
—¿Y si no cede? —Pregunto pensando en todas las opciones.
—Nos la llevaremos a la fuerza —añade—. Pero solo después de agotar todas las vías diplomáticas.
Cuando escucho las palabras de Gepetto, me cuesta reaccionar. Mi mente y cuerpo todavía no se creen esa decisión. Hará lo que tanto le he pedido, se jugará el cuello por mí. Suelto una exhalación larga y profunda, que me sale sola.
Los hombros se me aflojan. La mandíbula se me destensa. La mente, que llevaba minutos enredándose en posibilidades, de pronto se queda quieta.
Al fin hay una dirección, tengo apoyo por su parte, ayuda de él, que la he pedido muchas veces a gritos. Siento una liberación ensordecedora.
Lo miro con suavidad sintiendo una pequeña gratitud silenciosa. Porque su decisión me aporta seguridad. Porque sé que se va a jugar el puesto, la familia de la mafia y toda su vida por mí.
De repente, pienso en lo egoísta que sería si aceptara. Lo que tanto ha intentado hacerme él entender, lo comprendo ahora. No puede poner todo en peligro por mí. No, no lo permitiré.
—No —respondo con contundencia—. No dejaré que pongas todo en peligro. Lo haré solo.
Él se acerca a mí y me pone una mano en el hombro.
—No dejaré que mi hijo se meta en problemas solo. A la mierda todo esto. —Señala el espacio con el otro brazo—. Tú estás antes que el dinero, el poder o cualquier cosa de estas.
Joder.
Qué gilipollas he sido tratándolo así. He sido un niñato. Me siento más culpable que nunca. Un nudo se me forma en la garganta que me hace incapaz de hablar. Yo no paro de decepcionarlo y él abriéndome camino, ayudándome, solucionándome.
Qué injusto he sido.
—Gracias —no me salen otras palabras. No sé que decirle.
Gepetto me abraza con mucho cariño. Noto la sinceridad del gesto, sus brazos me reconfortan. Noto el cariño que transmite sin palabras, en la forma en la que me aprieta la espalda con suavidad, en cómo su cabeza se acerca a la mía, en la calma que me regala solo con estar aquí para mí.
Tengo la sensación de estar a salvo, como si ese abrazo fuera un lugar seguro, un refugio donde no hace falta demostrar ni explicar nada. Esa calidez que me demuestra me envuelve, me hace cerrar los ojos y descansar un segundo de toda la presión, dejo que él me sujete justo donde más lo necesitaba.
Nunca tendré vida para agradecerle por todo.