PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

PANTERA

Hay un brillo en sus ojos, una mezcla de satisfacción y de ternura. Su postura recta es contradictoria a su mirada. Solo me hace falta mirarlo con atención para saber que ese cariño que dice sentir por mí es cierto. Todos sus gestos y posición lo gritan.

—Mira quién nos ha honrado con su presencia. —Levanta las manos con una sonrisa cómica.

—No estoy para bromas. —Camino hacia él con decisión.

—Nunca lo estás —niega decepcionado.

—Tienes que sacar a Maia de allí —le ordeno dándole toquecitos con el dedo en el pecho.

Entre los dos, se instala al momento, una tensión casi palpable. Sé que me estoy pasando, él también lo sabe, y aun así no explota.

Me sostiene la mirada con firmeza. Sus ojos me expresan lo que no hacen sus palabras. Estoy jugando con el límite y él está haciendo un esfuerzo enorme por no dejar que su enfado me alcance.

—Sabes que no puedo hacer nada —afirma con la mirada endurecida—. Hay que mover ficha con cabeza.

—¡Y una mierda! —Grito enfurecido.

Mi rabia contenida explota. Los músculos del cuello se me tensan, los dedos se me cierran solos. El cuerpo entero me pide una salida inmediata a lo que siento.

La cabeza me zumba. Todo lo que me rodea parece más pequeño, más opresivo, y noto una presión interna que crece, me empuja, y exige moverse. La furia me late tan fuerte que necesito un punto donde descargarla antes de que me ahogue.

Veo la mesa a mi lado. Ni siquiera me da por pensar en las consecuencias. Siento un impulso puro. La agarro con violencia, noto la madera fría contra mis manos temblorosas. La tiro tan fuerte que el ruido que hace al golpear el suelo me atraviesa, escucho un estruendo brutal.

El impacto retumba en la habitación. Me quedo en el sitio, de pie, respirando fuerte, sintiendo cómo la ira sigue ahí pero ya no me pide salir. No me calma del todo, pero me da un segundo de silencio dentro del caos.

Gepetto me mira con un enfado más que evidente. Los guardias entran corriendo, pero él los frena y les hace un gesto con la mano para que se vayan.

—Eres el maldito Don. Actúa como tal —murmuro con tono amenazante.

Él se desabrocha la corbata. Respira con alivio al hacerlo. Pero no es la prenda, es mi actitud lo que lo presiona. No pienso dudar ni un segundo de mí.

—Te juro que no siento por un segundo no haber tenido más hijos. Me das más dolores de cabeza que un puto crío mimado. ¡Ni Bella se está portando así siendo una adolescente! —levanta las manos hablando al techo.

—Quiero… —arremeto.

—Quieres tu puto juguete —me interrumpe en tono más alto y seco.

—No se te ocurra volver a llamar a Maia juguete —advierto sintiendo de nuevo ese maldito pensamiento que me impulsa a quemar el puto mundo.

—No lo digo por ella —responde cansado. Luego suspira—. Es por cómo pides las cosas. No tienes ninguna educación. Yo, yo, yo… Es lo único que escucho de tu boca.

—Porque así es cómo me has criado. ¿Ya no te acuerdas de quién me decía que me hiciera respetar?

¿Quién con once años me llevó al almacén de fuera de Nápoles a matar a un tío?

¿Quién me dejó criar a una pantera? ¿Quién me dio todo lo que pedí?

¿Quién? —grito cada palabra—. ¡Quién! Ahora no me vengas con la puta educación, porque fuiste tú quien me inculcaste cómo soy hoy en día.

A tenerlo todo por la fuerza. Sin pedir permiso.

Le lanzo una mirada de odio.

El brillo de sus ojos se ha apagado. Noto una profunda decepción por sus sutiles gestos. Las cejas se le relajan hacia abajo, la boca pierde firmeza. Creo que le cuesta encontrar palabras que no me hagan daño. En este silencio incómodo, siento que todo ha cambiado.

Me mira con expresión tierna, como alguien que podría haber sido mejor y no lo fue. Quizá se arrepienta de como me crió, pero ya es tarde, y lo que más me duele es que él esperaba más de mí.

Veo su tristeza y, al mismo tiempo, veo mi reflejo en ella. Sé que le he fallado sin que me lo diga directamente.

Mientras lo miro con intensidad, el pecho se me cierra y aparece una punzada de vergüenza y culpa.

¿Qué es lo que le reprocho? ¿Que me ha hecho ser fuerte?

¿Que gracias a él pude sobrevivir como niño?

Estoy cegado de ira, de rabia, y debería dirigirla a la raíz de todos mis problemas: el imbécil de Santoro; y no hacia la única persona que me ha ayudado a sobrevivir y me ha dado todo en la vida.

—Lo siento —formulo bajando la cabeza.

Gepetto suspira. Camina por el salón pensando, mirando al techo.

Junto las manos delante y dejo la barbilla inclinada en señal de sumisión.

Ya no puedo evitar todo lo que ha pasado, pero sí puedo aprender de mis errores.

Aceptaré cualquier cosa que decida hacer conmigo.

Pero cuando termine su castigo, iré en busca de Maia como alma que lleva el diablo, y será el fin de Lamberto Santoro, el mayor hijo de puta del planeta.

No porque me haya hecho daño a mí, ni a mis padres, al fin y al cabo, no tengo recuerdos de ellos; tampoco por participar en la muerte de mi hermano. Sino por tocar lo que es mío.

Por llevarse a Maia.

MI mujer.