PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

VÍBORA

Abro la puerta. Siento el aire frío del interior y también noto el silencio. Un silencio gigantesco, absoluto. Y eso no sé si me abruma o me tranquiliza.

El buen hombre me ha traído hasta aquí y lo he dejado irse en cuanto he puesto el pie en el suelo. No se merece estar en medio de este infierno. Bastante ha hecho ya por mí. Esperé a que su coche desapareciera de mi vista para entrar al interior del monasterio.

Doy un par de pasos y la sensación que noto es que esta ya no es mi casa. El olor de siempre ya no está. Ni el ruido.

Ante mí solo queda un lugar que tuvo vida en el pasado: mantas tiradas por el suelo y los pocos muebles que hay están fuera de lugar.

Imagino que ha habido una estampida y los han ido golpeando en el instante de la fuga.

Hasta hay más polvo de lo normal acumulado en los rincones.

Todo es más pequeño de lo que recordaba, o eso parece al estar tan vacío, al irse las personas que lo mantenían en pie.

Me quedo quieta, absorbida por la mezcla de emociones que me revienta en el pecho. Siento alivio al ver que este lugar que me hizo daño ya no tiene poder sobre mí, que está muerto, vacío, sin vida, ha dejado de perseguirme por fin.

Respiro más profundo que antes, este abandono es también una liberación.

Al avanzar un poco más, veo la esquina donde mis amigas y yo nos pasábamos comida a escondidas, el pasillo donde nos escondíamos para hablar en secreto, el sofá abandonado donde compartimos confidencias, cansancio, tonterías, planes, las bromas, las miradas cómplices.

Y pensar todo eso me duele y me rompe el corazón.

Camino despacio entre las habitaciones desiertas. No busco nada en sí, pero mis ojos lo recorren todo, me quiero cerciorar de que es real, de que es el fin de esta época. Al final me quedo en silencio en medio del pasillo, con los primeros rayos de luz entrando sin obstáculos por la ventana.

Yo era parte de este lugar, sí, pero ya no. Vito se ha encargado de demostrármelo.

De repente, mi cuerpo se tensa, noto que el peligro se acerca.

Ese pensamiento dura milésimas de segundos porque al momento me ponen una bolsa en la cabeza.

De mi garganta sale un pequeño chillido de miedo.

Me rodean unos brazos. Mi cuerpo se queda inmóvil.

Es mejor no luchar si no sé a lo que me enfrento.

Mi mente piensa mil opciones. Puede ser Vivaldo, que me haya seguido o esperado aquí.

O cualquier otro tío que me haya visto entrar en un lugar así, abandonado, y pretenda secuestrarme o no sé.

O puede ser Vito. Me produce un escalofrío pensar que es él.

Es el que más miedo me da. Que haya podido llegar a tiempo, antes de encontrarme el clan de Santoro.

Y eso es peor. Porque tendría que enfrentarme a las explicaciones que le debo y no sé si podré hacerlo sin romperme en mil pedazos.

—Kaa ha vuelto a casa —escucho esa voz tan reconocible en mi oído.

Ilario.

No me da tiempo a reaccionar ni a pensar cuando ya me están metiendo en un vehículo y me atan las manos.

Mis ojos abiertos solo ven oscuridad. Recuerdo todos esos sentimientos que noté la primera vez que lo hicieron, hace seis malditos años.

La angustia, la desesperación, el pánico.

Pero ni por asomo están esos sentimientos ahora aquí conmigo, ni siquiera en menor intensidad.

El motor vibra bajo mis pies, un zumbido constante.

En las curvas, noto como se desplaza mi peso hacia ese lado, con el giro más marcado del vehículo mi espalda se pega contra el respaldo. El cuerpo se me balancea sin poder evitarlo, siguiendo la inercia del movimiento. Pero solo siento eso, el movimiento.

Escucho el ruido de la suspensión crujiendo y las ruedas golpeando el asfalto roto, también mi respiración, calmada, segura, sin la ansiedad que me recorría la primera vez que me pasó. Y eso es en lo que me concentro, en que ya no soy débil ni estoy perdida.

Puedo notar y percibir cada sensación de mi alrededor porque no me domina el pánico. No soy la que era, he cambiado. Ahora controlo mi mente, mi cuerpo y mi vida.

—Estamos llegando —oigo la voz de Ilario.

Por la distancia del sonido, no está a mi lado. Pienso que estará sentado al lado del conductor. ¿Cómo no puedo estar nerviosa por volver con estos malditos cabrones? Puede ser porque sea cual sea mi destino, solo quiero ayudar a Cara. Mi amiga. Si tengo que morir por ella, lo haré.

O puede que sea porque toda la rabia que contenía por haber sido secuestrada contra mi voluntad se ha disipado.

Ahora soy yo quien ha tenido la decisión de volver.

Ahora sé lo que hay. Ya nada me puede coger de sorpresa.

Sé como actuar, qué hacer, las reglas, lo que gusta y lo que no.

Soy una puta víbora disfrazada de muñequita.

Me siento intocable. Porque yo soy más fuerte que cualquier cosa que puedan hacer conmigo. No contemplo el miedo como una posibilidad, lo veo casi ridículo. Nada está a mi altura. Nada me amenaza. Y nada me supera.

Vito me ha hecho entender lo valiosa que soy, la fuerza que tengo. Si hubiera sido la misma chica temerosa de antes, no hubiera podido ni irme de esa forma de su casa. Él me ha ayudado mucho estos días entendiendo que sí soy alguien: Maia. Solo yo, y puedo ser y actuar como me dé la puta gana.

Él siempre ha creído en mí. Y ahora yo también.

Si una situación se complica, la domino. Si alguien intenta intimidarme, lo miro por encima del hombro, aunque sea solo en mi mente. Yo puedo con todo.

Siento una sensación de poder muy fuerte que no pienso negociar ni con mi parte más prudente. Me siento demasiado grande para tener miedo. Demasiado fuerte para caer. Demasiado yo como para dejar que nada me toque o me desarme.

El vehículo frena quedando quieto por completo. Me sacan a empujones de dentro. Camino a tropezones sin saber qué estoy pisando o cuándo me voy a caer. Tengo las muñecas atadas a la espalda y una mano empuja mi hombro hacia abajo obligándome a hincarme de rodillas.

Podrán hacer lo que quieran conmigo, violarme, vejarme, insultarme, humillarme. Pero mi interior seguirá intacto. Porque he recuperado lo que una vez perdí: la confianza, el orgullo, la valentía.

Mi dignidad ha vuelto. Me he sentido querida, válida, y mi autoestima ha subido por las nubes estos días.

Y, joder, no pienso venirme abajo después de todo lo que he conseguido.

Me quitan la bolsa de la cabeza. Entrecierro los ojos porque me deslumbra la luz del sol. Mierda, ha amanecido con fuerza. Mi vista se enfoca poco a poco.

—Bienvenida, querida. —Vivaldo se cruza de brazos delante de mí con una postura arrogante.

—He vuelto —contesto con seguridad.

Mi rostro dibuja una sonrisa ladeada con dobles intenciones. No me alegro de verlo, pero solo de pensar en lo que le haré, mi cuerpo me traiciona mostrando seguridad en ese gesto. Disfrutaré mucho arrancándole esa polla asquerosa que tiene.

Yo tengo mi destino escrito, pero él también.