PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 56
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CAPÍTULO 56

VÍBORA

El cinturón me aprieta el pecho. Voy agarrada a la manilla de la puerta, intentando mantener la respiración bajo control.

El hombre que conduce está callado, concentrado, con los ojos fijos en la carretera, no suelta el volante ni un segundo.

Sus manos están tensas, fuertes, y no parpadea. Puedo notar su nerviosismo.

El bosque pasa a nuestro lado como una sombra borrosa.

—Va detrás… —digo en un susurro, aún sin creerme lo que está pasando.

Él asiente sin apartar la vista de la carretera.

Cuando después de unos segundos miro por el retrovisor, lo veo. El coche de Vito nos persigue, se acerca con una velocidad que da miedo. Va directo a nosotros, sin dudar, controlando todos sus movimientos.

Recorre los metros que nos separa en segundos, se pega a nuestro parachoques y gira un poco para cortarnos el paso cuando cambiamos de carril. Cada movimiento suyo es eficaz.

—Es bueno —murmuro, apretando la mandíbula.

—Demasiado —responde el conductor que va conmigo con un tono grave—. No nos dejará marchar así como así. Podríamos llamar a la policía.

La carretera se estrecha más. Las luces de mi perseguidor saltan entre los árboles, acercándose cada vez más. Siento un nudo en el estómago. Él quiere alcanzarme, y lo está haciendo.

Hasta que justo entonces, el camino se abre unos metros y veo un hueco lateral entre los matorrales, un pequeño camino de servicio escondido. Muy estrecho. Apenas visible desde la carretera principal.

El conductor lo ve al mismo tiempo que yo.

—Por ahí —señalo.

El coche de Vito es enorme. El capó es muy grande porque tiene un gran motor. Es demasiado voluminoso. El de este pobre hombre es minúsculo, y perfecto para ese camino.

—Agárrate —me advierte.

Acelera para intentar engañarlo. Aprovecha la recta siguiente y mantiene el coche pegado al centro del carril, le hace creer que planeamos seguir de frente. El coche de Vito cae en la trampa, se coloca a la izquierda para adelantarnos justo cuando la carretera se estrecha de nuevo.

Vito pasa a nuestra altura. Me mira creyendo que ha ganado Que se acabó.Lo veo seguro de sí mismo, cree que nos acaba de bloquear cualquier escapatoria. Con la prepotencia digna de él, ladea una sonrisa arrogante.

Pero un segundo después, mi conductor gira el volante. Da un volantazo rápido. Este hombre está lleno de suerte o ángeles de la guarda, porque su rostro es pura sorpresa de haberlo conseguido.

Nos metemos por el hueco del camino estrecho. Las ramas golpean las ventanas, la tierra salta bajo las ruedas. El coche cabe muy justo. Me agarro al asiento creyendo que ha sido muy mala idea.

Entonces oigo el frenazo brusco de Vito al ver dónde nos hemos metido. Sabe que su coche simplemente no cabe por aquí.

Saco la cabeza por la ventanilla para ojearlo mientras nos alejamos. Está quieto en mitad de la carretera, mirándonos con una mezcla de frustración y orgullo, tiene una sonrisa ladeada, juraría que ese gesto es de que sabe que en cualquier momento me atrapará.

El conductor a mi lado respira hondo; seguido, frunce el ceño.

—Empieza a darme explicaciones —dice—. Yo solo quiero llegar a casa con mi mujer y mi hijo.

El corazón me late como un tambor. He escapado, pero solo por esta vez, y no entra en mis planes tentar a la suerte otra vez, demasiada he tenido ya.

—Gracias —suspiro, controlo mi estado nervioso.

Debo seguir. No puedo pararme a pensar siquiera en lo que ha ocurrido. Si me distraigo, Vito podría alcanzarme en menos de lo que espero o quiero.

—Deberíamos llamar a la policía —insiste el conductor, que tiene gotas de sudor en la frente.

—No podemos hacer eso. Él pertenece a la mafia. Tendrá comprado a medio departamento. Te meterías en problemas mayores —aseguro.

El hombre abre mucho los ojos y piensa unos segundos. Está muy asustado.

—¿Y qué vamos a hacer? —pregunta impactado.

—Creo que no está muy lejos —hablo mientras recuerdo el mapa—. Me dejarás en el monasterio de Dei Camaldoli. Luego te irás a tu casa con tu familia y te olvidarás de lo que ha pasado.

—¿Por qué debería hacer eso? ¿Y si te dejo aquí ahora? Me desharía de todos los problemas, porque eres tú quien los lleva consigo —me intenta intimidar enfadado.

Mi rostro se vuelve amenazante y furioso.

—Si haces eso, estás muerto. Tiene tu puta matrícula y ahora mismo debe de estar buscándonos. Si me encuentra, le diré que me has secuestrado y te matará —miento intentando disimular la culpabilidad.

—¡Eso es mentira! —grita furioso.

—Sí, pero eso él no lo sabe —respondo segura de mí misma.

Joder, qué mal me siento chantajeando a este pobre hombre. Espero que Vito sea razonable cuando lo encuentre y no le haga nada. No se merece estar en problemas por mí.

—Eres… —suelta queriendo decir palabrotas.

—Llévame al monasterio. Y deprisa —lo interrumpo poniéndome la careta de insensible.

Me acomodo en el asiento. En el fondo sé que estoy haciendo lo correcto.

Aunque duela.