PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

VÍBORA

Siento por dentro un vacío enorme, como si le hubiera fallado.

Y en parte, lo he hecho. El corazón se me aprieta al recordar cómo me llamaba a través de la puerta, con la urgencia que lo hacía.

Él sabía que me perdería para siempre y no podía hacer nada al respecto.

Imagino que se habrá sentido muy frustrado y me odiará ya por ello.

Es de las pocas personas a las que les he importado y voy y lo traiciono.

La antigua Maia se habría alegrado de devolverle la jugada, de hacer que sienta lo que yo sentí.

Pero ya no soy ella, me ha hecho crecer como persona, perdonarlo y ser mejor.

El nudo que tengo en el estómago se revuelve más. Sé que Gepetto le importa mucho, hemos tenido conversaciones al respecto, y no solo ha tenido que sentir la desilusión por su parte que descubrió hace unos días, sino también por la mía, ahora. Y no se lo merece.

Me siento aún peor al sobrepensar.

Camino por el borde del camino. Algún coche tiene que pasar.

Memoricé el mapa y este desvío da a un pequeño pueblo que está al sur del país.

Recuerdo cuando Vito me señaló el monasterio en el papel.

Desde que me secuestraron, me han movido ellos en coche por el país y he visitado ciudades cercanas para follar con el Capo, pero no sabía cuál era mi ubicación con exactitud.

Ya sí lo sé.

Me duelen las piernas de avanzar todo lo rápido que puedo. En cualquier momento puede aparecer Vito en coche o moto. No creo que tarde mucho en salir de casa. Habrá tirado la puerta abajo, estoy segura.

Al fin veo de lejos un vehículo. Levanto el dedo de la mano para hacer autoestop. Aminora la marcha cuando va llegando a mí. Genial. De algo sirve tener una cara bonita.

El hombre me mira con el ceño fruncido. Parece un padre de familia con actitudes nada cuestionables.

—¿Se ha perdido, señorita? —pregunta con la ventanilla bajada.

Me acerco con una sonrisa fingida.

—No, perdona. Iba hacia —pienso el nombre del pueblo que vi en el mapa— Torre Caracciolo, y el coche me ha dejado tirada. Lo he abandonado atrás, porque tengo prisa. Mi hermana está en el hospital a punto de dar a luz.

El hombre piensa unos segundos. Agrando la sonrisa para parecer agradable.

—De acuerdo, móntese —indica con un poco de precaución.

Agradezco a quien sea de ahí arriba que me esté cuidando, que por lo menos no me haya enviado a un tío salido de esos que provocan asesinatos y violaciones. Un respiro siempre viene bien.

—Muchas gracias —le digo al hombre.

Entro en el vehículo y me abrocho el cinturón. El hombre acelera y se incorpora a la carretera.

De mi boca sale un suspiro, mi plan va por buen camino. De reojo observo al hombre estar pendiente del tráfico. Ni una sola mirada me ha echado. Eso me tranquiliza, ya que no tengo ganas de hablar. Necesito recuperar el aliento, he caminado demasiado.

Mis ojos se van al retrovisor derecho. Un coche negro viene detrás de nosotros a máxima velocidad.

Mierda.

Es él, estoy segura; tanto, que me encojo en el asiento pensando que me está viendo con total claridad desde la distancia. El hombre a mi lado mira por el retrovisor.

—Ese coche viene como un avión —comenta a mi lado.

—Ajam —intento disimular.

En segundos ya está justo detrás de nosotros.

Joder, el corazón me late a mil. ¿Me ha pillado?

¿Cómo es posible? El calor me recorre el cuerpo.

Me sobra la chaqueta. Pongo la mano en un lateral del rostro para que no pueda verme por el retrovisor, pero ya sé que todo lo que yo haga será en vano porque él se dedica a esto.

—¿Qué le pasa a ese tío? —habla el hombre en voz alta.

Vito se acerca tanto al maletero del coche donde voy que casi lo roza. Creo que intenta ver quién hay dentro. Mis piernas se vuelven inquietas. No puedo para de dar golpecitos en el suelo.

De repente, Vito da un volantazo y se mete en el carril contrario para adelantarnos. Bajo la cabeza y la meto entre las manos.

Qué gilipollez. Me reconocerá por la ropa.

Pongo cada palma en las sienes, dejando libre mi rostro al frente. Sé que está adelantando. Noto su mirada intensa.

La curiosidad me traiciona y bajo un poco la mano izquierda para ver por qué no ha avanzado su vehículo para ponerse delante de nosotros.

Su coche aparece por el lado del conductor con la misma elegancia con la que un depredador rodea a su presa. Adelanta, sin prisa, con mucha seguridad, como si cada uno de mis movimientos hubiera sido un libro abierto para él.

Cuando se sitúa a mi altura, gira la cabeza y me clava su mirada. Una llena de seguridad y calma. Tan suya que me enfada y me enternece al mismo tiempo. Tiene media sonrisa ladeada, la que utiliza cuando está a punto de soltar una frase arrogante. Sus cejas se levantan un poco. Baja la ventanilla.

—¿De verdad pensabas que podrías escapar de mí? —su voz me llega sin gritos, con esa calma que le caracteriza.

Bufo frustrada. Sé que tiene que estar muy enfadado, aunque no lo demuestre.

—¿Qué es esto? —inquiere el hombre a mi lado, mirándome para obtener respuestas.

Mierda.

—Mi… es… Es mi… —balbuceo sin saber qué decir.

—Frena ese puto coche ahora mismo —Vito le da la orden al hombre en tono amenazante.

El hombre me mira con incertidumbre. Mi pulso va a mil.

El estómago se me encoje tan rápido que parece que me lo arrancan.

El calor de antes se vuelve más incómodo, me sube por el cuello y me enciende las mejillas.

El corazón me late demasiado rápido. Todo mi cuerpo se sume en una tensión que me inmoviliza.

—¿Te ha hecho algo malo? ¿Necesitas ayuda? —me pregunta el buen hombre creyendo que tengo miedo.

Solo se me ocurre asentir con la cabeza. Si mintiendo consigo escaparme, tendré que vivir con ello.

—¿Qué? No… —Vito inclina la cabeza un milímetro, con un toque casi cómico, como si le divirtiera la situación.

—Ayúdeme —consigo decirle al conductor convenciéndome con mi propia mentira.

—Eres terrible mintiendo, viborilla —indica con su calma habitual.

Me mira con una expresión que mezcla amenaza, protección absoluta y un humor que solo utiliza conmigo.

Mi estómago da un vuelco al oírle decir eso. Estoy a punto de echarme atrás en mi decisión, de tirar del freno de mano, de abrazarlo y volver con el hombre de mi vida, pero Cara se me viene a la mente. Golpeada, atada, siendo violada.

Tengo que hacerlo.

Ayudarla.

Y con todo el dolor de mi corazón, cierro los ojos y me envalentono.

—¡Acelera! —le grito al hombre.

Este acata mis órdenes y aprieta el pedal con el pie. El rostro de Vito cambia por completo, de relajado a enfadado.

Joder.

La Pantera quiere matarme.