CAPÍTULO 54
VÍBORA
Vito descansa a mi lado. Sé que su sueño es profundo porque su respiración es lenta. Llevo en esta casa varios días, los mejores de mi vida. Puedo decir que esto ha sido el paraíso, por primera vez me he sentido en un verdadero hogar. Segura. Querida. En el lugar correcto.
Pero ya me he hecho la idea de que han sido unas vacaciones y que esto no se convertirá en algo habitual, porque esta realidad no me pertenece.
Me destapo con cuidado de no despertarlo.
Vito se ha pasado dos días hablando por teléfono con tíos que dicen tener información.
Ha estado reuniendo avisos y marcando posibles objetivos en su mapa.
Yo me he dedicado a memorizar las ubicaciones y los terrenos de Italia para saber las vías de escape cercanas.
Me pongo un chándal negro que dejé sobre la silla del dormitorio aposta.
Me calzo con deportivas y me recojo el pelo en un moño con mechones sueltos.
Camino hacia el salón con sigilo. La pantera sigue acurrucada sobre el sofá.
El corazón se me parte en dos, cada mitad tira hacia una dirección distinta.
Mientras avanzo por el pasillo de esta casa, que ya huele a él, a nosotros, a lo que compartimos, a lo que pudo ser, me pesa como si tuviera cadenas en los pies.
Me lo imagino dormido, ajeno a todo, con la expresión que solo tiene cuando piensa que estoy a salvo. El remordimiento me aplasta. Le estoy fallando y ni siquiera lo sabe.
Al mismo tiempo, en el fondo de mi pecho siento la urgencia de salir. La imagen de mi amiga, vulnerable, dependiendo de mí, de mis actos. Esa promesa que le hice de cuidarla, de no permitir que le pasara nada malo. Esa responsabilidad me recorre la espalda y me obliga a espabilar.
Y a hacerlo.
Aprieto los puños. Contengo el temblor. Respiro hondo, intento guardar la culpa en el fondo de mis pensamientos para tener la mente clara en mi huida.
Mientras alzo el brazo para coger la chaqueta de plumas que hay en la percha, pienso en él una última vez.
Me duele, mucho, pero no puedo permitirme ese dolor ahora.
No elijo lo que me hace feliz. La elijo a ella.
Y aunque siento que me estoy rompiendo, avanzo, porque mi amiga depende de la versión más fuerte de mí, no de la enamorada que quiere quedarse en su palacio de cristal.
Mi mano toca la manilla de la puerta.
—¿Vas a algún lado? —su voz me hiela la sangre.
Mierda, me ha pillado.
Mi corazón palpita. No puedo girarme. Si lo miro, estoy perdida. No puedo venirme abajo ni perder más el tiempo.
Escucho sus pasos recorriendo las tablas de madera.
—Ven, podemos hablarlo —suena con miedo.
No por él, sino porque sabe lo que estoy haciendo. Sabe que este es nuestro final. Y es irremediable.
—Maia —advierte con la voz en un hilo.
Suspiro.
Tiro de la manilla, abro la puerta con rapidez y la cierro de un golpe sin permitirme mirarlo una última vez. De inmediato, meto la tabla que ya tenía preparada apoyada en el porche, encajándola bajo la manilla. Lo hago en un solo movimiento. Tal y como tenía planeado. Fácil y efectivo.
Me imaginaba que él me pillaría. Tenía la esperanza de hacerlo sin dolor, pero lo conozco.
Sabía que no podría engañarle, así que anoche me las ingenié para bloquear todas las ventanas con tablas pequeñas de madera, y la puerta la acabo de bloquear ahora.
Así su pantera no podrá rastrearme y a él le costará salir de ahí lo suficiente para dejarme ventaja.
—¡Maia! —escucho su voz dolida.
Lo siento.
Tengo que hacerlo.
La madera retumba, pero aguanta sus golpes. La puerta está bloqueada de verdad. He podido. Se oye cómo retrocede y empieza a intentar desmontar la manilla o buscar una herramienta, pero eso llevará tiempo, de momento está atrapado. Y me está dando el tiempo que necesito.
Corro hacia el bosque sin mirar atrás.
Solo con un objetivo en mente.