PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

PANTERA

La noche es tan densa que solo se oye el crujido de la madera bajo mis rodillas y su respiración entrecortada.

El porche huele a pino viejo y a ella, ese aroma dulce y salado que me vuelve loco.

La tengo sentada en el tercer escalón, las piernas abiertas, los talones clavados en el borde del peldaño de abajo y la espalda arqueada.

Me arrodillo entre sus piernas. La luz de la luna se cuela entre las tablas del techo y dibuja rayas plateadas sobre su vientre; la sudadera se le queda enrollada sobre el estómago.

Bajo la cabeza despacio, rozando con la nariz la cara interna de su muslo, y sus piernas tiemblan.

Huele más fuerte aquí, un olor a sexo que me golpea directo en la polla, que ya late dura contra mis vaqueros.

—Mmm, mi veneno —afirmo relamiéndome los labios.

Paseo la lengua desde su entrada hasta el clítoris.

Está tan mojada que mi lengua resbala, recogiendo todo ese líquido caliente que sabe a deseo puro.

Gime bajito, un sonido que se le escapa por la garganta como si intentara contenerlo y no pudiera.

Separo sus labios con los dedos, abriéndola más, y veo cómo brilla, cómo palpita solo por y para mí.

Meto la lengua dentro, lo más hondo que puedo, follando despacio su coño que se contrae alrededor de mí, succionándome.

Subo al clítoris, lo rodeo con la punta de la lengua, rápido, lento, luego chupo fuerte.

Sus manos me agarran el pelo, tiran con fuerza, me empujan contra ella como si quisiera que me hundiese entero.

Y lo hago, sin piedad. Siento sus muslos temblar contra mis mejillas, su culo levantándose del escalón buscando más.

Introduzco dos dedos, los curvo, busco ese punto que sé que la hace jadear mi nombre entre dientes.

Los muevo rápido mientras mi boca no para, lamo, succiono, muerdo suave el punto de su sexo hinchado que late bajo mi lengua.

—Mía —gruño sintiendo como mi polla escupe pequeños chorros.

Está empapada; su líquido me corre por la barbilla, por el cuello, cae sobre la madera vieja del porche. Siento cómo se acerca, sus muslos se cierran alrededor de mis orejas, sus caderas se alzan, se retuercen. Acelero los dedos, la lengua la muevo en círculos furiosos, y de pronto se rompe.

—Tuya —grita con toda su alma.

Su coño me aprieta los dedos, un chorro caliente me salpica la boca, la cara. Se corre temblando entera, me clava las uñas en la nuca, arquea el cuerpo contra los escalones.

—Hasta después de la muerte, Maia —relamo su líquido en mis labios, recogiéndolo con la lengua.

No paro. Sigo lamiendo suave, recogiendo cada gota, sintiendo cómo palpita todavía contra mi lengua.

Ella jadea, las piernas se le quedan flojas.

Levanto la vista. Tiene la cabeza echada hacia atrás, el pelo pegado a la cara, los labios entreabiertos.

La luna la ilumina como si fuera lo más valioso de este mundo, y lo es, y es mía y solo mía.

Lo es.

Y todavía no he terminado con ella.

Me pongo de pie despacio. La polla me duele tanto que casi no puedo moverme.

Me desabrocho el cinturón con una mano mientras con la otra le agarro la nuca y la beso con fuerza, metiéndole la lengua para que pruebe a lo que sabe cuando se corre.

Gime dentro de mi boca, me chupa la lengua como si fuera el manjar más exquisito que haya probado nunca.

Bajo los vaqueros lo justo. Mi polla salta fuera, pesada y erecta, la punta ya empapada.

La agarro por la base y la froto contra su coño abierto, se resbala entre sus labios hinchados, cubriéndome de ella.

Cada vez que paso por su clítoris ella se estremece, se mueve de forma involuntaria, todavía está demasiado sensible, pero no puede evitar querer más.

—Estoy tan sediento de ti que siento miedo por el daño que puedo hacerte, Maia —me sincero con las palpitaciones a un ritmo frenético.

Ella asiente, me muerde el labio inferior y abre más las piernas, los talones los clava en el escalón de abajo para ofrecérmelo todo.

—Hazlo. Destrózame. Que mi mente guarde para siempre tu sabor, tu olor, todo tú —pide con tono urgente.

¿Eso me ha sonado a despedida? Por un momento mi lujuria se pausa y me entra la locura de pensar que me está guardando algún secreto. Ella nota mi estado, porque me he quedado inmóvil analizando su rostro, sus pensamientos.

—Fóllame ya. —Me rodea el cuello por detrás con la mano y me acerca a su rostro enfurecido.

Empujo de una sola vez mi polla, hasta el fondo. Está tan mojada, tan caliente después del orgasmo, que entro en su coño como si me hubiera estado esperando toda la vida.

Gime fuerte, la cabeza la echa hacia atrás, el cuello se le tensa. Me quedo quieto un segundo solo para sentir cómo me aprieta, cómo late alrededor de mí, cómo intenta tragarse cada centímetro. Pero no puedo quitarme de la cabeza esas palabras.

Entonces empiezo a moverme y dejo las mierdas aparcadas.

Follo duro, sin piedad. Mis caderas chocan contra las de ella, el sonido húmedo y obsceno de su coño tragándome. La madera del porche cruje bajo nosotros. Le agarro las muñecas, se las subo por encima de la cabeza y las clavo contra el escalón más alto.

Acelero. La follo con una fuerza brutal, queriendo romperla, mañana no podrá sentarse sin acordarse de mí. La destrozo a embestidas.

Ella se retuerce, levanta las caderas para recibirme más hondo. Siento sus paredes apretarme otra vez, llegando al clímax.

—Eres de mi propiedad, víbora. Tu cuerpo, tu coño, tus orgasmos, ya no te pertenecen. Son míos. Toda tú eres mía. ¿Me entiendes? —Le agarro de la barbilla para obligarla a mirarme.

—Lo sé. Tuya. Irremediablemente tuya. Por y para siempre tuya. Tuya toda la vida y la muerte —responde jadeando mirándome con intensidad a los ojos.

Eso me destroza. Una última embestida hasta el fondo y me dejo ir.

Siento el chorro caliente saliendo de mí, llenándola, desbordándose por donde estamos unidos, goteando sobre los escalones.

Ella se corre al mismo tiempo, suelta un grito que se ahoga contra mi hombro, el coño me aprieta tan fuerte que casi me duele, me ordeña hasta la última gota.

Nos quedamos así, pegados, temblando, el sudor y los fluidos enfriándose bajo la noche fría. Siento su respiración caliente contra mi cuello. Mi polla está todavía dentro, latiendo suave, no creo que quiera salir nunca de ella.

Beso su frente, su boca, y su pelo revuelto.

Está hecha para mí.

Pero no puedo evitar darle vueltas a las palabras de antes.

¿Qué estará pensando esa pequeña cabecita? Ya puede ir dándose cuenta de que yo nunca la dejaré ponerse en peligro. Sea lo que sea, tendrá que descartarlo.

Me encargaré de ello.