CAPÍTULO 52
VÍBORA
Me duele la cabeza de darle mil vueltas al mismo pensamiento.
Debo irme cuanto antes porque no sé cuánto tiempo esperará Vivaldo antes de matar a Cara.
No tuve que haber mostrado mi cariño por ella.
Estos hijos de puta observan tus debilidades para atacarte con ellas, y el cariño y el amor son dos de ellas.
Menos mal que vieron que quise irme con ellos y que Vito me llevó a la fuerza, así él está a salvo.
Solo me queda sacrificarme por mi amiga.
Ella no se merece que le pase nada por mi culpa.
Recuerdo la primera vez que la vi en aquella fila, tan ingenua, tan inocente.
No sabía lo que era la mafia ni lo que le esperaba en el futuro, y se ha vuelto más decidida y despiadada que yo.
Ahora tiene diecinueve años, apenas ha dejado de ser una niña, pero su mente piensa como una persona mucho más madura.
Es lo que le ha deparado la vida. Ha tenido que aprender a base de golpes.
A mí me violaron con dieciséis, pero ella tenía trece.
Tampoco ha conocido nunca el amor, ni lo hará, porque no creo que sigamos viviendo después de esto.
Levanto la cabeza hacia arriba y observo el cielo estrellado. Me he pasado el día intentando pensar en una salida. Vito volvió de su encuentro con Gepetto. Esperaba que me contara sobre su conversación, pero no lo hizo. Necesitará su espacio, supongo, igual que yo necesito el mío.
La silueta de la pantera me sobresalta. Se sienta a mi lado, en los escalones del porche. Joder, tenerla tan cerca todavía me impone. Sé que Vito no dejaría que me haga nada, pero al fin y al cabo es un animal salvaje, tiene sus instintos.
Abre la boca para bostezar y me enseña todos sus dientes afilados. Su mirada fija, dorada, intensa, me atraviesa. Durante un instante creo que estoy ante un depredador observando una presa.
Pero hay detalles pequeños, como la forma en que ladea la cabeza, cómo baja las orejas, cómo se acerca a mí, lenta, sin esconderse, que me hacen confiar en ella. Roza su coronilla contra mi pierna con un empujón. La siento olfatearme, rondarme, marcarme con su olor.
La conexión aparece al instante. Empiezo a percibir su lenguaje, los movimientos lentos son calma, la mirada fija es confianza, el roce con el lomo es afecto. No intenta asustarme, me está aceptando en su territorio, en su mundo.
Vuelve a empujarme con la cabeza, esta vez más suave, casi de forma protectora. Ya no la veo como un peligro. Y me doy cuenta de que, en su lenguaje, ese acercamiento a mí que parecía feroz, al final no era ninguna amenaza.
Era un abrazo. Y aceptación.
Alzo la mano con cautela para acariciarla. Es como si me lo estuviera pidiendo, como si estuviera esperando a que lo hiciera. Al deslizar la palma siento cómo la musculatura bajo la piel responde, se contrae un poco.
La pantera reacciona al instante, se arquea bajo mi caricia. Sus ojos se entrecierran para mostrar que está cómoda.
Cuando paso la mano por su cuello, su cola se mueve con un gesto lento, ondulante, casi como un felino doméstico, pero con la fuerza de un animal salvaje.
Se acerca más, presionando la cabeza contra mi palma, buscando más contacto.
Deja escapar un sonido grave, profundo, una especie de ronroneo vibrante que lo siento más en mi mano que en mis oídos.
Me sorprende una sensación de afecto al darme cuenta de que este animal, tan feroz, tan libre, tan indomable, me busca. Me acepta. Me elige. Mis ojos brillan de emoción.
—¿Disfrutando de ella? —escucho la voz de Vito a mi espalda, que me sobresalta.
—No sé por qué lo dices —respondo poniendo la mano en el muslo.
Por un momento, siento como si me hubieran pillado haciendo algo prohibido. Tener el cariño de ese animal significa meterme de lleno en su propiedad sin haberle pedido permiso.
—No era a ti, viborilla. Era a ella.
Le da una palmada en el trasero a la pantera para echarla de mi lado. Ella ruge y sale corriendo hacia el bosque.
Ese sonido me ha puesto los vellos de punta. No entiendo cómo Vito es capaz de hacer un gesto así sin miedo a que se le revuelva el animal y le lance un mordisco.
—Eres un suicida —le informo.
—Me lo dicen mucho —sonríe con el comentario. Echa su brazo por mi espalda atrayéndome hacia él—. Estás preocupada —afirma escrutándome con sus ojos.
—Lo estoy —suspiro.
¿Para qué mentir? Llevo todo el día intentando buscar una salida, pero nada es factible.
Si salgo corriendo, él me alcanzaría. No puedo coger ninguno de sus vehículos porque no sé conducir.
Si espero a un descuido, me acabaría encontrando porque tiene un animal que sabe cazar y olfatear y, además, se sabe los bosques de cabo a cabo.
Yo me perdería al momento. Pero aparte, necesito despedirme de él.
Sé que no lo volveré a ver, y eso me duele tanto que prefiero no pensarlo.
No sé cómo hacerlo, y eso me frustra mucho.
—Estoy en ello, Maia. Dame tiempo —comenta mirando al cielo.
No hay tiempo. Además, no dejaré que te expongas al peligro. Me gustaría que tú vivieras, ya que yo no puedo. Que seas feliz el día de mañana. Que te vuelvas a enamorar. Que formes una familia.
Nada de eso será conmigo. Y me jode y me da rabia lo cerca que he estado de tener mi cuento feliz, pero la realidad no es así. No es una historia donde comen perdices. Es sufrimiento, dolor, lucha y constancia. Es la mafia.
—Te quiero, Vito —mis palabras escapan de mis labios de forma involuntaria.
Él ensancha su sonrisa.
—¿La víbora se ha enamorado de la pantera? —pregunta de forma vacilona.
Mi rostro esboza una sonrisa. Con él no paro de hacerlo.
Y es el único que lo ha conseguido.
Que sonría.
Él.
—Eres el único que ha probado mi veneno, y eso es un privilegio que nadie más tendrá, pantera —declaro con firmeza.
“Porque estaré muerta”.
Pero también porque soy tuya, en cuerpo y alma.
Sus ojos brillan bajo la luz de la luna. Conozco esa expresión. Dedico unos segundos a recorrer su rostro guardando en la mente cada detalle para cuando necesite consuelo.
—El que quiera probarlo, probará mi ferocidad. Eres mía, solo mía —su voz se torna en ronca.
Se pone delante de mí, agazapado como si estuviera acechándome. Tira de mis pantalones hacia abajo con tanta fuerza que mi trasero se mueve con la gravedad y mi espalda choca contra los escalones.
—Adictivo, Maia. Así es tu coño para mí —murmura besando el interior de mi muslo—. Y necesito mi droga o me volveré loco.
Loca estoy yo ya por ti.
Te perdono, Vito, pero prefiero que creas que no para que cuando me vaya, sufras lo menos posible.