CAPÍTULO 51
PANTERA
Tengo tantas cosas por resolver que siento que voy a contrarreloj. Maia está mal por su amiga y por su familia. Tengo que hablar de ello con Gepetto y movernos cuanto antes. Si él no quiere hacer nada, ya lo haré yo. Pero necesito saber si cuento con su apoyo.
Por otra parte, quiero más explicaciones sobre mi hermano y mis padres. ¿Podré saber que pasó en algún momento? Solo quiero la maldita verdad para seguir adelante. ¿Estará vivo?
He estado hablando con el Don por mensaje y me ha dicho que estaba en La Nonna. Ese lugar saltó por los aires, no entiendo qué hace allí. Además, era propiedad de Santoro. También debo saber lo que se trae entre manos ese imbécil para que no me coja desprevenido.
Mi moto ruge al llegar al destino. Aminoro viendo de lejos un tumulto de hombres.
Frunzo el ceño al ver que lo que están es arreglando el lugar.
Hay grúas y demás maquinarias pesadas levantando escombros.
Freno con brusquedad. ¿Para qué quiere volver a levantarlo?
¿Qué mierda hace? Este bar fue el infierno de muchas chicas, y él debería saberlo.
Dejo el casco sobre el manillar con rapidez.
Me dispongo a avasallar a Gepetto, que desde la acera observa cómo trabajan para reconstruirlo.
Antes de emprender el camino, recuerdo que el móvil me vibró viniendo de camino.
Lo ojeo. Sonrío al ver que es Maia. No me esperaba que lo cogiera tan rápido.
Esa es mi chica. Adaptándose con rapidez, sí señor, estoy orgulloso de ella.
La ira ha desparecido un poco. Ya estoy más calmado. Ella tiene ese efecto en mí.
—No entiendo el objetivo de levantar esta mierda —pronuncio llegando hasta el Don.
Los hombres que tiene a su alrededor se apartan para darme paso. Supongo que Gepetto los habrá advertido, porque después de lo que pasó en mi casa, no creo que me dejaran acercarme mucho a él.
—Hola a ti también —responde molesto por mi actitud.
Jódete. Si no paras de cagarla, ¿qué quieres, que te dé un toquecito en el hombro y te diga lo bien que lo estás haciendo? Bufo.
—Cuando decido confiar en ti, vas y vuelves a sorprenderme con otra mierda de estas —arremeto—.
¿Sabes lo que pensaban hacer en la reunión que tuvimos antes del asalto de La cosa Nostra?
Santoro iba a traer niñas para sus clientes.
¡Niñas, bebés! ¡Con pañales! —exclamo llenándome de ira al recodarlo.
—Lo detendré, pero necesito reconstruir este lugar para que vuelva a mi lado. Ese cabrón tiene los días contados, pero hasta que pueda deshacerme de él, lo necesito cerca. Precisamente para eso, para controlarlo y saber que no hace ningún mal por ahí —explica con tesón.
Me quedo en silencio. Está bien, lo comprendo, aunque creo que seguirá igual que antes, hará sus negocios a escondidas y seguirá traficando con niñas.
Yo no puedo estar pendiente de Maia, de su amiga, de su madre, de todos los negocios de La Camorra, de mantener a raya a La Cosa Nostra y también de los trapos sucios de Santoro.
Tengo que quitarme obligaciones, y él es peso muerto.
—Lo volverá a hacer a escondidas —replico.
—Esta vez no. Como te he dicho, lo tengo en el punto de mira —afirma muy serio.
Observo la maquinaria trabajar. Levantan humo. Sofás destrozados, maderas despedazadas del impacto de las explosiones. Este lugar está devastado.
—¿Has hablado con él? —pregunto.
Me refiero a Lamberto.
—Aún no. Sigue desaparecido, pero tengo mis fuentes. Harán que le llegue mi mensaje de paz. Que se crea que estoy de su parte y cuando vea que le entrego su local, más a mi favor.
Asiento despacio, pensativo.
—¿Crees que mi hermano seguirá vivo? —lo interrogo.
Él al fin me mira, observa mis gestos, me estudia.
—No lo sé. No quiero darte esperanzas si no las hay. Intenté buscar pistas y no encontré ninguna —expone.
—¿Qué es lo último que supiste?
No quiero parecer ansioso, pero lo estoy. Si puedo saber un poco, por ínfimo que sea, me conformo. Meto las manos en los bolsillos de los pantalones.
—Como te dije, hace dieciocho años, cuando Pierino mató a Akela porque pensábamos coger el mando de la mafia, se llevó a sus dos hijos.
A ti, que tenías seis años, y a tu hermano, que tenía uno.
Al poco tiempo, Pierino murió por un incidente con Gunther.
Alguien crio a esos niños, y ahora los cabrones quieren reclamar lo que quería su padre.
Sé que tú fuiste uno de esos niños porque Santoro te tenía, y salió a la luz.
Fue información que paseó por todo el territorio.
Gracias a Dios, no pudo esconderla, porque si no, no sé qué habría sido de ti.
¿Lo que pasó con tu hermano? No lo sé. Sé que se lo llevó Pierino, pero no sé qué haría con él.
No pude encontrar nada —finaliza con pesar en su tono.
Por eso Santoro le tiene tanta envidia a Gepetto. Ha conseguido todo lo que él quería, y una vez que su pilar fuerte, Pierino, murió, no le quedó otra que rendirle pleitesía a “su enemigo” Gepetto.
Valiente cobarde de mierda. Traficando con niñas y matando por envidia y poder. Es una persona rastrera. Un inútil que necesita a otros para ser alguien.
Juro que le haré pagar todo lo que ha hecho.
Lo haré.
—¿Crees que Santoro sabe lo que planeas? —pregunto en voz baja para evitar oídos indiscretos.
—No lo sé, por eso tengo que asegurarme de hacerle este regalo. Para que aparezca y confíe en mí —expresa frotándose la barbilla.
—Ten cuidado en quién confías. Hay ratas. Daré con ellas, pero antes tengo que resolver otros problemas. Como el capullo de Vivaldo y su afán por tener lo que es mío —anuncio con rabia.
—Hay muchos problemas por resolver. Confío en que harás tu trabajo como ejecutor de La Camorra.
De los demás nos iremos encargando, pero necesito un poco más de tiempo.
Lo primero es que aparezca Santoro y debatir con él el tema de Maia.
Pensaba guardarme esta carta en la manga, pero seré totalmente sincero contigo para que veas que puedes confiar en mí —pronuncia en voz baja—.
Vivaldo está obsesionado con Maia, pero Santoro, no.
Y es él el jefe, el otro es solo uno de sus hombres.
Por lo tanto, quiero hacer un trato: le daré el local que tanto quiere a cambio de liberar a Maia.
Asimilo sus palabras. Sí que iba a actuar, por mí, por mi chica. Joder, me ha dado otra lección. Y yo no paro de liársela.
—Gracias.
No me salen más palabras.
Confío en ti, Gepetto. Una vez más me has demostrado que me siento afortunado por tenerte en mi vida. Espero algún día estar a tu altura. Me queda mucho por aprender, y espero hacerlo a su lado.