PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

VÍBORA

Silencio. Eso y una luz que se cuela por la cortina. Tardo en moverme para disfrutar del momento. No tengo prisa, no hay nadie que me diga que en cinco minutos tengo que estar lista.

Respiro hondo.

¿Puedo sentirme mal por tener tanta libertad?

Siento que en cualquier momento todo esto desaparecerá.

Me he acostumbrado tanto a estar en modo supervivencia que esto es extraño para mí.

Me asusta tanta tranquilidad. Estos cerdos me han dejado muy tocada, pero tengo que luchar.

No puedo rendirme. No dejaré que me consuman.

Me incorporo con rapidez, aun con la costumbre. Voy al baño y a mitad de camino avanzo más despacio. ¿Por qué corro? Inhalo. Me obligo a ir lo más despacio posible.

Abro el grifo. Me quedo mirando el agua correr. Mi mente divaga pensando en Cara, en que debo enfrentarme a la realidad, dejar de jugar a las casitas. Esta no soy yo, y esta vida no me pertenece.

Me meto en la bañera, el vapor llena el ambiente. Me dejo envolver por el agua. No quiero reflexionar más sobre el tema, pero viene solo, sin poder evitarlo. Ya pensaré en como salir de allí. Lo primordial es salvar a Cara y a mi madre. Ya saldré más adelante de las garras del cerdo de Vivaldo.

Paso las manos por mis brazos, por mi pelo, por mi cuello. Me detengo en cada rincón como si estuviera redescubriendo mi propio cuerpo. Ha vuelto a ser mío.

Después de varios minutos y cansada ya de pensar, decido salir del agua.

Ya apenas está tibia. Seguido, me miro al espejo.

No tengo ojos pintados, ni labios con carmín.

Soy yo. Yo solo en carne y hueso, en todo mi esplendor.

Desenredo la maraña que tengo en el pelo y me pongo una camiseta de Vito que me queda por los muslos.

Sonrío al pensar en él. Se está ganando el perdón con creces. Desde que ha vuelto a mi vida me ha proporcionado paz, cariño y protección. Todo lo que necesitaba.

Al llegar a la cocina, lo veo en la mesa con papeles por toda la superficie, supongo que estará trabajando en sus cosas.

—Buenos días, viborilla. ¿Cómo estás? —me saluda en tono suave.

Esa pregunta de nuevo me remueve todo. Sentirme así de querida a veces me sobrepasa.

Él no se mueve. Inspecciona mis sentimientos.

Creo que no quiere hacer un movimiento en falso para que no vuelva a llorar.

Ayer, a la hora de dormir, se me vino el mundo encima.

Los problemas comenzaron a pesar mucho, no veía salida y me hundí.

Me tiré media noche llorando en el pecho de él.

—Buenos… —no termino la frase. Las ganas de llorar vuelven y las dejo atascadas en la garganta.

En él veo un lugar seguro para ser yo misma, para llorar, para desahogarme. Vito se levanta para abrazarme. Frunzo los labios. Aquí está de nuevo, dándome consuelo.

—Había pensado en salir a ver al Don porque necesito aclarar varias cosas sobre lo del otro día. Pero si no estás bien, ya iré en otro momento —expone con dulzura.

Al hablar noto la vibración en su pecho. Me calma su contacto, saber que no estoy sola, que siempre he podido. Ahora que lo tengo, no sé si podré seguir mi vida sin él.

—Estoy bien. Ve —me retiro para recomponerme.

—No… —comienza una frase.

Le corto.

—Sí, estoy bien. Ve —aseguro con una sonrisa.

Y es la verdad. Solo tengo que acostumbrarme a esta libertad, pero tampoco quiero porque dentro de poco volveré al infierno. Cuando mejor estoy, mi mente me recuerda que solo es pasajero y otra vez vuelta a empezar.

Pero no podrán conmigo. No van a volverme loca.

Me yergo con decisión quitando a Vivaldo de mi pensamiento.

—Quiero darte un regalo —anuncia Vito sin quitarme ojo. Me señala un móvil que está en lo alto de la encimera. Frunzo el ceño—. Sé que debería haberlo envuelto en papel regalo o cosas así, pero como no lo he hecho nunca, no sé cómo se hace.

Me río de esa frase tan simple. El ejecutor de la mafia no sabe envolver un simple regalo. Él levanta las cejas al ver mi reacción. Es gracioso ver a un asesino comportarse como un conejito enamorado.

—No es necesario —respondo dándole un beso.

Él se ríe al verme feliz.

—Sí lo es. Quiero que lo tengas para que te puedas comunicar conmigo cuando yo no esté o que lo utilices para lo que quieras. Verás lo necesario que es cuando comiences a usarlo —insiste llevándome hasta él.

Lo observo con él pegado a mi espalda, me tiene rodeada con sus brazos. Es moderno.

—Ya tienes una tarjeta puesta y listo para usar —comenta a mi espalda.

El nudo de mi garganta amenaza con deshacerse de nuevo. Me abruma poder hacer lo que quiera. Es tan difícil volver a vivir…

—Ah, también tengo otra cosa. —Avanza hasta el mueble de la cocina y saca una tableta de chocolate de la marca Toblerone—. Recordé que me dijiste que eran tus favoritas.

No puede ser. Hace años de eso, se lo dije por mensaje cuando me estaba embaucando. No te acuerdas de ese tipo de detalles de una persona que no te importa.

Ese gesto tan pequeño y absurdo me rompe por completo. Los ojos se me llenan de lágrimas antes de que pueda evitarlo. El pecho se me aprieta. Una punzada me quema por dentro. La última vez que alguien me hizo un regalo fue mi madre cuando aún mi padre estaba vivo y no tenía esa maldita depresión.

—No era mi intención hacerte llorar. ¿Eso es que no te ha gustado? —pregunta él con tiento.

Sonrío de nuevo por su comentario torpe. ¿Cómo no me va a gustar?

—Claro que sí. Es solo que hacía mucho que no me hacían regalos ni tenía esta atención que estoy recibiendo —me explico secando las lágrimas con el dorso de la mano.

Él se acerca a mí para pegar nuestros labios. Me estrecha contra su cuerpo. Roza su nariz con la mía de forma muy tierna.

—Quiero llenarte de atención hasta que estés asqueada.

Quiero darte todo lo que tenga en mis manos.

Te daría el mundo, te daría incluso mi propia vida.

Tú ahora eres todo lo que me importa. Y así será para siempre —pronuncia cerca de mis labios—.

Pídeme lo que sea y lo pondré a tus pies. Lo que sea.

“Te quiero a ti para toda la vida”, pienso.

Pero no sería justo pedirle eso, porque seré yo quien desaparezca de la suya. Así que me decanto por otra petición que también me muero por tener.

—Sí que quiero que me resuelvas un problema —digo con misterio.

—Lo que sea. Dime que cabeza tengo que traer hasta ti —sentencia muy serio.

Ahogo una sonrisa burlona frunciendo los labios.

—Un libro. No tiene cabeza, no sé si podrás traérmelo —explico en tono burlón.

¿Yo bromeando? Sí que es el cielo.

—Viborilla, si vuelves a reírte de mí, te tendré que castigar. —Me muerde el cuello con actitud juguetona.

—Me gustan los castigos, igual que los problemas, tal y como te dije la primera vez que me trajiste a tu casa —afirmo.

—Nuestra casa —me corrige.

No quiero discutir con él. No lo será, pero él aun no lo sabe. Volveré a desaparecer de su vida.

Bajo la cabeza aguantando las lágrimas y me retiro para coger el móvil y hacer como que lo inspecciono. No quiero que me vea llorar porque no parará hasta saber por qué estoy así.

—Tengo que irme. Si necesitas cualquier cosa, llámame. ¿Puedes estar sola un rato? —pregunta preocupado—. Dejo a Bagheera aquí en casa.

Inspiro para mostrar una sonrisa fingida. Solas la pantera y yo. De repente el corazón me da un vuelco.

—Sí, ve tranquilo. —Me conoce, maldita sea. Mejor de lo que yo querría, porque frunce el ceño y me mira con fijación durante segundos—. Conmigo no utilices las técnicas que haces con esos cerdos para meterles miedo. —Lo empujo en el pecho para retirarlo.

Él se ríe ahora de mi comentario.

—No estés a la defensiva. Sé que no estás bien, pero te dejaré tu espacio. —Me besa en la frente como despedida—. Y créeme, no es la técnica que utilizo. Si lo hubiera hecho, habrías salido otra vez corriendo hacia el bosque.

Coge su chaqueta, el caso de la moto y acaricia la cabeza de la pantera.

—Pensándolo bien, la próxima vez utilizaré tu miedo. Me gusta perseguirte por el bosque. —Se relame los labios.

—Gilipollas —espeto.

Le tiro un trapo de la cocina y él lo esquiva. Le sonrío divertida.

Cuando se va, la casa se queda en silencio. Camino por el salón. Paso los dedos por los muebles, por las paredes, por los marcos de las puertas. Todo es extraño. Todo es nuevo.

Abro una ventana, el aire entra de golpe. Me quedo quieta, con los ojos cerrados, dejando que me toque la cara. Nadie me lo impide. Nadie me dice que cierre. Río feliz.

No pienso volverme loca. Debo centrarme.

Vuelvo a la cocina y abro el chocolate. Rompo un trozo. Lo observo un segundo antes de llevarlo a la boca. Este le encantaría a Cara. Antes de volver a hundirme, la quito del pensamiento. El sabor me explota en la lengua. Está muy dulce, tal y como lo recordaba. Lo saboreo con placer.

Me siento en el suelo del salón, con la espalda apoyada en el armario de la cocina, las piernas cruzadas. Cojo el móvil desde donde estoy y lo enciendo. La pantalla se ilumina. Hay un contacto guardado. Cómo no, Vito.

Le escribo:

“Te acabas de ir y ya te echo de menos”.

Lo suelto con una sonrisa.

Miro a mi alrededor. La pantera me observa desde la otra punta de la casa. Bueno, hasta que vuelva a mi prisión puedo disfrutar de mi momento de libertad. Y eso pienso hacer.

Porque no podrán conmigo. No conseguirán hundirme ni voy a volverme loca.

Voy a vivir.