PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 49
66%

CAPÍTULO 49

VÍBORA

A los minutos estamos desayunando sentados en el suelo con la espalda apoyada a la pared, entre risas, con un mantel improvisado que realmente no sirve para nada. Estiro las piernas y él se recuesta un poco hacia atrás, mirándome con descaro.

—Deja de mirarme así —digo sin poder evitar sonreír.

—Estoy recuperando el tiempo perdido —contesta él.

Le lanzo una servilleta. Entonces él me acaricia el muslo. Ese roce breve basta para que mis vellos se pongan de punta. Es todo tan normal que me hace querer llorar de la emoción.

—Me estoy acostumbrando a esto demasiado rápido —suspiro.

—No tiene nada de malo. Al fin y al cabo, es lo que te queda, toda la vida conmigo —sentencia él con una sonrisa de orgullo.

Suena un mensaje de móvil. Los dos miramos al aparato que descansa sobre la encimera. Está más cerca de mí que de él.

—¿Puedes cogerlo? —pregunta.

Asiento y estiro el brazo para llegar hasta él. Cuando ya lo tengo, se lo ofrezco.

—No. Míralo tú. Todo lo mío es tuyo, y no quiero tener ningún secreto contigo —sus palabras me derriten el corazón.

Le dedico una sonrisa y lo beso en la mejilla. A cada hora que pasa intento ser más cariñosa con él. Tiene que haber reciprocidad; él me lo da todo, yo… estoy en ello.

Deslizo el dedo sobre la pantalla táctil.

“Santoro y su clan han desaparecido de su casa y del monasterio. Parece que tendremos problemas”.

Remitente: Lazzaro.

Se lo enseño a Vito y él frunce el ceño.

Siento miedo porque no sé qué está pasando con Cara. Han pasado ya varios días y estoy aquí perdiendo el tiempo sin saber si ella está viva o muerta. Me tiembla la mano solo de pensar que le ha podido ocurrir algo.

—¿Por qué se han ido? —pregunto con curiosidad.

—Por mí. Les he causado muchas bajas y creo que ya no se sienten a salvo —responde pensativo con expresión muy seria—. Tengo la sensación de que utilizarán eso para ir en contra del Don.

—Pero ¿pueden hacer eso? —indago más—. Digo, lo de ponerse en contra de su jefe.

—Claro, Maia. Es más, lo estaban deseando. Esperaban un malentendido para mover ficha. Los hijos de puta no quieren obedecer a nadie —suelta mirándome muy serio.

Recuerdo las palabras de Gepetto, y justo era esto lo que no quería. Una guerra interna. Eso significa más problemas.

—Eh —me levanta Vito la barbilla—, ni se te ocurra pensar nada malo. Esto tenía que pasar. Naciste para mí y mi fallo fue no verlo antes. Pero desde que te encontré, supe que serías mía para siempre.

Sus ojos brillan como si fueran las estrellas más relucientes del firmamento.

Noto su decisión, su contundencia en las palabras.

Me quiere. No me dejará ir tan fácilmente.

Y a cada día que pasa, más complicado se vuelve irse de aquí.

Por su atención constante hacia mí y porque mi corazón tampoco quiere despegarse del suyo.

No sé cómo lo voy a hacer.

—¿Cómo te sientes respecto a lo de —pienso unos segundos el nombre— Gepetto?

No sé exactamente qué ha pasado, pero sí sé que Vito está afectado por lo que sucedió. Al parecer el hombre frío e insensible sí tiene sentimientos.

Chista y aparta la vista.

—No sé qué pensar. Cuando fui en busca de Santoro, me dijo que fue Gepetto quien mató a mis padres a sangre fría.

Le creí, y no sé por qué —explica ensimismado—.

Aun viendo cómo me trataba el Don, que siempre ha demostrado que le importo, me daba más facilidades que a los demás, me daba libertad, comprensión y a veces, cariño.

No debería haber dudado de él. Pero quizá mi mente solo buscaba una forma de estar en su contra.

Aunque en todo lo demás me trató como un rey, hizo algo que me jodió mucho, y nunca lo he superado.

Le cojo la mano para darle calor, cariño, ánimo. No hablo. Hay que saber cuándo hacerlo, y él ahora lo que necesita es expresarse, desahogarse, y no recibir consejos. Necesita sentirse escuchado.

—Tú, Maia —pone su mirada en mí con decisión—. Me obligó a hacerte daño al ser el puto cebo. Has sido la única de la que me he enamorado, y me he atormentado mucho por ello.

Mi corazón se derrite antes sus palabras.

Se ha puesto en contra de los suyos por mí.

El rencor que queda en mí se disipa más.

Él lo está consiguiendo. Está destruyendo el muro que rodeaba mi duro corazón.

Él se ha instalado en mi pecho. Tengo que reconocer todo su esfuerzo por entrar en mi interior.

No solo se ha adueñado de mi cuerpo, sino también de mi mente y de mi corazón.

Y puede que lo perdone.