PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

VÍBORA

Mi mundo se derrumba.

En mi cuerpo se instala el miedo y noto una presión en el pecho como si alguien me apretara desde dentro.

Las palabras de la amenaza siguen retumbando en mi cabeza, siendo duras, imposibles de ignorar.

Y justo en este momento sé que no se trata solo de mí, que si fallo, si hago lo incorrecto, mi madre o Cara podrían pagar el precio.

Debo obedecer. Porque entiendo que resistirme podría encender una chispa que destruiría todo.

Me duele, me humilla, me enfada tener que rendirme, pero trago saliva, aprieto los dientes y lo dejo decidido.

Se me repite la idea constante de que si desobedezco, las consecuencias serán fatales.

En mi interior, deseo que todo esto pase, que nadie salga herido, que algún día pueda respirar sin este nudo en la garganta.

Pero por ahora tengo que tragarme el dolor y seguir las órdenes, porque lo último que quiero es que el miedo que llevo dentro se convierta en realidad.

Cada movimiento que hago parece vigilado por Vito, que intenta saber qué pienso.

—Eso no pasará —rompe este el silencio—. Ni Maia va a salir de aquí ni permitiré que le pase nada a nadie de su familia.

Pero no es cierto, Vito. Eres feroz y letal, pero esta situación podrá contigo, él te ganará la batalla. Aprecio mucho su ímpetu por ayudarme, y me ha dado las mejores horas de toda mi vida, pero tengo que cumplir mi papel y enfrentarme a la realidad. Debo volver con Vivaldo al puto infierno.

Bajo la cabeza para esconder mis intenciones.

—¿Cómo puedes dejar que pase esto? —Vito dirige su furia a Gepetto.

—Contrólate, no te lo digo más —se encara con él.

Mierda. Con esto ya sí que no puedo. Agarro la mano de Vito para ofrecerle calma. Una que yo no tengo, pero la imito con todas mis fuerzas por su bien.

—Fuera. No sirves para nada. —Obcecado y con rabia, Vito le señala la puerta al Don.

—Cuando te hayas calmado, vienes a hablar conmigo.

Siempre seré tu familia, Vito. Espero que entres en razón.

A otros, por palabras más suaves que las tuyas, los he colgado de mi terraza y sus cuerpos se han podrido durante días siendo devorados por los pájaros y otros bichos —lo amenaza antes de salir.

Gepetto pega un portazo mostrando su enfado. La pantera, que hasta ahora se había mantenido fuera de juego, gruñe con el ruido.

—No vas a ir. Lo arreglaré —declara acercándose a mí.

Vito pone las manos en mis mejillas y acerca mi rostro al suyo. Le importo, joder, no para de demostrármelo. Me gustaría conocerlo más, perdonarlo por completo. Se lo merece. Pero al fin y al cabo, desapareceré de su vida, porque no podré optar a lo que tanto soñé: la libertad.

Asiento con lágrimas en los ojos para mentirle y que se tranquilice, pero ya lo tengo decidido.

Y nadie más saldrá herido por mi culpa. Es hora de afrontar mis acciones.

Cada acción tiene su consecuencia. Ley de causalidad.

Fue de las últimas lecciones de filosofía que aprendí en el instituto antes de volar hacia el infierno.

La mañana cae lenta sobre el salón. La luz se cuela a través de los espacios entre las cortinas.

Estoy apoyada en el marco de la puerta con una camiseta que claramente no es mía.

Él me mira desde la cocina, lleva un cucharón en la mano.

La escena parece tan irreal, tan normal, que necesito parpadear dos veces para convencerme.

—¿Desde cuándo te queda tan bien mi ropa? —pregunta Vito con una sonrisa torcida.

Me encojo de hombros, jugando.

Él se ríe por lo bajo.

Cuánto tiempo hacía que no me levantaba sin miedo.

Siempre era con urgencia o con golpes. Al abrir los ojos me ha parecido todo un sueño, pero ahora lo creo más firme.

Esto no puede ser verdad. Hay un chico que me quiere, que me cuida.

He podido levantarme cuando he querido. Estoy tapada.

Sin obligaciones, sin miedos. Se me comprime el pecho al saber que dentro de poco volveré a mi antigua vida.

Tengo que trazar un plan para volver al monasterio.

Casi me dan ganas de llorar, pero las aguanto.

No quiero que Vito sepa lo que pienso para que no me lo impida.

Me llama con un gesto de la mano.

—Ven, antes de que se queme o antes de que me arrepienta de cocinar. Creo que tenemos que recuperar todo el tiempo perdido.

Cruzo la estancia caminando despacio, exagerando cada paso solo para provocarlo mientras él me observa con un hambre voraz. Cuando paso junto a él, me apoyo en su hombro y miro la sartén.

—Tiene buena pinta —susurro.

—Tú también tienes buena pinta —responde él sin moverse.

Apaga el fuego sin apartar la vista de mí.

—Quizá tengo mejor aspecto sin la camiseta, ¿qué te parece? —replico en tono provocador.

No quiero que piense que soy una obsesa sexual, pero estoy tan liberada, y me atrae tanto, que solo con verlo mis hormonas alteran todo mi órgano sexual.

Él baja la mirada a mis labios, luego vuelve a mis ojos.

—Si sigues por ese camino —susurra, cerca, muy cerca—, pasaremos todo el día metidos en la habitación.

—¿Y qué pasa si es lo que quiero?

Él esboza media sonrisa, un gesto que aparece cuando intenta mantener la compostura. Luego le deslizo un dedo por el borde de la barbilla, con lentitud, escrutando cada detalle.

—Estoy hambrienta. Primero comamos —sugiero.

Él inclina la cabeza.

—Tengo sed, y lo único que me apetece beber es lo que sale de aquí —murmura con voz ronca.

Roza sus dedos por fuera de mi ropa interior. Los desliza para un lado, aparta mis bragas e introduce los dedos en medio de mis pliegues recogiendo en ellos todo mi líquido. Luego los saca y se los mete en la boca, saboreándolos. De mi garganta sale un gemido involuntario.

—Eres una jodida maravilla, Maia.

Me levanta con facilidad, como si no pesara nada, y me sienta en la fría encimera de granito de la cocina.

El contraste del mármol helado contra mis muslos desnudos me arranca un jadeo pequeño.

La camiseta se me sube hasta la cintura cuando abro las piernas para él.

No hay prisa, pero tampoco paciencia. Sus manos grandes me agarran por las caderas y me arrastran hasta el borde, hasta que siento que voy a caerme, pero sé que no lo va a permitir.

—Mírate, ya estás chorreando y ni te he tocado todavía.

Se arrodilla entre mis piernas sin decir nada. Solo me mira. Me mira con posesión. Siento el aire en mi coño ya mojado, expuesto, abierto para él. Me da vergüenza y a la vez me encanta. Me muerdo el labio cuando su aliento cálido me roza justo ahí.

—Si te portas bien, te hundiré la polla en el coño hasta que te salga por la boca —sus palabras me sacan otro puto gemido.

Es tan obsceno que podría correrme solo con sus palabras.

La primera lamida es lenta, de abajo hacia arriba, como si quisiera saborear cada centímetro. Gimo de nuevo sin querer, fuerte, y mis manos vuelan a su pelo. Me separa más con los pulgares, abriéndome del todo, y entonces sí, su lengua se hunde en mí.

Es caliente, húmeda, perfecta. Al principio me lame despacio. Sube hasta el clítoris y lo rodea, lo chupa suave, luego más fuerte. Me tiemblan las piernas, que intento cerrar por instinto, pero él las mantiene abiertas con las manos.

—Quieta —susurra contra mí, y su aliento me hace arquearme.

Vuelve a lamerme, esta vez más rápido, más profundo.

Me mete la lengua dentro y me folla con ella mientras con un dedo me acaricia el clítoris en círculos.

Estoy empapada, noto el líquido resbalar entre mis muslos, por la encimera.

Oigo mis propios gemidos, altos, desesperados porque llegue esa ola.

Me agarro al borde de la encimera con una mano y con la otra le aprieto la cabeza contra mí, sin vergüenza ya.

Quiero más. Quiero todo.

—No pares —grito extasiada.

Al abrir un segundo los ojos, veo que la pantera está junto a nosotros, observándonos.

Y él no para. Me chupa el clítoris con fuerza, lo succiona, lo muerde suave, y cuando mete dos dedos dentro de mí y los curva justo ahí, justo donde sé que voy a explotar, me corro con los ojos cerrados ante la atenta mirada del animal.

Es tan fuerte que sale un grito de mi interior convertido en gemido.

Me tiembla todo el cuerpo y veo estrellas detrás de los párpados cerrados.

Él no se detiene, sigue lamiendo suave mientras mi líquido lo llena, bebiéndose todo, hasta que estoy tan sensible que tengo que apartarlo porque no aguanto más.

Le empujo la cabeza para que se aleje de mí.

Me quedo en el sitio, jadeando, con las piernas abiertas y temblando, mirándolo desde arriba mientras él se levanta poco a poco y se limpia la boca con el dorso de la mano, sonriendo con prepotencia.

—Creo que ya sé cuál es mi lugar favorito de esta casa —añade—. Ahora bésame. Quiero que te tragues toda tu corrida —impone.

Me besa con fuerza, sucio, posesivo, y yo solo puedo gemir dentro de su boca mientras pienso que sí, que también será mi parte favorita de la casa.