CAPÍTULO 47
VÍBORA
Vito se deja caer en el sofá y le da un vaso con whisky al hombre que lo escucha atentamente. El Don.
Su semblante me impresiona, parece abatido. Toda la seguridad que tenía antes se ha esfumado.
No sabía qué aspecto podría tener el jefe de una organización mafiosa, pero este hombre rompe todos los esquemas.
Tendrá unos treinta y tantos años, cabello oscuro con algunas canas y una barba muy bien cuidada.
Tiene un cuerpo trabajado, viste de traje de chaqueta, muy elegante. En su actitud se siente el poder.
Los he escuchado hablar en el porche, y ahora siento más lástima por Vito.
Él también ha vivido una mentira. No ha sufrido daños como yo, pero a los dos nos han arrebatado de nuestras vidas.
No lo justifico. Me costará olvidar todo lo que me hizo.
Que él viviera eso no le da derecho a masacrar a los demás, pero sí que puedo ser un poco más comprensiva con él.
Vito le cuenta mi historia. Aparto la mirada en algunos momentos sintiéndome muy incómoda. Cuando él recuerda cómo me sedujo y mi primera violación, tengo que tragarme el nudo que se me instala en la garganta.
Joder.
Contado desde los labios de otra persona suena más horrible si cabe. Al ser yo quien lo vivía, me evadía en mi mente y no lo notaba tan horripilante como es.
Vito hace un gesto de dar palmadas en su rodilla mirándome para que me siente con él.
Me acerco con lentitud. Sé que él ha notado mi nerviosismo y solo intenta tener contacto cercano conmigo para darme ánimo y protección.
Otro gesto que me quiebra la muralla de hielo que rodea mi corazón y me hace guardar el rencor.
—Yo soy Gepetto, Maia —se presenta el hombre. Asiento—. Perdóname. Nunca se me ocurriría ultrajar a ninguna mujer. Para mí sois la maravilla que ha construido Dios para controlarnos a nosotros, los hombres primitivos e inútiles —me explica muy serio.
Mi trasero se instala encima de los grandes muslos de Vito, que me rodea con su brazo el vientre.
—No tengo que perdonarte nada si ese es tu pensamiento —anuncio con seguridad al hablar.
—Sí tienes. Te secuestraron por mi culpa, porque yo lo permitía.
—Chasquea la lengua—. Lamberto Santoro se ha dedicado a eso toda la vida.
No es que sea de mi agrado, pero él siempre ha tenido mucha influencia entre los distintos clanes.
En nuestro pacto, se firmó que él apoyaría mi mandato mientras yo dejara en paz sus negocios.
Tuve que ceder para que los demás también me apoyaran.
Lo hice por el bien mayor. Imaginaos cómo sería todo con él al mando.
Gepetto bebe de su vaso y lo noto un poco afectado.
Por un lado lo entiendo. Comprendo que para salvaguardar muchas vidas, ponga en la guillotina a unas pocas. Pero por otro, joder, la que está en el lado de la guillotina soy yo, y lo veo muy injusto.
—Eres el Don, ¿no puedes hacer nada al respecto? —pregunto con interés.
Él niega con la cabeza.
—Si le quitara ese placer, se volvería en mi contra y pondría todo en peligro —declara apenado—.
Los demás tomarían posiciones, algunos conmigo, otros con él, y esto se convertiría en una guerra civil interna.
Morirían muchas personas por el camino. Y si él llegara al poder, podéis imaginaros la de chicas que sufrirían, porque lo haría a lo grande, con miles y miles de mujeres.
—¡No puedo creer que el Don de la mafia no pueda con un simple capo! ¡Tienes a mucha gente de tu parte! —exclama Vito golpeando la mesa baja que tiene a un lado.
—Contrólate. No sé cuántas faltas de respeto he aguantado ya —le advierte.
Me levanto de su regazo; seguido, Vito se pone en pie frente a Gepetto.
—El maldito Santoro participó en el asesinato de mis padres, ¿no?
Pues ya tiene su destino escrito. Antes de que amanezca, su cuerpo habrá agonizado por las decenas de torturas que tengo pensadas para él —proclama muy seguro—.
Y menos mal que Pierino está muerto, porque si no, ya estaría dando vueltas entre las zarpas de Bagheera, vivo.
—No puedes hacer eso. Es un capo, y no uno cualquiera —resopla el Don—. Mierda. ¿Es que no lo entendéis?
—¿Y qué esperas que hagamos? ¿La dejo escondida aquí toda la vida? Como si fuera ella culpable de algo —discute Vito muy enfadado.
—A eso venía —termina la frase en un hilo de voz—. ¿Podemos hablar en privado, Vito?
Levanto el ceño. ¿En privado? ¿Qué tiene que decirle?
Vito se pasa la mano por el pelo. Es la primera vez que le veo mostrar un gesto de que está nervioso.
—Lo que tengas que decir puedes hablarlo delante de ella —le indica.
—No creo que sea conveniente —arremete el Don.
Es como un puto partido de tenis. Vito le dedica una mirada furiosa a Gepetto—.
Está bien. —Este levanta las manos en señal de rendición—.
Santoro me llamó furioso porque te habías cargado a muchos de sus hombres y te habías llevado a una de sus chicas.
—MI chica —interfiere Vito.
Gepetto sacude la cabeza.
—En fin. Que está furioso. Me dijo que o se la devolvía o mataría a la familia de ella y a una tal Axa —finaliza pensativo.
Mierda.
Vito me mira muy tenso. Sabe bien que me acaban de partir en dos. El daño que me podían hacer me lo han hecho. ¿Mi madre? Llevamos siglos sin hablar. Desde que me secuestraron he pensado muchos días en ella, en como estará y lo que pensará de mí. Y ahora la quieren matar por mi culpa.
Mi puta culpa.
No hay forma de escapar de esta jodida pesadilla.