CAPÍTULO 45
PANTERA
Estoy en el porche de mi casa esperándolo porque este lugar es mi territorio y él solo un intruso que se atreve a volver. Estoy firme, erguido, con los hombros rectos, brazos cruzados y la barbilla levantada, proyectando una seguridad que por fuera parece que soy un témpano de hielo.
El aire huele a humedad y a resina, pero lo único que realmente siento es mi pulso acelerado. Tengo una mezcla de orgullo herido y rabia contenida que me empuja a no retroceder ni un milímetro.
Maia está dentro, muy nerviosa. Desde aquí escucho los golpecitos que pega con su pierna inquieta en el suelo. Bagheera está a mi lado. Ella siente mi estado de ánimo y sabe que estoy alerta, por lo tanto, su expresión es de puro animal peligroso dispuesto a cazar si yo le doy vía libre.
Cuando escucho el sonido de los vehículos acercándose por el sendero, un chispazo me sube por la columna. Aprieto los labios, coloco una mano en la barandilla del porche y adopto una postura aún más arrogante.
Tres coches aparcan delante de mí. Gepetto sale sin dilación del segundo, entornando los ojos hacia mí. En cuanto lo veo, un nudo se instala en mi estómago. La traición aún me duele, pero eso no quiere decir que vaya a acobardarme. La confianza me sube desde el estómago hasta la mirada.
Él avanza caminando con seguridad y, cuando se detiene frente a mí, no parpadeo. Le sostengo la mirada, con una prepotencia que sé transmitir demasiado bien.
No te tengo miedo Gepetto. Tú me convertiste en quien soy ahora.
—Vito, tenemos muchas cosas que hablar. ¿Me invitas a entrar? —dispone con tono sereno.
Si no fuera por Santoro, no me habría enterado nunca.
Y él, ajeno a ese dato, intenta embaucarme como hace siempre.
El puñal que siento que me ha clavado en el pecho se hunde más con esas palabras de cariño falso.
Me haría menos daño si hubiese sido un hijo de puta conmigo desde primera hora y no me hubiera tratado con esa actitud tan paternal.
—No estoy seguro de ello. Quizá quieras matarme por contradecir tu palabra igual que hiciste con mi padre —declaro directo y seguro.
No hay lugar para rodeos. No tengo tiempo que perder.
¿Qué estará pensando hacerme? Estoy alerta. Aunque esté hablando con él, miro de reojo a Baloo y los demás, que están alrededor de los coches. Esperando a ver si hacen algún movimiento peligroso. Estoy preparado para actuar.
—¿Qué estás insinuando, Vito? —Frunce el ceño.
Hace muy bien su puto papel. Parece real que no sepa de qué hablo. Pero ese juego ya me lo pasé.
—No insinúo. He sido directo. Podrías haberme dicho la verdad desde primera hora —mi tono suena calmado. Hago una pausa—. Ah, no, que si me lo decías no podrías manipularme —termino acercando mi rostro al suyo en desafío.
Todos me apuntan con sus pistolas. Sonrío como respuesta. No aparto mi mirada de Gepetto.
—Baja el tono, Vito. Ya te he permitido demasiado. —Se gira a los demás—. ¡Bajad las putas armas!
Todos le hacen caso. Le enseño el aparato que llevo en la mano. Es un interruptor. En el momento en que lo pulse, todo el suelo de debajo de los pies de sus guardias estallará en pedazos y no quedará ni un órgano en su sitio.
—¿Qué te ha pasado, Vito? ¿Qué cojones es todo esto? ¡Habla claro! —grita Gepetto enfurecido.
—Ya te lo he dicho. Mataste a mis padres, pero no por salvarme. Fue porque era él quien sería el Don —suelto dejando salir la rabia contenida—. Y claro, a ti nadie te puede llevar la contraria, lo llevo comprobando todos estos putos años al ser yo tu mano ejecutora, tu Sottocapo.
Sus ojos se mueven rápido, buscando respuestas en el aire, en mi rostro, en cualquier detalle que pueda darle una pista.
Parpadea más de lo normal, cada pestañeo parece un intento desesperado de reorganizar sus pensamientos.
Hay un silencio raro alrededor de nosotros.
¿Está intentando comprender la situación?
—Vito, yo no… —suena asombrado—. ¿Quién cojones te ha dicho eso?
—Lamberto Santoro —respondo cruzando los brazos.
—Ese hijo de puta no se merece más compasión por mi parte. Sabía que sería un problema. Tenía que haberme deshecho de él hace mucho —brama mirando al suelo pensativo.
Frunzo el ceño intentando entender por qué lo dice.
—Fue Pierino Barone quien los mató. Les quitó a sus dos hijos para maltratarlos.
Uno se lo dio a Santoro, que eran muy amigos, para que él también “se divirtiera”.
Lo hizo solo porque Akela era muy amigo mío y me apoyó desde el principio.
Era como un hermano para mí —explica enfadado—.
Como Santoro tiene tanta influencia entre los clanes, le guardé el puto secreto de que había estado involucrado en esas muertes para que no se le echaran todos los clanes en su contra.
Le pedí a cambio poder criarte, y cedió.
Pude salvarte de sus asquerosas manos con la condición de que fueras el anzuelo de su gran operación de trata de mujeres.
Joder.
Me siento como una puta pelota usada que tiran de un lado a otro.
—¿Dos hijos? —pregunto con el corazón acelerado.
¿Tenía un hermano? ¿Lo mataron?
¿Qué cojones…?