PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

VÍBORA

Horas y horas disfrutando del sexo con sudor y pasión.

Esta sensación es adictiva. Una vez que pruebas lo que es un orgasmo es mejor incluso que la propia cocaína.

No siento que me haga falta la droga. Podría estar todo el día haciéndolo, teniendo un orgasmo tras otro.

Es tan liberador, tan apasionante que ahora entiendo porque a la gente le gusta tanto hacerlo.

Mi primera vez fue la violación de Vivaldo.

Nunca se han dedicado a darme placer a mí, solo me utilizaban para conseguirlo ellos.

Ahora sí veo estos actos como íntimos, compartes piel con piel, placer, y le das todo de ti.

Lo dejo meterse tan dentro de mí que no es solo físico, es emocional, mental, una puta pasada.

Me siento cuidada con sus gestos. Con él no soy un juguete, un simple salvoconducto para el orgasmo. Me acaricia, me lo hace duro pero con importancia. Se centra en mi disfrute, no en el suyo. Y eso, joder, me comprime el corazón al sentirme tan importante, tan plena y tan protegida.

Muevo mis caderas, que descansan encima de las suyas.

Mi pecho pegado al suyo. Y su miembro, aún erecto, no ha salido de mí en todo el tiempo que llevamos descansando.

Mi oreja pegada a su pectoral escucha cada latido controlado de su corazón.

Me tiene rodeada con los brazos de forma posesiva, para asegurarse de que no me muevo.

De vez en cuando mueve su polla dentro de mí y me avisa cuando estoy dormida de que él está excitado.

Eso alarma todo mi cuerpo despertando el deseo.

Por más orgasmos que tenga no me canso de ellos. De sentir, de recibir.

Ni de él.

Me dijo que estaba enamorado de mí. Eso ha sido la guinda del pastel, ha hecho que me exponga por completo a él.

Me siento más segura y querida que nunca.

Estoy viviendo un sueño. Aún me duele cada vez que pienso en su traición, pero ya no lo odio.

Es imposible hacerlo. Me ha tratado como nadie nunca lo ha hecho.

Y me ha pedido disculpas. Le doy un voto de confianza.

Pero un nudo en el pecho aprieta de nuevo al pensar en mi amiga.

La burbuja en la que estaba acaba de explotar.

Debo volver a la realidad. Soy una persona horrible, parece que no me importa.

Siendo sincera, nunca me he antepuesto a nadie, y lo he hecho ahora por primera vez también.

Solo hacía lo que me ordenaban y lo que era mejor para la persona de al lado.

Aun así, no puedo dejar de ser como siempre he sido, y el ansia por salir de aquí y salvar a mi amiga me llega como un empujón, se abre paso en mi mente poniéndose como máxima prioridad.

—Estoy preocupada por Cara. —Levanto de repente la cabeza.

Vito abre los ojos e inclina la suya para mirarme.

—¿La chica que tenían ellos en el monasterio? ¿La que utilizaron de cebo para ti? —pregunta entornando los ojos.

Asiento apenada. Han utilizado a mi amiga para atraparme. Pongo la palma de mis manos sobre el colchón y me impulso hacia arriba para quitarme de encima de Vito.

Al moverme, su miembro sale de mí dejando un vacío. Otra sensación nueva. Me dijo que lo sentía por haberme engañado en su momento. Sí, esta es mi vida por culpa de él, pero está intentando solucionarlo, y eso es mucho más de lo que cualquiera ha hecho por mí nunca.

No solo él se ha dado cuenta de sus sentimientos. He llegado a comprender que mi corazón ansía el suyo. Quiero probar una vida a su lado y odiaría tener que separarme de él.

—Vamos a salvarla. —Asegura. Acaricia mi mejilla con suavidad.

Lo dice con tanta seguridad que pienso que es verdad. Él va a salvarla para mí.

Hinco las rodillas en el colchón, me inclino hacia adelante y junto mis labios con los suyos. En vez de calmar mi sed, provoca el efecto contrario. Me muero por volver a beber de él.

Cuando sus manos me tocan, todo dentro de mí va sanando poco a poco. Mi mente lo venera sin esfuerzo, la forma en que sonríe, el tono de su voz, incluso esos pequeños gestos que hace sin darse cuenta.

No sé que significa todo lo que siento. Solo sé que no quiero separarme nunca de él. Lo miro y siento que estoy en casa, que es mi lugar seguro.

También siento deseo no solo físico, sino una necesidad irrefrenable de estar cerca, de tocarle la mano, de escucharlo hablar, de sentir su presencia a todas horas.

Me sorprendo algunas veces a mí misma sonriendo cuando pienso en él, en lo que me ha hecho o en lo que me ha dicho.

Sonriendo.

No sabía lo que era sonreír ni la felicidad desde hace años. Él me la ha devuelto. Él me está sanando.

—Pero dame un minuto más —susurra Vito presionando mi cuello por detrás.

Hinca los dedos con fuerza alrededor de mi nuca para acercarme de nuevo a su boca. Mi lengua busca la de él con necesidad, al parecer no pueden estar separadas.

De repente, suena una alarma en la casa. Me sobresalto por el ruido y me separo de él, asustada. Me quedo de pie a un lado de la cama sosteniendo la sábana en mi cuerpo. ¿Qué es eso? ¿Qué pasa?

—Mierda. Ya están aquí —chista Vito—. Me han interrumpido, y eso no me pone de muy buen humor.

Me da una palmada en el culo cuando pasa por mi lado, camina con mucha tranquilidad y seguridad. Se agacha para recoger su ropa.

—¿Qué está pasando? —pregunto sorprendida por su actitud.

—Son mis alarmas. Alguien está llegando a casa —afirma subiéndose los pantalones.

¿Y está tan tranquilo? Joder, se me va a salir el corazón del pecho.

—¿Vivaldo? —Necesito que me confirme si es él.

Esto se convertirá en una guerra muy real, porque no se irá de aquí si no es llevándome con él. Vito no se va a acobardar, y no sé cómo evitar esa puta masacre.

Él mira una pequeña pantalla como una mano de grande que tiene en la mesita de noche. La presiona con la yema de los dedos y le muestra varias imágenes. Levanta el ceño pareciendo más tranquilo aún.

—Tranquila, es el Don. —Esboza una sonrisa ladeada.

¿EL DON? ¿Y eso tendría que tranquilizarme?

Hubiera preferido a Vivaldo.

Después de todo no es el jefe de toda la puta mafia italiana.