PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

PANTERA

Maia se queda sorprendida con mi confesión. Quizá haya sido brusco con ella, un imbécil confesándole lo que siente. Siempre digo que las palabras no son lo mío, y ahora con esa mirada tan intensa siento que está sopesando si creerme o no.

Paseo mi dedo por el medio de sus pechos.

La erección no ha bajado en ningún momento.

Es ella que me produce este estado de excitación todo el tiempo.

Intento evitarlo, pero es imposible. Porque no solo me encanta su forma de ser, o su rostro tan sensual, sino también su cuerpo, sus pechos pequeños pero firmes, su culo endurecido y su coño hecho para mí y para aguantar al animal que llevo dentro.

Es toda mía.

Por mucho que se resista.

—Puedo enseñarte más formas de obtener placer —sugiero acariciándole el cuello.

—No sé si estoy preparada —responde tensando el cuerpo—. ¿Me acabas de pedir disculpas?

Evito su pregunta. Soy experto en acciones, no en palabras.

—Déjame que te demuestre cuánto te necesito —insisto pellizcando con suavidad su pezón.

Maia asiente dudosa.

Se incorpora un poco. Pego su espalda a mi abdomen y su culo se sienta encima de mi polla, a la que muevo para avisar a mi chica de que está deseosa de ella.

Acaricio con lentitud su precioso cuerpo, desde los pechos, pasando por el abdomen hasta su increíble coño. Jugueteo con todo su centro. No sé si ha sido un movimiento voluntario, pero las piernas de ella se abren dejándome paso.

—¿Y si vienen a buscarnos? Aquí estamos en peligro —indaga ella con un poco de miedo en su tono.

—Tengo cámaras, alarmas y trampas por todos los alrededores, y nadie se conoce mejor estos bosques que yo. No pueden llegar hasta mí tan fácil —le respondo para su tranquilidad.

Rozo su clítoris con movimientos circulares. El agua se mueve al ritmo de mi mano. Sus pezones se ponen aun más erectos. Me dejan una visión digna de una porno. Con esta imagen me correría mil millones de veces y no me cansaría.

—Pero van a venir. Ellos no pasarán por alto lo ocurrido —su tono es pura preocupación.

—Y yo los estaré esperando. Pero antes —bajo la cabeza para susurrar en su oído— seguiré disfrutando de ti. Porque voy a follarte hasta que te olvides de que existen, hasta que solo puedas gemir mi nombre mientras te corres una y otra vez.

Gime con los ojos cerrados.

Sigo rozando su punto de placer, no demasiado fuerte ni demasiado rápido. El punto está en que friccione tanto que sienta el calor recorrer su coño, con suavidad al principio. Jadea como si estuviera sedienta en medio de un desierto.

—Quiero más —me pide con voz entrecortada.

—Cuando termines de correrte en mis dedos, te reventaré el coño hasta que no puedas más —declaro con una sonrisa ladeada—. Pero antes, tengo una regla.

Ella me mira dispuesta a escuchar lo que tenga que decir. Con la mano que tengo libre, la subo hasta su boca, paseo la yema de mi dedo por su labio inferior.

—Quiero que no dejes de mirarme, que cuando te llegue el orgasmo, yo vea cómo se dilatan tus pupilas y solo veas a quién te lo está produciendo. A mí. Para que no se te olvide quién es el que te da el placer que tanto ansiabas —ordeno sediento de ella.

Ella inclina su cabeza para meterse mi dedo en lo boca. Lo chupa y lame con la lengua.

Soy capaz de correrme solo con mirarla. No me hace falta más.

Noto que va llegando al orgasmo. Su respiración se agita, jadea más seguido y noto sus pulsaciones aceleradas.

—Di mi nombre —ordeno. No sé si podré aguantar. Tengo tantas ganas de correrme como ella ahora mismo—. Dilo o paro —repito con voz ronca.

Muevo el dedo sobre la piel de su zona sensible con más rapidez. Ella gime fuerte.

—Vito, la Pantera —responde cerrando los ojos.

—Ábrelos —exijo—. Mira quién te está follando con el dedo, quién te está haciendo ver el puto cielo, quién te va a follar hasta que tu coño sangre por mí —añado—. Yo y solo yo. Hasta el fin de tus días. Solo podré hacerlo yo, Maia.

Grita moviendo todo su cuerpo hasta que le llega el orgasmo. Acerco mi cara a la suya mirando con fijación sus ojos. Y me obedece, porque no los cierra ni un segundo y veo cómo sus pupilas se dilatan y atraviesan las mías.

—Dios mío —suspira extasiada.

—Dios no te hace correrte como lo hago yo, así que a partir de ahora, al único al que vas a mencionar en esa boquita de viborilla que tienes es a mí —impongo—. Yo soy al único que tienes que venerar.

Acerco mi boca a la suya y relamo su labio inferior. El mundo se detiene un segundo antes de que nuestros labios se encuentren. Hay una tensión en el ambiente que casi duele.

Es un beso hambriento. Nuestros labios chocan con fuerza.

Las lenguas se buscan con urgencia, sin delicadeza, se enredan, pelean, se devoran.

Nuestros dientes se rozan, los labios se hinchan, la saliva se entremezcla en nuestras bocas.

Le muerdo el labio inferior y tiro, ella responde mordiéndome más fuerte, marcándolo.

Es un beso que quema de lo intenso que es.

Cuando por fin nos separamos solo unos centímetros, estamos temblando, con los labios rojos e hinchados y la respiración hecha un desastre. Y aun así, ninguno de los dos podemos evitar sonreír con una sonrisa peligrosa que promete que esto solo ha sido el comienzo.

Porque ahora voy a follarte Maia.

Otra vez y las que hagan falta.

Porque siento que nunca me saciaré de ti.

Eres mi puta droga.