PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

PANTERA

Desde pequeño me he acostumbrado a no pedir perdón nunca. A hacer lo que quiero en el instante. A no dar explicaciones. Pero tendré que empezar a darlas, solo con Maia. Ella se lo merece.

Llevo una culpa interminable que nadie nota pero que yo sostengo en cada rincón del cuerpo.

¿Y si la hubiera advertido antes de coger ese vuelo?

¿Y si la hubiera dejado antes de decirle que quería verla?

¿Y si…? Demasiados “y si”. Esta es la realidad.

Y ya no hay forma de cambiarla. Esto es lo que somos.

En lo que nos hemos convertido. En dos almas rotas, cada uno con sus propios problemas.

Una parte de mí intenta justificarse, explicarse, encontrar razones para no sentirse así. Pero la otra insiste, susurra que podría haber actuado de forma distinta, que fallé, que no estuve a la altura. Me repito lo que ocurrió una y otra vez.

Quiero respirar hondo, pero me cuesta obtener aire cuando me aprieta la culpa.

Sé que hice algo malo. Lo sé. Y duele porque lo reconozco, porque lo miro de frente.

Porque si no, no me importaría. Pero también sé que admitirlo es el primer paso para aliviar el dolor.

Mientras el pensamiento sigue dando vueltas, intento comprenderme, perdonarme poco a poco.

El cuerpo de Maia está temblando. Se pasa los días desnuda en aquel zulo, raro es que no haya cogido alguna enfermedad grave con el frío que hace.

Abro la puerta de casa. Al momento, la calidez envuelve nuestros cuerpos. Voy con ella en brazos hasta el baño y abro el grifo del agua caliente. El vaho sumerge toda la habitación al instante.

—Déjame cuidarte. No sé otra forma de pedir perdón —declaro a Maia, que me mira confundida.

Entrelazo mis manos con las suyas. La pongo de pie en el suelo y le quito la chaqueta de los hombros. Su cuerpo está hecho para el pecado y aun habiendo sido maltratado, tiene una figura que hace que sea imposible resistirte a ella.

—Te prometo que intentaré contenerme. No volverás a verme como antes —afirmo inhalando con lentitud.

Controlo cada pensamiento de mi mente no adecuado para ella.

Después de haber sucumbido al deseo, a mi lado oscuro, mi mente debería darme tregua, ya que está saciada.

Pero dudo, porque sé que mientras ella viva, nunca lo estaré del todo.

Eso que me produce, puedo jurar que nunca dejará de existir.

Hasta el fin de los días. Mi cuerpo la necesitará.

Mi mente la buscará. Mi corazón la reclamará.

Entro en la bañera, que es enorme, cojo a Maia por las axilas y la pongo a mi lado. Ella se deja controlar por mí. El agua tibia se vuelve casi un refugio para los dos. No es solo que ella me guste, es la forma en la que su presencia me calma y me despierta a la vez.

Cuando se acomoda, el agua se mueve con ondas lentas. Acaricio su cuerpo con cuidado.

—Maia —suspiro.

Mis manos recorren su piel con suavidad, solo busco transmitirle tranquilidad, hacerle saber que está a salvo, que la miro con un cariño profundo. La noto relajarse poco a poco, deja caer la tensión de los hombros, y eso me hace ver que confía en mí.

Acaricio su brazo, su espalda, siguiendo el ritmo del agua.

Cuando me acerco a su pelo, lo agarro entre los dedos con la misma delicadeza con la que se cuida algo frágil y precioso.

Le mojo el cabello, le deshago los nudos lentamente entre las manos, y siento la textura suave resbalando entre los dedos.

Ella inclina un poco la cabeza hacia mí, permitiéndome continuar.

Le masajeo el cuero cabelludo despacio, con movimientos circulares que la hacen cerrar los ojos y soltar un suspiro casi inaudible.

—Dime qué piensas, Maia —pido en un susurro.

Todo se vuelve íntimo: el sonido del agua, la cercanía de su piel, el calor compartido, mis manos dedicándose a ella con calma. No hay nada más urgente ahora mismo para mí que no sea cuidar de ella.

—Solo es que… que… —balbucea absorbiendo por la nariz.

Intenta hablar, pero no le salen las palabras.

—Conmigo estás a salvo. No dejaré que te pase nada, jamás —le aseguro.

Aunque en realidad, conmigo es con la peor persona que podría estar en el mundo.

Yo no sé estar en una relación. Yo no sé cómo se actúa teniendo pareja.

Me he acostumbrado a la soledad. A ser solos Bagheera y yo.

Al bosque. Al peligro y la locura. Eso no es lo que sueles ofrecerle a la chica que te gusta, con la que quieres compartir el resto de tu vida.

—Estoy segura de ello, pero compréndeme. Yo te quería y me traicionaste. No puedo perdonarte como si nada. ¿Sabes lo que se siente? —habla mirando el agua, ya que está de espaldas a mí.

—Sí, lo sé. —Cierro los ojos un segundo, dolido.

Sé lo que es que te traicionen. Me lo ha hecho el hombre que me ha criado y he considerado mi padre. Claro que lo sé.

Le hago un gesto para que tumbe su cuerpo boca arriba. Baja su trasero hasta casi mis rodillas y echa la cabeza hacia atrás. Enjuago su cabello, poniendo toda la delicadeza que soy capaz de dejar salir.

Su rostro flota sobre el agua. Tiene los ojos cerrados. Sus cejas se enmarcan con una curva elegante, lo justo para darle carácter. La nariz es delicada, pequeña. Sus labios gruesos y carnosos se entreabren invitándome a beber de ella, de su esencia.

—No me atrevía a admitirlo, pero soñaba contigo —anuncio dejándole salir mis sentimientos—.

Me he estado torturando sin saberlo hasta que mi mente dio con la solución, y fue poner en un aprieto a mi Don para poder verte.

Ahora sé que lo hice queriendo. Me he culpado todos estos días por ello, pero no puedo negar más lo que es evidente.

—¿Y qué es lo evidente?

Abre los ojos para dirigirme una mirada arrolladora. Sus ojos miel me atraviesan el alma en busca de una respuesta.

—Que me enamoré de ti y no he podido olvidarte, Maia.

Es hora de admitirlo.

O quizá sea tarde.