CAPÍTULO 40
VÍBORA
De repente, bajo la cabeza. Sollozo por la vergüenza que me da lo que ha pasado.
Sentir esto es nuevo. Acabo de experimentar una de las mejores sensaciones que he tenido en mi vida.
Sin embargo, me siento muy vulnerable, como si hubieran explorado una parte de mí sin mi permiso.
Pero sí lo tenía, ¿o no? Lo único que sé es que lo he disfrutado. Entonces ¿por qué me siento tan mal?
Lloro porque no entiendo qué me está pasando. Lloro porque mi cuerpo está sintiendo una emoción que creía muerta, y la confusión me ahoga. Esto está mal, no debería disfrutar con él. Debería odiarlo.
Pero él no se detiene. Está ido, completamente perdido en su propia lujuria. Sus gruñidos son salvajes, guturales, como los de un animal. Sus manos me aprietan con fuerza, casi con violencia, y de un solo movimiento me gira y, dejándome en el suelo, me pone de espaldas contra él.
—Mía —repite, gruñe con voz ronca, mientras me inclina el torso hacia adelante.
Mis manos se aferran al tronco áspero del árbol, la corteza me raspa las palmas, pero no me importa. Me empuja las caderas hacia atrás con una mano en mi cintura, abriéndome más. La otra mano se enreda en mi pelo y tira, obligándome a arquear la espalda.
Y entonces me penetra desde atrás.
La sensación es brutal. Su polla gruesa entra de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, golpeando un punto dentro de mí que me hace gritar entre lágrimas.
Cada embestida me sacude entera; mis pechos se balancean y mis rodillas tiemblan.
Mi sexo ya estaba preparado, ya la reconoce.
No ha impuesto dificultad. Pero mi corazón no siente lo mismo que mi cuerpo. La culpabilidad me ahoga.
Lloro más fuerte, sollozos que se mezclan con gemidos que no puedo controlar. No sé qué siento. Es placer, es culpa, es dolor, es ira, es todo a la vez. Las lágrimas caen sobre la hierba, se deslizan por mis mejillas mientras mi cuerpo se estremece, traicionándome.
—No pares —susurro entre hipidos, aunque mi voz se quiebra—, por favor.
Por favor.
¿Por qué mi boca también me traiciona? No sé si me escucha en ese estado primitivo.
Sus caderas chocan contra mí con fuerza, el sonido de piel contra piel se mezcla con mis llantos y sus gruñidos.
Sus manos me sujetan con una fuerza descomunal.
Y yo solo puedo aferrarme al árbol, temblando, llorando, sintiendo cómo mi cuerpo se tensa, se rompe y se deshace.
Estoy al borde, y él sigue siendo un animal salvaje, imparable, llevándome a un lugar donde nunca he estado.
Todo mi ser se tensa de golpe. Mis músculos se contraen, mis dedos se clavan en la corteza del árbol hasta que siento las uñas romperse. Las lágrimas me siguen cayendo, mezclándose con el sudor que me empapa la cara y el cuello.
Él sigue embistiéndome desde atrás, implacable, cada golpe de sus caderas contra mi culo me empuja un poco más hacia adelante. Su polla gruesa me llena hasta el fondo, la cabeza rozando ese punto exacto dentro de mí una y otra vez, sin piedad. Y entonces me rompo.
Una explosión dentro de mí.
De nuevo.
Grito. Esta vez es un alarido crudo, roto, que sale de lo más profundo de mi garganta y se pierde en la noche. Mis piernas tiemblan tanto que casi se me doblan, pero él me sujeta con fuerza por las caderas, manteniéndome en mi sitio mientras sigue moviéndose dentro de mí.
Las contracciones siguen, una tras otra.
Cada espasmo me sacude entera. Mis muslos se aprietan, mi abdomen se contrae, mis pezones se endurecen hasta doler.
Siento un chorro caliente salir de mí, empapando mis muslos y los suyos.
No puedo controlarlo. No puedo parar. Es como si todo mi cuerpo se deshiciera en oleadas interminables de placer puro.
Lloro más fuerte, pero ahora no es confusión, es liberación. Lágrimas de sobrecarga, de haber cruzado un umbral que no sabía ni que existía. Mi visión se nubla, el mundo se reduce a la sensación de él dentro de mí, llenándome, reclamándome.
Vito gruñe como un animal herido. Siento su polla hincharse aún más, palpitar con fuerza dentro de mí mientras se vacía. Chorros calientes me inundan, profundos, interminables, mezclándose con mi propio orgasmo.
Nunca había sentido nada igual.
Y él, todavía dentro de mí, junta su frente contra mi nuca. Siento su respiración acelerada.
Ha hecho que descubra una nueva parte de mí.
Sale de mi interior y me quedo vacía. Me gira con cuidado.
Estoy desconcertada, aún estoy procesando todo lo que he sentido.
Se me remueve todo. Me siento expuesta, frágil, como si hubieran abierto una puerta que siempre mantuve cerrada sin darme cuenta.
Y eso me asusta. Me hace llorar sin control, porque me siento muy vulnerable.
Las lágrimas corren sin poder frenarlas, el pecho me tiembla y el aire se vuelve más pesado. ¿Lo odio? Sí, debo hacerlo.
Me vendió.
Me engañó.
Me traicionó.
De repente aparece un enfado que opaca todo lo demás. Porque debería ser fiel a mí misma y he roto toda mi lealtad por él.
—Hijo de puta. —Lo empujo sin poder ver bien por las lágrimas acumuladas en mis ojos.
—Te dije que estabas jugando con fuego. Intenté reprimirme… —su tono vuelve a ser calmado.
Sus ojos ya no tienen sombras. Ha vuelto a ser el de siempre.
—¡Te odio! —grito, furiosa.
Envuelvo mi cuerpo desnudo, rodeándolo con los brazos.
Vito se agacha a recoger su chaqueta y me cubre con ella pasándola por mi espalda.
Me abraza con su gran cuerpo pegando la prenda a mi piel.
Me dejo hacer solo porque estoy bloqueada.
Mi mente está buscando mil respuestas. Con su roce, mis vellos se han vuelto a erizar. Quiero más contacto. Mucho más.
—¿Estás bien? —pregunta muy cerca de mí.
Nadie se había preocupado por mí sin contar a Cara.
Era un puto juguete. Esa simple pregunta me ha descolocado por completo.
Si ya estaba confusa y hundida, eso me ha dejado más vulnerable.
¿Le importa cómo estoy? Estoy acostumbrada a que se corran y me tiren al suelo como un trapo.
No a que indaguen en mi bienestar y me cuiden tapándome del frío.
Quiero odiarlo, pero, joder, qué difícil me lo pone.
—Es que no lo entiendes… —lloro desconsolada en su hombro.
Aplaco mi ira. Estoy desalentada. Hundida. No sé qué pensar.
—Explícamelo. Quiero entenderte —me pide.
Levanto la cabeza. Me retiro unos centímetros para mirarlo a los ojos.
—Llevo años follando, sintiendo dolor y repulsión.
Que haya podido sentir esto… Me remueve todo lo que ya tenía superado.
Creía que no iba a poder sentir esto en el sexo.
Pero al tener ese orgasmo… ¿Cuántas experiencias me he perdido, Vito?
—me sincero con la voz rota—. Y lo que más rabia me da es que eres tú el culpable de ello, de que me las haya perdido, y que seas tú con quien he tenido que descubrir esa parte de mí, me repugna aún más.
Me siento engañada por mí misma. Humillada y traicionada por mí.
Por ceder ante ti, porque me gustas. Y por no poder ponerte límites, porque quiero más.
Te odio y a la vez te deseo —termino con un hilo de voz.
Me tiembla el alma con la confesión que acabo de hacer.
Si ya me sentía mal por pensarlo, ahora al decirlo y así confirmarlo es peor.
Joder. Sigo enamorada del tío que me vendió.
He de admitirlo. Nunca dejé de pensar en él.
Todo mi cuerpo le obedece cuando él me habla, me toca o me besa, y eso me enfurece más. Es todo muy contradictorio.
Estoy hecha un lío.
—Vamos a casa. Aquí hace mucho frío para ti —comenta con la expresión imperturbable.
Miro hacia abajo. ¿Le acabo de abrir mi corazón y él hace como si nada hubiera pasado?
Vito silba a su pantera, que coge la ropa restante y se va con ella en la boca.
Sin esperarlo, él me levanta. Sus brazos me sujetan las piernas y pega mi pecho al suyo, mi sexo pegado a su abdomen; dejo caer la cabeza sobre su hombro y con la chaqueta rodeada a mi cuerpo busca la salida del bosque.
Camina conmigo encima hasta llegar a su casa. En silencio.
Me siento más imbécil que nunca. Él es un puto asesino, en una organización mafiosa, tendrá de todo menos corazón.
Y yo aquí abriéndole el mío. Y aunque sienta odio, humillación e incomodidad, mi cuerpo lo busca como si lo necesitara para vivir.
No puedo ni quiero separarme de él. Este gesto también me desarma.
Siento su calor, su cariño. No ha dicho ni una palabra al respecto, pareciendo frío, pero sus acciones me demuestran lo contrario.
Ha cumplido lo que prometió. Me ha hecho llorar. Me ha quebrado. Me ha roto. Y me ha hecho suya.
Suya hasta el final.