PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

VÍBORA

Cuando le vi la mirada sombría ya sentí que no era la misma persona de siempre.

Su expresión de estar ido, fuera de este mundo, me lo confirmó.

Sus ojos tenían un brillo amarillento especial, como si su pantera se hubiera metido dentro de él.

La forma en que ladeó la cabeza fue el gesto definitivo que provocó que mis piernas se movieran por puro instinto de supervivencia.

Corro a toda velocidad por el bosque con miedo a que me descubra porque cada latido de mi corazón es un golpe de tambor anunciando mi posición. En realidad, huyo, y esa diferencia lo cambia todo.

El aire frío me corta la garganta a cada inhalación, pero sigo respirando a bocanadas porque necesito oxígeno. Cada paso es ruidoso, demasiado; ramas que crujen, hojas que se levantan, piedras que se deslizan bajo mis pies descalzos. Me maldigo por ser tan ruidosa.

Los árboles pasan a cada lado de mí. Entre tronco y tronco, en cada hueco, mi mente cree ver una posible silueta. En cada sombra, un cuerpo. En cada ruido, una advertencia de que está cerca.

El pánico me sube por la columna. Siento como si él estuviera justo detrás de mí, rozándome los talones, aunque no me atrevo a mirar.

Sé que si giro la cabeza pierdo tiempo, puedo tropezar, caer, y si caigo, se acabó.

Así que sigo hacia adelante, desesperada, sintiendo cómo los músculos se me tensan hasta doler.

¿Veré ahora quién es de verdad? ¿Tendrá la misma violencia conmigo como la que ha tenido con todos?

Siempre he sabido quién es, y aun así lo he desafiado hasta la saciedad, porque el instinto me decía que para mí no era peligroso.

Tenía la esperanza de que estuviera arrepentido.

Le he hablado mal, insultado y amenazado, y nunca ha habido consecuencias.

Me he confiado demasiado. Me lo dejó pasar la primera vez, y la segunda, y la tercera…

Estaba jugando con fuego, y ha llegado el momento de quemarme.

Tengo que ser consecuente con mis actos, me he buscado este desenlace yo sola.

Las piernas me queman, pero el pánico me da fuerzas para seguir. Las ramas bajas me arañan la piel como si quisieran frenarme. El suelo irregular me obliga a estar pendiente de dónde piso; un error, un resbalón, un mal apoyo, y todo terminaría.

Detrás de mí escucho pasos. Un crujido. Una respiración que no es la mía. Vito me sigue y me estudia. Si aún no me ha atrapado es porque no quiere. Está jugando conmigo.

Yo soy la presa.

Mis manos están temblorosas por la adrenalina que me recorre entera. Mi visión se enfoca solo en mirar hacia adelante. No veo colores, solo sombras y caminos posibles.

Mis piernas no pueden más, pero sigo, porque aunque esté cansada, puede más la necesidad de sobrevivir. Tengo la sensación brutal de que mi vida está colgando de mi velocidad, de mi atención al suelo y, si cabe, de mi suerte.

Entre las sombras observo la silueta de la pantera. Sus ágiles patas se estiran para correr. La distingo por el movimiento, porque si se quedara quieta podría camuflarse entre la oscuridad a la perfección.

Estoy perdida. No hay escapatoria.

Yo lo sé.

Y él también.

Así que voy aminorando la velocidad hasta que me quedo inmóvil. Apoyo las manos sobre los muslos. Respiro con dificultad. Intento oxigenar mis pulmones. Este es mi fin.

—Te pillé —su aliento invade mi oído.

Noto su respiración natural, pausada, controlada; es sorprendente después de haber corrido tantos metros a máxima velocidad. Puede que, aunque para mí fuera mi límite, para él no.

Siento sus dedos recorrerme la columna vertebral, acariciarla desde abajo hacia arriba. Ese movimiento hace que me ponga recta, tensa. La pantera viene hacia nosotros de frente, agazapada.

—Déjame ir —mi voz es un hilo apenas audible—. Te prometo que no me verás nunca más. No tendrás que lidiar conmigo ni aguantarme. Por favor.

Le suplico. Sé que no lo hará, pero la esperanza sigue conmigo hasta mi último aliento.

Siento sus manos temblar por primera vez y me mueve hasta apoyar mi espalda contra el tronco de un árbol.

La corteza está muy fría por la temperatura del ambiente, y yo siento alivio al notarla, porque mi cuerpo está muy caliente.

En parte por el esfuerzo que he hecho o incluso por el deseo incontrolable que me produce él.

Tiene que ser la adrenalina. Debe de serlo.

¿Cómo puede gustarme un tío así? Estoy mal de la cabeza.

—Nunca dejaré que te vayas. Te follaré hasta que olvides cómo se respira, hasta que borre todas las huellas de otros en tu piel, hasta que te quedes sin aliento —susurra rozando sus labios con los míos—. Nunca te irás de mi lado, viva o muerta, pero te quedarás conmigo, para siempre.

Me mira con ojos que brillan bajo la luna, me pasa la yema de los dedos por el cuello, bajando despacio hasta el medio del pecho.

Desliza un tirante hacia abajo por mi brazo, luego el otro con calma.

Conduce la mano a mi espalda, el calor de sus dedos contra mi piel me produce una sensación agradable.

Me desabrocha el sujetador y lo tira a un lado, dejándome expuesta.

¿Por qué no me resisto? Joder. Porque la excitación gobierna mi cuerpo más que cualquier cosa ahora mismo. Porque siento un apetito irrefrenable hacia él. Porque necesito su contacto, sus caricias, su atención en mí. Saber que mis esperanzas eran reales y que de verdad le importo.

Mis pezones ya están duros por el frío y por el deseo. Cuando él los roza, me estremezco y aprieto los labios para no gemir. Me siento confundida, excitada, impotente.

El bosque está oscuro y húmedo, apenas iluminado por la luna que se cuela entre las copas de los pinos. El suelo que estoy pisando está cubierto de musgo suave y hojas secas que crujen apenas muevo los pies descalzos.

Mi mente se llena del recuerdo del club, de cómo hizo que sintiera lo que creía muerto.

De cómo me llevó al límite, casi al orgasmo.

La corteza me lastima un poco más la espalda cuando me arqueo sin querer.

Vito se agacha lamiendo mi abdomen hasta llegar al filo de mi ropa interior.

Parece un témpano de hielo, como si no le importara lo que está sucediendo en este momento.

Luego, tiene algunos gestos que me dicen que se está conteniendo mucho y otros que parece que está fuera de sí y no es el chico que conocí hace unas horas.

Tira de mis bragas de encaje hasta que ceden en mi trasero y se rompen. Caen al suelo. Él me separa los muslos con sus manos firmes y la primera pasada de su lengua por el interior de mi coño me hace jadear tan fuerte que el sonido rebota entre los árboles.

Joder. El paraíso.

—Eres mi puta obsesión y la culpable de todas mis pesadillas —susurra Vito con la voz ronca.

Bajo la cabeza para mirarlo. Detrás de él está la pantera, observándonos, cuidando de su dueño, observando cómo me hace morir de placer.

Estoy empapada. Lo noto cuando él introduce dos dedos sin esfuerzo y los curva justo donde más lo necesito.

Mis uñas se clavan en la corteza, las piernas me tiemblan.

Cada lamida es lenta, deliberada, como si quisiera grabarse mi sabor.

Intento pensar en mi amiga, en la traición que supone prestarme al placer del tío por el que va a morir, por el que nos capturó.

Pienso en su engaño, en cómo he perdido mi vida por él, en cómo he recibido golpes y vejaciones por su culpa.

Pero cada vez que lo intento, él me succiona el clítoris y el pensamiento se rompe en mil pedazos de placer.

Lo odio por ello, y me odio a mí.

—¿Sientes eso? Es tu veneno de víbora saliendo de ti y tragándomelo entero. Eres jodidamente preciosa. Y toda mía.

Siento un pequeño chorro de líquido salir del interior de mi coño. Mi mente vuelve a los dieciséis años, a cuando me corría tanto que empapaba la silla donde estaba sentada. Me recuerda que esto es normal, que es el placer.

—Más —pido jadeando.

Años teniendo esta parte de mí muerta. Años. ¿Quién sentiría placer habiendo estado en mi lugar?

—Todo, viborilla. Te daré lo que me pidas. Toda mi vida —responde con una sonrisa ladeada.

He lamido muchas pollas, pero nunca me lo habían hecho a mí. Por primera vez en el sexo, alguien deja su placer por dármelo a mí. Esto no lo haces con una persona que no es importante para ti, ¿no?

Él se pone de pie. Se quita toda la ropa con movimientos lentos, deliberados, como si supiera exactamente el efecto que tiene sobre mí. Y no me extraña, me lo estoy comiendo solo con la mirada.

Observo sus perfectos abdominales, sus musculados bíceps, sus muslos trabajados. Y todo el cuerpo, brazos, cuello, manos, llenos de venas hinchadas que indican que está a punto de explotar. Lleno de tatuajes, tinta que se entremezcla con su piel haciéndolo más atractivo si cabe.

Aprovecho para inhalar oxígeno y calmar mi corazón, pero es inútil. Cuando su polla queda a la vista bajo la plateada luz de la luna, se me corta el aliento.

Es gruesa, venosa, con la piel tensa y brillante por la humedad que ya la cubre.

La cabeza es ancha, hinchada, de un rojo oscuro.

Mide lo suficiente como para que mis ojos se abran más de lo que deberían, temiendo y deseando a la vez.

Noto cómo late, como si tuviera vida propia, y una gota gruesa de líquido preseminal brilla en la punta, deslizándose despacio por el glande.

Es tan grande que no creo que quepa dentro de mí.

Cierro los ojos. Gimo sin poder evitarlo, un sonido ronco y profundo que ni siquiera reconozco como mío, ya que nunca había salido de mi boca con tanto afán. Una oleada de calor y placer me recorre el cuerpo solo de haber visto su polla.

Abro los ojos de golpe al darme cuenta. Son ruidos y gestos que nunca he hecho en el sexo. ¿Qué me está pasando? Estoy disfrutando. Era impensable para mí, y mírame.

Vito pega su cuerpo al mío con presión. Su erección roza el interior de mi muslo.

La siento palpitar contra mi piel, dejando un rastro húmedo.

Me levanta el cuerpo con una facilidad insultante, sus manos grandes y fuertes bajo mis muslos, abriéndome para él sin esfuerzo.

Mi cadera pegada a la suya. Mis piernas se abren más por instinto. Quiero más. Necesito más.

Entonces, sin previo aviso, me empuja contra el árbol de una sola embestida profunda y brutal.

La cabeza ancha de su polla fuerza la entrada de mi vagina, abriéndome centímetro a centímetro, invadiéndola hasta el límite.

Siento cada vena, cada relieve, mientras mi interior se contrae alrededor de él, intentando acogerlo y al mismo tiempo succionándolo más adentro.

Grito, un sonido ahogado que se mezcla con su gruñido grave.

Me llena por completo, se introduce tan adentro que parece que me llega al estómago. La presión es insoportable y placentera al mismo tiempo. Mis paredes palpitan alrededor de su polla, adaptándose, apretando, reclamándola. Y al momento, me embiste de nuevo, con más fuerza.

Sin delicadeza. Ni suavidad.

Es salvaje.

Primitivo.

Animal.

Mi grito se pierde entre los árboles. Disfruto de la sensación tan extraña que me recorre. Siento cada centímetro de él abriéndose paso, llenándome hasta que deja de dolerme y da lugar al placer más intenso jamás vivido. ¿Cómo es posible que alguien pueda sentir esto?

Se mueve, fuerte, sin delicadeza. Me rodea el cuello con una mano para sujetarlo contra la corteza.

No siento dolor ni humillación, como hacía antaño.

Me han hecho esto en el cuello muchas veces, pero jamás lo he sentido así.

Un deleite infinito, deseo ardiente y ansia por obtener más.

El tronco raspa mi espalda con cada golpe, pero el dolor solo aviva el placer.

Le clavo las uñas en los hombros y me muerde un pezón mientras gruñe.

—Eres mía. Quiero que te quede claro. Te voy a marcar tan profundo que cada parte de tu cuerpo olerá a mí y me pertenecerá —termina con otro gruñido contra mi oído.

Siento tanta excitación que necesito gritar fuerte, dejar salir todo lo que me consume. Estoy a punto de explotar como un volcán que acaba de entrar en erupción.

—¿Sientes cómo llega? —¿Se refiere al orgasmo? ¿O a su polla tan dentro de mí?

Asiento por la doble respuesta. Pongo los ojos en blanco. Echo la cabeza hacia atrás. Le aprieto la espalda con las uñas. Cada músculo de mi cuerpo se tensa. Él acelera sus movimientos y aprieta con su pulgar en mi clítoris.

—Dilo o paro. Eres Mía. Mía hasta después de la muerte —ordena en tono rabioso y posesivo.

—Tuya, aunque me estés destrozando. Tuya, aunque te odie tanto que hasta duele. Tuya, porque llevo esperándote toda la vida —declaro extasiada.

El orgasmo me atraviesa como un relámpago.

Sí, iba a reconocerlo. Se me contraen todos los músculos, aprieto tanto alrededor de su polla que hasta gime mi nombre.

Las piernas me fallan; si no fuera porque él me está agarrando, caería al suelo.

Sigo corriéndome en oleadas largas, temblando, llorando en silencio mientras él me embiste varias veces más.

—Mía —escucho en un susurro.