CAPÍTULO 38
PANTERA
Siento como si llevara un incendio dentro del pecho mientras por fuera parezco completamente calmado.
Aprieto con fuerza el volante mientras freno enfrente de casa. Hemos ido todo el camino en silencio. Los últimos rayos de sol, apenas visibles, desparecen con lentitud. Llega la oscuridad y con ella luchan por salir mis peores demonios.
Todo mi cuerpo está preparado para reaccionar, para soltar esa explosión, la furia, pero la mente lo encierra, lo sujeta con una fuerza que también cansa.
Todo lo que he hecho por salvarla ¿y así me lo agradece? Ha elegido a Vivaldo. Ha intentado dejarme expuesto ante él.
He puesto todo mi jodido mundo patas arriba por ella.
Todo empezó el puto día que me la traje a casa y mi corazón recordó lo que era enamorarse.
Desde entonces, han sido noches sin dormir y días sin comer por encontrar una vía de escape para Maia.
Y ahora más que nunca la quiero cerca, la quiero para mí solo, la quiero sometida, mía.
Aun así mantengo la cara neutra, la mirada tranquila, la voz estable. No ve la guerra interna, no escucha el rugido sordo que me vibra bajo la piel. Solo yo sé lo que está pasando, solo yo siento cómo la agresividad me late en las venas, contenida como un animal enjaulado.
Hay una parte de mí que quiere desatarlo todo, desquitarme con ella. La única que puede calmarme. Pero me contengo. La traición del Don y la de ella arden dentro de mí. Que haya preferido quedarse con ese antes que conmigo me quema.
—Ya puedes salir —le indico en tono neutro ahogando mis sentimientos.
Maia me mira con odio. No sé qué es lo que le pasa. Quizá sea el síndrome de Estocolmo, pero me jode mucho que prefiera quedarse al lado de ese imbécil antes que estar conmigo. ¿Le gusta que la folle? Quizá sea eso lo que tenga que hacerle para que me prefiera.
Ella sale del vehículo y da un portazo. El golpe me retumba en el pecho.
Inspiro unos segundos mirando al techo. Tengo que tirar de autocontrol, porque mi furia lucha más fuerte que nunca.
Si lo pago con ella, será un error. Quiero follarla, pero también castigarla, someterla, quererla y borrarle todo rastro de tíos anteriores.
Hago una mueca de dolor. Aprieto al animal que llevo dentro más fuerte contra mi pecho. No puede salir. Solo le haría daño, mucho daño.
Bajo del vehículo pisando el asfalto con seguridad. Mi pantera se asoma entre la vegetación. Maia mira a todos lados. De la forma en la que observa mi alrededor diría que está buscando una escapatoria, una salida.
—Ni se te ocurra hacer ninguna tontería —advierto cansado de apretar el animal.
—¿Tontería? ¿Cómo la que has hecho tú yendo allí como si fueras el puto 007? —suelta con odio.
Me muerdo el labio frenando mi sed de sangre.
—Esa lengua… —Intento mostrarme apacible.
Mi pantera se pone a mi lado, pero ella ni la mira. Solo tiene su vista clavada en mí mientras da pasos acercándose con furia hacia donde estoy.
—Tú lo que eres es gilipollas. ¿Quién mierda te crees que eres? ¿Con qué derecho vienes a joderme la vida? —vocifera señalándome con el dedo—. Me vendiste, ¿no? ¡Pues olvídate de mí!
—Cada vez tengo más ganas de morder esa lengua tan afilada que tienes, viborilla —afirmo con la voz ronca.
La quiero a ella en mi abultada polla, ya. Me acerco tanto que puedo inhalar su respiración. Se está abriendo la jaula y no puedo frenarlo.
—¿No te has enterado de nada? ¡Que no quiero nada de ti! ¡Que me lleves con Vivaldo ya! —brama sin un ápice de temor.
—¿Con el que te ha maltratado, violado y humillado? ¿Con ese es con quién quieres volver?
Intento parecer sereno, aunque por dentro esté a punto de estallar.
—Sí, con el que me ha mantenido viva estos años, al que tú me vendiste. No eres mejor que él, Vito. Él será una mala persona, pero tú eres peor —me dice con rabia.
Joder, tiene toda la puta razón.
No puedo controlar a mi animal interior.
Se escapa. Ella lo ha soltado. Maia es el eje de todos mis problemas, y solo siento una forma de arreglarlo ahora mismo.
Necesito pensar para afrontar lo que está por venir, controlar la situación para luchar contra el mundo entero si hace falta. Pero para eso necesito…
Hacerla mía.
Y este es el punto de no retorno. No puedo resistirme.
—Huye, viborilla. Corre todo lo que puedas, porque acabas de desatar el demonio que no quieres ver y no podré contenerme mucho tiempo —murmuro bajando la cabeza y apretando los puños.
Me duele el pecho de tensar tanto los músculos. Maia sigue aquí. Gruño. Sé que no puede verme la cara, porque tengo pegada la barbilla al cuello. Ella se inclina para ver mi rostro.
—¡Huye! —grito fuera de mí.
Maia ha tenido que ver algo impactante en mi expresión porque su rostro ha palidecido. He visto pánico en sus ojos, su cuerpo ha temblado y ha echado a correr como si no hubiera un mañana.
Pero es inútil.
Porque lo que ella no sabe es que yo soy la Pantera.
Y ella es mi presa.