PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

VÍBORA

Es real. He llegado a pensar que es un puto sueño, pero no.

Le he clavado las uñas en la espalda, pero con la ropa puesta no es que le haya hecho mucho daño, por no decir ninguno.

Le he dado golpes con los puños, he gritado, pero de nada ha servido.

Es un puto tanque comparado conmigo, bueno, y con cualquier tío, también.

Al delgaducho de Vivaldo le sacará kilos de masa muscular.

—¡Suéltame! —vocifero por enésima vez.

Seguiré intentándolo. La vida de mi amiga depende de ello. Tengo que salvarla, solo me tiene a mí.

Vito se mueve por los pasillos con agilidad.

No veo nada, pero escucho el sonido de disparos de vez en cuando y seguido aparecen los cuerpos en el suelo mientras me lleva.

Está siendo implacable. Si su animal da miedo, él produce el doble.

Porque un animal sabes que es agresivo, pero no tiene pensamiento racional.

Puedes engañarlo de mil formas e incluso someterlo, pero a un ser humano, no. Y menos a Vito Rizzo.

Mientras avanzamos, giro la cabeza y el tronco para mirar al frente, quiero saber por dónde vamos.

Justo al doblar una esquina, nos encontramos de bruces con uno de los hombres.

La sorpresa se disipa rápido, porque Pantera reacciona rápido.

Le agarra el cuello con la mano que tiene libre, ya que con la otra me tiene las piernas aprisionadas.

No le hace falta más ayuda, con una sola extremidad golpea la cabeza del hombre contra la pared con tanta fuerza que al primer golpe lo deja aturdido.

El segundo lo hace sangrar y el tercero le destroza el cráneo.

Abro los ojos con el pulso latiendo a mucha velocidad. ¡Qué bestia!

Lo deja caer al suelo. Sin compasión y sin perder tiempo. Vuelve a caminar a paso ligero. Me sobrepongo a lo que acabo de ver. Sé que es así, pero eso no va a acobardarme.

—Gilipollas de mierda. ¡La matarán por tu culpa! —grito poniendo toda mi fuerza en mis piernas para pegarle una patada.

No puedo moverlas, él me las tiene rodeadas con un solo brazo y con el otro me da una palmada en el trasero.

—Intento salvarte la vida, viborilla —escucho su voz entre el ruido de disparos.

Lo sorprendente es que parece que está tranquilo, nada alterado. Como si esto no fuera peligroso.

Como si ÉL no fuera el peligro.

—¡Que no me llames más así! —grito muy enfadada.

No sé por qué le ha dado por llamarme con ese apodo, pero lo importante es buscar la forma de deshacerme de él para volver con Vivaldo y salvar a mi amiga.

Salimos al frío del exterior. Estoy semidesnuda, pero apenas noto la temperatura por la urgencia de la situación.

Escucho a Vito abrir la puerta de un coche.

Mi cuerpo cae empujado por la gravedad. Me ha metido en milésimas de segundos dentro del vehículo.

Él se deja caer en el asiento del conductor, a mi lado.

Vivaldo y un grupo de hombres salen por la puerta. Sigo el recorrido de una bala que se estrella justo en el cristal de mi lado, muy cerca de mi nariz. Mi corazón late desbocado.

—Tranquila, el coche está blindado —las palabras de Vito me calman—. Ahí tienes a tu salvador. —Señala a Vivaldo que viene corriendo—. Si no hubiese sido por mí, te habría matado.

Su tono aburrido me impacta. ¿Cómo puede aparentar tanta calma en medio de tanto peligro? Nos están llenando de disparos, pero él se queda unos segundos mirándome con intensidad, esperando una respuesta por mi parte que no llega. No puedo quitarle la razón. Es la verdad.

Se muerde el labio inferior mientras observa con atención los míos. Una chispa de calor me sube por el pecho, es rabia.

Es por Cara.

Sé que Vivaldo me matará, pero no puedo irme sin mi amiga. Tengo que hacer todo lo que esté en mi mano para salvarla. Sé lo que conlleva volver con el cerdo, pero aguantaría todo por ella. Porque si soy su única salida, lo haré encantada.

Solo me muevo unos milímetros dispuesta a tirarme hacia él para pegarle y salir huyendo, pero parece que ve mis intenciones porque apenas muevo un dedo, él ya está apuntándome con su arma.

Me la pega a la frente con la misma pasividad.

Mi cuerpo se paraliza. Por un momento se me pasa por la mente que quizá ayudarlo fue la peor decisión que he hecho nunca, hacer que se saliera hoy con la suya, protegerlo allí dentro.

Llego a pensar por un segundo que todo lo que he hecho ha sido un error monumental.

Escucho con claridad mi corazón golpeando fuerte en mi pecho.

—No vuelvas a intentarlo —me advierte Vito con tono de amenaza.

Baja la pistola y yo trago saliva con dificultad.

Se me ha quedado la boca seca. Nunca había visto la muerte tan de cerca como ahora mismo.

Vivaldo me ha hecho cosas horribles, pero estaba como ida y no sentía que estuvieran pasando en realidad.

Pero esto ha sido aterrador. Por sus ojos, sus gestos, su expresión, todo me decía que era muy real.

¿Habría sido capaz de apretar el gatillo?

Enciende el motor del vehículo y salimos del exterior del monasterio a toda prisa.

Me doy la vuelta en el asiento buscando a mi amiga por todos lados.

No está. Solo veo a Vivaldo y los demás apuntando hacia nosotros, llenando la carrocería del impacto de las balas.

¿La habrá matado? Odio esta incertidumbre.

Vivo con el miedo de que en algún segundo maten a Cara, y resulta agotador.

Estar en tensión tanto tiempo me va a volver loca.

Tengo un nudo duro en el pecho que no afloja por más que respire hondo. Tomé decisiones sin pensar en cómo le afectarían a ella. Cada recuerdo me duele. Lo peor no es que ella esté enfadada conmigo, ni siquiera triste; lo peor es que yo haya cavado su tumba sin querer.

Necesito que me perdone y que vuelva a sentirse segura a mi lado. Quisiera tener esperanzas de que en algún momento volveremos a encontrarnos.

Fallarle a cualquiera duele, pero fallarle a quien siempre estuvo ahí, duele de forma más profunda, más dolorosa, y no hay ninguna palabra de consuelo.

Hermana, perdóname.