PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

VÍBORA

No puedo evitar cerrar los ojos y sentir placer, excitación. Hacía años que no sentía este deseo. Estas ganas de querer arder. De ¿sexo? Lo he hecho miles de veces aquí y en ningún momento lo he visto como un acto placentero.

NUNCA.

—Apártate de ella. —Vivaldo está muy serio y entrecierra los ojos.

—¿Sabes lo que pasa? Que me muero por saborearla, y juraría que ella también lo está deseando. —Se acerca aún más a mí.

Me besa el cuello. Cada terminación nerviosa de mi cuerpo se activa, sintiendo un éxtasis infinito que me hace echar la cabeza hacia atrás para que siga con lo prometido.

La adrenalina me hace sentir todo mucho más fuerte.

Los labios que presionan contra mi piel generan un calor que se extiende desde el cuello hasta el pecho.

—Suéltala —deletrea cada sílaba despacio, con furia contenida.

Vito me lame el cuello hasta llegar al lóbulo de mi oreja. Cada roce hace que mi piel se erice y que el corazón me palpite con fuerza. Mi vientre bajo recibe punzadas de placer. Hay un momento en que parece que el tiempo se ha detenido, el mundo exterior desaparece y solo quedamos él y yo.

—Te mueres por follártela, pero no lo harás porque es mía. ¡Solo mía! —grita furioso Vivaldo.

Y aun así, ni su voz desbocada me ha sacado del estado hipnótico en el que estoy ahora mismo. No quiero que Vito pare. No existe nadie más.

Solo nosotros.

El placer también es mental. La atención que recibo por parte de él, la cercanía, el calor, hacen que todo mi cuerpo y mi mente vibren a la vez.

Me siento deseada, viva, y cada gesto que hace provoca un escalofrío que sube y baja por todo mi cuerpo, se enreda en mi respiración y me hace perder un poco el control sobre mí misma.

Sé que me estoy fallando, que debería odiarlo, pero ahora mismo me importa una mierda todo.

—No te equivoques. Nunca dejó de ser mía. Solo le solté la cuerda lo necesario para que tú creyeras que tenías el poder. Pero ella no te soporta. En cambio, a mí… —no termina porque me gira la cabeza hacia él.

Junta sus labios con los míos. Siento un vuelco en el estómago. Su lengua se mezcla con la mía, es una pequeña explosión que se acumula dentro de mí, un placer que me recuerda lo que significa estar completamente viva en este momento.

—Estás muerto —declara Vivaldo.

Vito separa sus labios y cuando abro los ojos, lo veo desafiar a su enemigo con la mirada y una sonrisa ladeada.

¿Me está utilizando para su beneficio? Mi corazón se parte en pedacitos.

Sentía que le importaba y solo soy otra puta marioneta en su juego.

Uno diferente al de Vivaldo, pero al fin y al cabo, un juego.

Será desgraciado.

—¡Tráela! —ordena Vivaldo.

Un hombre tira de mi amiga. Cara tiene todo el rostro lleno de rímel corrido y moratones. Su pelo rojo está apagado y echo una maraña. Todavía puedo notar los dedos de Vivaldo entre él.

Dejo salir un pequeño chillido.

—Ven si quieres salvarla —me ofrece Vivaldo con una sonrisa ladeada.

Intento dar un paso, pero los brazos musculados de Vito me atrapan. Esta vez sí me aprieta. No es como antes. No hace ningún papel. Es contra mi voluntad.

—Ni se te ocurra moverte —murmura solo para mí—. Si lo haces, estamos muertos los dos.

Me has utilizado. Engañado. ¿Pretendes que ahora te salve la vida? Sé que a mí no me hará nada. Aquí el que tiene la diana en la espalda eres tú. Imbécil.

—Los dos, no. Tú. —Le clavo la mirada con odio.

Le demuestro toda la rabia que tengo acumulada. Si Cara muere, no tengo ningún motivo para seguir en esta vida.

Vito ve la decisión en mis ojos y sabe que no lo protegeré con mi cuerpo, que no seguiré más su juego. Lo sabe y piensa en una solución al momento, porque de repente me coge en brazos y sale a correr conmigo encima. Ha echado mi torso sobre su hombro como si yo no pesara nada.

—¡Suéltame! —grito golpeándole la espalda.

Justo antes de girar en la esquina, levanto la cabeza y no me fijo en el grupo de hombres que nos apuntan. Mis ojos solo van hacia lo único que me importa: mi amiga, que me mira con expresión de terror. No pude salvarla antes y tampoco ahora.

Y me odio más que nunca por ello.