PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

VÍBORA

Los gritos de dolor de Cara se repiten en mi cabeza una y otra vez mientras la culpa me destroza por dentro. Vivaldo se la acaba de llevar arrastrándola por el suelo.

Tengo una sensación incómoda que no puedo sacudirme. Un nudo en la garganta que no me deja tragar del todo.

Mierda.

En el hombro siento un dolor agudo debido al golpetazo con el suelo.

¿Me quedo aquí esperando a qué vuelvan? ¿Y si no vuelve?

¿Y si por mi culpa la matan? Siento que me aprieta el pecho.

Me dejo caer al suelo. No tengo fuerzas para sostenerme.

No puedo hacer nada. Me siento impotente.

Aunque fuera detrás de ellos, él tiene los medios y el poder.

Si llego a estorbarlo, acabaría con ella antes.

Quizá ya esté haciéndolo y al inmiscuirme no le quede otra que acabar conmigo también.

Eso sería lo mejor, porque no creo que sea capaz de superar la pérdida de mi amiga, de mi hermana.

De repente escucho dos disparos en la lejanía. Mi cuerpo se sobresalta. ¿Cara?

No.

Dios no.

Siento que no puedo respirar.

—¡Corre, Kaa! —No me fijo en quién me intenta levantar—. Hay un tío fuera que está matando a todos.

La miro buscando respuestas. Es Haley. Un rayo de esperanza aparece. Los disparos no eran para mi amiga. Tiene que estar viva.

—¿Qué quiere? ¿Quién es? —pregunto aturullada.

Con ayuda de Haley, me levanto. Obligo a mis piernas a funcionar.

—No sé. Nos han dicho que vayamos todas al sótano para nuestra protección —explica temerosa mirando a todos lados.

Seguimos a un grupo de chicas que pasa por nuestro lado.

Recorremos los pasillos de piedra entre gritos y jadeos.

Cada zancada es un impulso desesperado. Mis piernas saben que tienen que huir antes de que mi mente consiga procesar qué está pasando.

El pasillo parece estrecharse, a cada segundo me inunda más el miedo de no saber qué ocurre.

Ya casi hemos llegado a la puerta que conduce al sótano. Haley tira de mi mano. Una parte de mí no quiere ir porque necesito saber que Cara está bien. No quiero estar a salvo si ella no lo está.

Las chicas gritan fuera de sí.

—Está ahí. Vamos a morir —escucho entre el jaleo.

Intento levantar la cabeza para saber a qué o quién se refieren, pero no veo nada. Somos muchas y Haley me sigue obligando a avanzar.

De repente, un primer sonido me golpea los oídos como un trueno demasiado cerca, un estallido que me sacude el pecho por dentro. Antes de que mi mente termine de procesarlo, llega el segundo, más violento por la sorpresa, casi superpuesto al primero.

Alguien ha disparado dos veces.

El olor a pólvora aparece al instante y se mezcla con el zumbido que me queda en los oídos. Se me eriza la piel.

Durante un momento, todo queda suspendido, en silencio. Mi corazón se acelera tan fuerte que casi parece otro disparo más dentro de mi propio cuerpo.

Mi vista se dirige a Haley. ¿Habrá disparado a alguien en específico? ¿Tendría un objetivo? ¿Hay alguna chica muerta? Miles de preguntas se arremolinan en mi mente. Me siento mareada, como si mi cabeza estuviera dentro de una nube de polvo y apenas pudiera ver nada.

Giro la cabeza hacia donde sonaron los disparos. Entorno los ojos y enfoco la vista poco a poco.

Una silueta viene hacia mí a paso seguro. La imagen se hace más nítida por segundos.

Abro los ojos sorprendida cuando lo reconozco.

—¿Vito? —mi voz suena confusa.

Su expresión parece sacada de una película de terror como el causante de los asesinatos.

Parece que estuviera fuera de sí. Si ya de por sí me dio miedo su imagen y actitud cuando fuimos a aquel casino, ahora siento que es peor.

Me da la sensación de que el humano que habita en su ser se ha ido y queda un alma primitiva que no tiene sentimientos.

¿Qué habrá pasado para que venga así con esa amenaza?

¿Será por la promesa que me hizo de sacarme de aquí?

Aun así sé que me ha escuchado y visto, porque ha hecho un pequeño gesto con los ojos, casi imperceptible.

Sé que viene hacia mí.

El miedo aparece más intenso que antes, como un pinchazo en el estómago. No sé si va a hacerme daño, no sé qué va a hacer. La incertidumbre es la que me produce estar alerta. Me quedo quieta, atenta, preparada para cualquier cosa.

No sé si alegrarme porque está vivo. Lo odio, pero mi cuerpo, el muy imbécil, dice lo contrario. Mi corazón ha dado un vuelco en cuanto ha sabido que era él el que caminaba por el pasillo. Y odio sentirme así, atraída por él, emocionada por su bienestar.

¿Y si quiere acabar conmigo? ¿Y si se ha arrepentido de haberme dejado sana y salva? Le he plantado cara desde que lo vi y quizá ya he acabado con su paciencia. No creo que sea un tipo que tenga mucha.

El sentimiento que odio se hace más fuerte.

Un calor extraño en el pecho, es lo más familiar que tengo.

Mi mente me juega una mala pasada y me grita que es lo mejor que tengo.

Y hay una parte de mí que me susurra que él es mi salvación y que nunca me hará daño.

Ese sentimiento desea que esté aquí por mí. Para salvarme. Para llevarme con él.

Cuando percibo que está a unos pasos de distancia, la confusión se intensifica. Mi cuerpo quiere echarse hacia atrás y hacia delante a la vez, y de nuevo alejarse por instinto.

Su mano se dirige a mi mejilla con tanta dulzura que me abruma.

Como si yo fuera el eje de todo. Como si dependiera todo lo de alrededor de mí.

Como si yo fuera lo único importante ahora mismo.

No siento peligro ni terror. Su contacto disipa mis dudas; no me hará daño.

Pero eso no quita que yo sí quiera hacérselo a él.

Voy a apartarle la mano cuando alguien nos interrumpe.

—He cazado a la Pantera —esa voz me produce escalofríos.

Para mi desgracia, la reconozco más de lo que debería.

Vivaldo.

Vito se gira hacia él y se pone delante de mí tapándome la visión como cuando fuimos al casino.

Por protección. Por instinto. Él, con una mano, me obliga a esconderme tras su espalda.

Mi vista se dirige a Haley, que me mira desde el suelo con los ojos llenos de lágrimas y una expresión de terror en la cara. No entiende lo que pasa.

Dejo que Vito se encargue de la situación. Al fin y al cabo, es él quien tiene el poder.

—Vaya, qué detalle entrar en mi casa como si te perteneciera. ¿Hoy te has levantado con ganas de morir? —la voz de Vivaldo suena más feroz que nunca.

Ojeo por un lado. Está rodeado de sus hombres, que apuntan a Vito con un arma. Está perdido y eso me hace estar tensa, porque en parte, por muy difícil que sea de entender, es el único chico que me ha tratado bien y el único que puede sacarme de aquí.

—No necesito permiso para coger lo que es mío. Deberías estar agradecido de mi presencia —responde Vito sin un ápice de temor echando los hombros atrás.

—¿Agradecer? Agradezco que hayas venido para así vengar a Zeno y acabar contigo de una vez. Ya no volverás a quitarme a Kaa nunca más. —anuncia. Echa atrás el martillo de su pistola, lista para actuar.

—No te la quito. La recupero. Que tú la tuvieras no significa que te perteneciera —se impone Vito.

Ver cómo luchan por mí me produce escalofríos. Es como estar en el centro de una tormenta que no pedí. Dos hombres discutiendo, midiéndose, peleando entre sí. Y por mucho que odie a Vito, si lo mido con Vivaldo, lo elijo a él. Sin duda.

—Lo gracioso es que sigues pensando que tienes voz y voto aquí, en mi casa —suelta Vivaldo sonriendo con soberbia.

—No vengo a darte explicaciones ni a perder el tiempo contigo, pero si hace falta acompañarás a Zeno en el puto infierno. —Da un paso al frente, seguro y tranquilo.

Joder, la seguridad que desprende casi hace que me ponga de rodillas ante él. Entiendo el respeto que infunde.

Vito se está ganando mi favor. Y no quiero admitirlo, pero me ha tratado mejor que cualquier tío, incluido mi propio padre.

—Te sabes muy bien tu papel, ¿no? A ver lo que puedes hablar cuando tengas una bala en la cabeza —amenaza Vivaldo.

Mierda.

No.

Él es mi salida. No puede morir. Pero ¿es solo esa la razón para querer que siga vivo?

Rozo la mano de Vito. Una corriente eléctrica recorre cada parte de mi cuerpo.

—Utilízame. Él no me quiere muerta. Te dejará ir. Soy demasiado importante para él —le susurro en el oído a Vito.

Él se lo piensa unos segundos. Creo que no está muy de acuerdo, pero al final cede.

Se gira con rapidez, atrapando mi cuerpo junto al suyo.

Me apunta con su arma, pero no importa, solo puedo pensar en lo cerca que estamos.

Se me viene a la mente su mirada intensa de ayer, lo cerca que estuve de rozar el orgasmo.

Su respiración suena fuerte en mi oído. Su corazón late contra mi espalda.

Noto el bulto de su entrepierna en mi trasero.

Joder. Otra vez no. En medio del peligro, con la adrenalina por las nubes, noto mi sexo mojarse sin control.

Él me envuelve el pecho con su brazo mezclando nuestra piel. Rozo el límite.

Suelto un gemido involuntario.

—Si vuelves a hacer ese ruidito, tendré que follarte aquí delante de tu puto acosador —murmura Vito con voz ronca solo para escucharlo nosotros dos.

Me cago en la puta.

Sí.

Acepto.