PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

PANTERA

En mi mente solo aparece la imagen de Gepetto. Es humillante que todo lo que una vez creía tener bajo control sea una puta mentira. Tengo el pulso acelerado y justo lo que necesito es derramar sangre.

Primero me llevaré a Maia conmigo. La sacaré de ese maldito lugar y la pondré a salvo.

Gepetto vendrá a por mí porque he desacatado sus órdenes y ahí será cuando lleve a cabo mi venganza.

Lo mataré y sabrá lo que es haberse metido a contramano.

Porque a mí nadie me traiciona. A mí nadie me engaña.

Y cueste lo que me cueste volveré a poner mi vida bajo control.

Abro la puerta del coche. Los guardias de fuera me saludan.

Antes siquiera de que puedan hacer cualquier gesto, levanto la pistola con un agarre firme y las balas salen disparadas hacia sus pechos.

En menos de un minuto, dos hombres yacen desangrándose ante mí.

Daños colaterales. Decir que me importan sus vidas sería mentir.

Avanzo hacia el interior del edificio. Mis pasos son firmes, y seguros.

No tengo miedo ni incertidumbre. Solo una furia que ha dejado de contenerse y ahora camina a mi lado con una calma espeluznante.

Todas las cartas están sobre la mesa. Es hora de demostrar quién soy y por qué no debieron humillarme.

Paso por el lado de los cadáveres y echo un breve vistazo a mi obra de arte con una expresión inescrutable.

—Esto es solo el principio —hablo en voz alta.

Entro con decisión. Algunas chicas pasan corriendo delante de mí.

Al verme gritan con pavor. Me temen, y bien que hacen.

Ahora mismo es como si tuviera dos paneles a los laterales de los ojos.

Estoy concentrado. Mi mente está enfocada, como mi vista.

Tengo un objetivo y lo conseguiré, aunque me lleve por delante vidas inocentes.

Ladeo la cabeza pensando dónde puede estar. Giro hacia uno de los pasillos de la izquierda. Avanzo con el murmullo de las chicas. Si las sigo a ellas, a lo mejor la encuentro. Ellas huyen de mí, pero observo por dónde se escabullen.

La ira me hace mover las manos con dureza. Siento el metal del arma más frío que nunca, un contraste brutal con el calor que me sube por la nuca. Cada gesto que hago, seco, y brusco, va cargado del recuerdo de esa traición que aún me late en la cabeza como un golpe reciente.

Mis dedos aprietan con fuerza el arma, parece que el propio objeto tuviera la culpa. El mundo entero se ha reducido a este pequeño instante y tengo un descontrolable deseo feroz de hacer sangre.

Tiembla la pistola, pero no es el arma, soy yo lleno de odio, ira y rencor que salen como una onda de expansión queriendo consumir todo lo que se ponga por delante.

Maia.

Reconozco su figura en el fondo del pasillo. Está corriendo con otras chicas. No, tengo que detenerla. Tiene que venirse conmigo. Mi mente se divide. Ahora no sé bien el porqué verdadero de todo.

Mi pensamiento se parte en dos. Por un lado, está el impulso protector y posesivo.

Quiero llevarme a Maia porque me importa de verdad, porque su presencia me calma un poco la tormenta interior y porque, aunque no lo diga en voz alta, me duele imaginar que pueda sufrir.

Y eso me hace ver que todavía queda una parte noble en mí, aunque esté hecho polvo.

Pero al otro lado está la oscuridad, la venganza. Nació justo en el segundo en que me enteré de la traición y me grita que la coja a ella poder usarla en mi plan como anzuelo. Usar a Maia como desacato a las órdenes de Don sería la estrategia perfecta.

La confusión me aprieta el pecho. Me pregunto por un instante qué pesa más en mí: el afecto o el rencor. Lo peor es que ambas razones son verdaderas, ambas me importan y ambas me arrastran hacia lados opuestos.

Sea como sea, ella se viene conmigo.

Por encima de las cabezas, puedo ver cómo casi llega al final. Cada vez está más lejos de mí. ¿Cree que puede escapar? Dirijo el cañón de la pistola al techo y aprieto el gatillo dos veces.

Los dos disparos rompen el aire. Se instala un silencio sepulcral. Todas las chicas se tiran al suelo, encogiendo sus cuerpos sobre ellas mismas. Avanzo por el medio, ellas se apartan pegándose a la pared. Al fin Maia me ve al levantar la cabeza.

Por un momento, siento que toda la rabia se ha esfumado, como si ya no me importara nadie más en el mundo aparte de ella. Solo cuidarla, venerarla, poseerla.

—¿Vito? —su voz me relaja el pulso.

Mis músculos se destensan. Suelto un suspiro profundo lleno de satisfacción. Se pone de pie. No me teme como las demás.

Siento una urgencia inexplicable de estar más cerca de ella a cada paso que doy.

Cada vez que me acerco un poco más, mi respiración cambia, más corta, más nerviosa.

No sé qué pensará ella de mí. Bueno, supongo que seguirá odiándome.

O quizá ya no. ¿Tendré que llevármela a la fuerza?

Espero que no. Pero aun así avanzo, porque Maia me hipnotiza, mi cuerpo cede ante ella sin posibilidad de resistencia.

Mi mirada no se aparta ni un instante. Recorro cada detalle: la postura recta, el rostro confuso, la forma en la que respira.

Levanto la mano izquierda, necesito acariciarle la mejilla, sentirla.

—He cazado a la Pantera —escucho a mi espalda.

“Más quisieras”, pienso al instante.

Presiento quién es el que quiere jugar con la muerte.