PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

PANTERA

No odio perder el control. Odio que alguien crea que lo he perdido.

Siempre he sabido quién soy y qué lugar ocupo. Nunca he dudado. Nunca he titubeado. Y aun así, una sola chica ha conseguido colarse donde nadie entra. Es especial, y es mía. Siempre lo ha sido.

Hace pocas horas desde que pasó lo del Bestia y sigue ahí, clavada en mi cabeza como una espina que no sangra pero duele.

No pienso en ella con ternura. Pienso en posesión.

En sacar. En arrancar. En corregir lo que no debería existir.

Debería estar recuperándome del asalto y no obsesionado con tener a Maia.

Por dentro tengo un enjambre inquieto, moviéndose sin parar. Es pura violencia contenida.

Pero por fuera… Por fuera intento ser la persona que he sido siempre. Controlo, observo y entonces, actúo.

Respiro despacio. Mantengo la mirada firme. Mido cada gesto. Aprieto los dedos contra la palma para canalizar la furia. Nadie se imaginaría que me tiro la mayor parte del día pensando cuántas vidas podría destruir para calmar esta hambre.

El corazón me late más rápido de lo que debería, pero mi voz sale suave, medida, buscando sonar tranquila. Me obligo a asentir despacio, a moverme con calma, a mostrar un rostro relajado aunque por dentro esté repasando mentalmente mil posibilidades, descartando unas, imaginando otras.

Mi móvil suena vibrando en la encimera de la cocina. Me levanto de la silla arrastrando las patas de madera, con la consecuencia de haber despertado a Bagheera, que entorna sus ojos rasgados amarillentos hacia mí. Aún se está recuperando de la pelea. Llegó a casa muy magullada.

—Baloo —saludo al ponerme el aparato en la oreja y haber visto el nombre en la pantalla.

Fue él quién encontró a Ciro. Mis hombres dieron la alarma en la primera explosión y, si hubiéramos tenido más tiempo, mi amigo se hubiera cargado a ese salvaje, estoy seguro.

—Tío, no debería de hacer esto porque soy tu amigo y creo que estás siendo un suicida. Te estás metiendo en un gran problema —suelta.

—Habla —ordeno con la respiración paralizada, pero simulando calma.

—He encontrado un fallo que te puede servir. Este mes todavía no hemos recibido el pago de Santoro —explica.

Bingo. Motivo más que suficiente para presentarme en su casa, reclamarlo y, si hace falta, meterle un tiro por desacato a su Don. Sin él al mando del monasterio, tendríamos que reorganizar sus hombres y podría a quitar a Vivaldo de allí.

Y sacar a Maia.

No he parado de buscar motivos para sacarla de allí, obsesionado día y noche con ello.

—Buen trabajo —afirmo.

—Vito, no es el camino. Te lo he dicho porque no puedo evitar ayudarte, pero también es mi papel advertirte como amigos que somos —lo escucho a través de la línea, pero no hago caso a sus palabras.

Agarro a chaqueta y silbo a Bagheera para que se quede en el bosque mientras voy a la casa de Lamberto Santoro.

Ella no viene, necesito resolver esto solo.

Ya se ha vuelto personal. No es trabajo.

Y soy más que capaz de ser más brutal que mi propia pantera.

Además, si ella estuviera, tendría que prestarle atención, tanto para que nadie le haga daño en un descuido, como para que ella no se los coma. Y necesito toda la mente libre para mí.

—Vito —dice mi nombre como una advertencia.

—Gracias, Baloo. —Cuelgo.

No tengo tiempo para sermones ni charlas de amigos. Tengo un objetivo y no dejaré pasar ni un segundo más para conseguir lo que quiero.

Uno, dos, tres y cuatro son los escalones que subo al entrar en la casa del capo. Sus guardias me han dejado pasar y ya le habrán avisado de que estoy aquí. Antes de que pueda llegar a la puerta, Lamberto la abre y me saluda con una sonrisa fingida.

—Pantera, bienvenido. ¿Qué te trae por aquí? Espero que estés bien después de lo sucedido anoche. —Me ofrece entrar con un gesto.

No serías tan servicial si supieras a lo que vengo.

Ojeo el vestíbulo mientras camino hacia dentro con lentitud y a paso seguro. Me quito con calma los guantes de cuero.

El sonido de mis pasos retumba suavemente sobre el mármol pulido. El vestíbulo es amplio, lleno de detalles que gritan riqueza, columnas de piedra clara, una lámpara enorme suspendida del techo y alfombras gruesas que huelen a exclusividad.

Avanzo con lentitud y seguridad, porque soy yo el que domina el espacio sin necesidad de tocar nada. Cada paso es un recordatorio de que estoy aquí por decisión propia y de que él, el dueño de todo esto, pronto entenderá lo que significa subestimarme.

Mientras camino, rozo con la yema de los dedos el borde de una mesa tallada con un gesto sutil, como si ya me sintiera dueño del ambiente.

Mi mirada se desliza por los cuadros, por la escalera imponente que asciende con elegancia, y una sonrisa apenas visible aparece en la comisura de mis labios.

Es una sonrisa para mí, para mis planes, para el futuro que estoy a punto de escribir.

Me regodeo en ella porque estoy a punto de ver a alguien que siempre creyó tener el control cómo está a punto de perderlo, y yo seré quién lo haga.

Va a sufrir, y aún no lo sabe.

—¿Estás satisfecho con tu vida, Lamberto? —hablo al aire sin mirarlo.

Siento cómo se tensa. Sí, ese olor que ya he experimentado otras veces. Muchas. El miedo. Me he hecho experto en escuchar respiraciones aceleradas, crujidos de huesos y castañeo de dientes.

—No… no entiendo —balbucea.

—¿Sabes? Cuando empecé a trabajar para el Don, no pensaba que todos los que le rodeaban tendrían la cabeza hueca —me burlo en tono neutro recorriendo con los dedos un jarrón con detalles bañados en oro.

—¿Por qué dices eso? —sus palabras salen atropelladas.

Me giro hacia él. Lo veo tragar saliva.

—Tenemos reglas —continúo— y mi trabajo es hacer que se cumplan. El problema es que mi paciencia se agota. Y créeme, no quieres saber qué pasa cuando la pierdo del todo.

Camino hacia él a paso seguro.

—Si es por el pago...

—Exacto —lo corto esbozando por último una sonrisa triunfante.

Le apunto con la pistola en el entrecejo. El cañón aprieta su piel arrugada. Mi pulso demuestra su valor al no moverse ni un milímetro.

—Solo han pasado dos días —su tono es agudo, suplicante. Levanta la palma de las manos.

—Cinco, cuatro… —comienzo la cuenta atrás para disparar.

Sus ojos se abren mucho. Una gota de sudor le cae por la frente siendo pleno invierno.

—Nunca habéis tenido problemas conmigo —suelta agitado.

—Tres.

—Siempre he estado de parte del Don —insiste.

—Dos —mi tono suena aburrido.

—Esta tarde tiene el pago, lo juro —afirma muy nervioso.

—Uno. Ya es tarde —sentencio apunto de apretar el gatillo.

—¿Sabes qué es lo que me parece increíble? Que tengas tanta lealtad hacia quien mató a tus padres —vocifera fuera de sí.

Espero un segundo.

—¿Qué has dicho? Los mató para salvarme. Gracias a él tengo esta vida y acabaré con la tuya —respondo finalizando la conversación.

—¿Salvarte? —Suelta una risita nerviosa—. Tu padre era un capo, y era de los que estaban en contra de ofrecerle lealtad a Gepetto como Don.

Mi dedo se queda paralizado a medio camino del gatillo. Frunzo el ceño. Inspiro aire. Pero no bajo el arma.

—Akela Rizzo era un capo muy importante y sin su apoyo Gepetto no llegaría al poder. Se deshizo de él —anuncia con seguridad.

Si está mintiendo, morirá igual. Y si dice la verdad, alguien más va a hacerlo.

No puede ser.