PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

VÍBORA

No puedo para de pensar en lo que pasó. ¿Quiénes eran los que interrumpieron la reunión?

Lo primero que hice fue buscar a Cara cuando salí de allí con Ilario.

Algunas chicas han muerto en el incidente, y parte de ellos también.

No puedo hacer otra cosa que no sea alegrarme. Se lo merecen, por cerdos.

Al menos, Cara estaba viva. Intenté preguntarle como estaba antes, pero ella me ha girado la cabeza con desdén y ese gesto ha hecho que se me encoja el corazón. Es mucho más cabezona que yo. No cede.

Esta situación me produce malestar, ella ha llegado a ser como una verdadera hermana y amiga.

No sé si estaría aquí queriendo luchar si no hubiera sido por sus muestras de cariño y su apoyo constante.

Sí, me sentí humillada cuando ella blanqueó la actitud de Vivaldo, me puse a la defensiva.

He comprobado que por más que intente explicarle, no me escucha.

Es mucho más terca que yo, la conozco, y si cree que la Pantera es lo peor que me puede pasar, está muy equivocada.

La realidad es que me vendió el hijo de puta y me la jugó, pero en el poco tiempo que lo traté en el pasado y lo que he podido vivir en el presente con él, nunca me ha hecho daño físico. No lo perdono, me jodió la vida, pero nunca lo veré peor de lo que es Vivaldo. Eso no.

Aunque eso no quita que siga queriendo venganza y verlo sufrir. No he sabido en estas horas nada de él. No sé si seguirá vivo. Casi ha amanecido y apenas he dormido. Llegamos al monasterio a las tantas de la madrugada y no he podido pegar ojo por la adrenalina acumulada.

Mi mente me está jugando malas pasadas. A veces siento una presión en el pecho solo de pensar que ha podido morir. Luego me castigo y me grito que lo que sentí junto a él solo fue un simple calentón, que no debería de estar ni siquiera en mis pensamientos.

Joder, me va a explotar la cabeza.

Me doy una ducha rápida y me cambio de ropa interior, dejándome una combinación negra de encaje. Ahora soy fan del negro. Representa mucho para mí últimamente.

Llego hasta mi amiga, que está en el salón. Intentaré un acercamiento. No quiero seguir así. La necesito. Creo que son imprescindibles unas disculpas por mi parte, así que lo haré. No me arrepiento de mis palabras, ni creo que ella tenga razón. Pero lo hago porque no quiero perderla.

Me da lástima su estado, su enajenación mental, sigue con la venda, y por mucho que te digan a tu alrededor, solo se cae cuando eres tú misma la que quiere que se caiga. Esperaré el tiempo necesario hasta que eso pase, pero no perderé su amistad mientras. La quiero en mi vida.

Veo su perfil a poca distancia. Es el momento. Camino con lentitud.

—Perdóname —suelto sin dilación al ver a Cara en el sofá—. No quiero perderte, te quiero demasiado.

Me acerco a ella con lentitud. Si me soltara una palabra malsonante de las suyas, lo aceptaría. La he tratado muy mal. Joder, y la quiero como una hermana.

—¿Ya has entrado en razón? —increpa sin mirarme.

—No. Este lugar es una mierda y todo lo que lo rodea, también —respondo poniéndome delante para obligarla a que me mire—. Te violan, te pegan y te humillan. ¿Cómo puedes defender una cosa así?

—Por miedo, ¡joder, tía! —brama poniéndose en pie—.

Que ahora esta es nuestra vida, vivimos aquí.

Tenemos que seguir las putas reglas o estamos muertas.

Somos de las más viejas, y de ti no se desharán porque eres su puta favorita.

¡Pero yo no! Yo soy la última a la que quieren.

Y sí, estoy muerta de miedo porque cada vez veo más cerca mi muerte.

Por lo tanto, claro que voy a ponerme de su puto lugar.

¿No entiendes que tus actos pueden perjudicarnos también a las demás?

Entiendo su miedo. Comprendo su actitud. Solo pretende seguir viva. Sobrevivir. Es verdad que ella no ha tenido “mi suerte”. La humillan igual que a mí, pero tiene toda la razón cuando dice que a mí no me desecharían porque Vivaldo está obsesionado conmigo.

—Lo siento —respondo apenada.

Tiro de ella para que se siente a mi lado en el sofá.

Ella me mira unos segundos decidiendo qué hacer hasta que sucumbe al cariño de la amistad y me abraza.

Ella es muy importante para mí, y no permitiré que le pase nada malo.

Por encima de mi cadáver. Pero aunque la entienda, no comparto su pensamiento.

Sé que tiene miedo, pero conseguiremos salir de esta.

—Cara, te prometo que saldremos de aquí. Solo déjame…

—Qué imagen más bonita —Vivaldo me interrumpe.

Su voz me produce un escalofrío tan intenso que mi cuerpo se sacude de forma involuntaria. Me ha escuchado. Mierda. Va a castigarme y va a doler, mucho.

—¿Cómo se llama? —inquiere Vivaldo cogiéndome del cuello, me obliga a levantarme.

—A… A… Axa —apenas puedo hablar porque su mano no deja salir aire por mi garganta.

—Eso es —susurra en tono calmado con tintes de peligro. Lame con su lengua mi mejilla de una punta a otra—. Entonces, ¿quién es Cara? —Mi vista se torna borrosa por la falta de oxígeno. Creo que me voy a desmayar—. ¿Quién? —grita encolerizado.

Me tira al suelo. Mi hombro se da un buen golpe contra la fría piedra al aterrizar, pero mi sentido de supervivencia solo presta especial atención al oxígeno que ya al fin puedo meter en los pulmones.

Vivaldo hace el ademán de pegarme levantando la palma de la mano. Por inercia, pongo el brazo en el rostro para taparlo.

—Nadie —respondo con voz temblorosa.

Él ensancha las comisuras mostrando una gran sonrisa de prepotencia.

—Exacto, nadie —afirma con el mismo tono calmado de antes.

El dolor del hombro se hace más intenso.

Joder, algún día mataré a este tío. Ya no bajo la cabeza más.

Se acabó el ser sumisa. Ni siquiera pensaré que si hago lo que me dice, será mejor.

No me importa que se enfade, sé cual es mi ventaja, y por mucho que me quiera castigar, no puede deshacerse de mí.

—Te recuerdo que yo soy tu puto dueño, zorra. —Me coge de la barbilla obligándome a mirarlo.

Una chispa que tenía escondida se hace presente.

Me doy cuenta de que soy yo quien decide, que todo lo que me rodea deja de tirar de mí y empiezo yo a empujar hacia adelante.

La valentía, esa que tenía guardada en un rincón oscuro, empieza a despertarse.

Porque ahora sé que puedo con todo. Porque estaba dormida y me despertó Vito.

El saber que el causante de mis problemas está vivo me ha hecho ver la injusticia de mi vida.

Y no pienso seguir remando con la corriente solo por seguir viva.

Van a pagar todos y cada uno de ellos por todo el daño hecho. Del primero al último.

Si hace falta, quemaré yo misma este lugar con todos esos putos desgraciados dentro.

—Tú lo único que eres es basura —le escupo en la cara una bola de saliva que había acumulado en la boca.

Su rostro expresa sorpresa unos segundos, Pero se recupera rápido.

Me suelta un guantazo en la cara con la palma de la mano.

Mi cabeza se gira de la fuerza que ha puesto en ello.

Una gota de sangre me resbala por la comisura de la boca, dejándome un sabor metálico muy amargo en el paladar.

Por un instante, veo la sorpresa en su rostro.

Sí, hijo de puta. Maia ha vuelto. Esbozo una sonrisa maliciosa.

Por mucho que mi mente se retuerza para intentar buscarle fallos a Vito, la realidad es que no me ha demostrado lo contrario. Solo paz, calma y seguridad.

El lugar donde estoy, lo que me hacen, lo que antes intentaba justificar, de pronto lo veo de forma más honesta. Ya no me engaño y no me da la gana de maquillarlo.

Siento un nudo en la garganta, por una mezcla rara entre miedo y determinación. Miedo a lo desconocido, a salir de un sitio cuyo dolor ya conozco de memoria, pero también una fuerza nueva, que me empuja a salir de aquí. A ser libre. A luchar.

Mi mente se llena de imágenes de lo que podría ser mi vida sin esas sombras, sin esa presión, sin esa sensación de estar atrapada. Y, aunque el futuro asusta, me doy cuenta de que me asusta más quedarme donde estoy.

¿Cómo ha podido mi mente preferir a Vivaldo? ¿Tan rota estoy?

—Puta desagradecida —brama Vivaldo encolerizado—. ¿Esta puta es la única que te importa? —Coge en un puño el pelo de Cara y me acerca su cara a la mía—. Pues vamos a ver qué puedo hacer con ella.

Vivaldo esboza una sonrisa maquiavélica. Mi amiga tienes los ojos muy abiertos, el rostro desencajado y su silueta no para de temblar.

—Déjala y castígame a mí —le reto poniéndome de pie.

—No, querida. Aprenderás de una vez quién manda aquí y cuál es tu lugar. —Arrastra a Cara por el suelo con su pelo mezclado entre los dedos.

—Por favor —le suplico con el corazón latiendo a mucha velocidad.

No puedo dejar que le haga daño a ella. Debo regresar al papel de Kaa. Por ella, por mi hermana.

Él se para y se gira hacia mí con una sonrisa de triunfo.

—¿Cómo? No te he escuchado bien —se hace el tonto.

¿Quieres que me humille más? De acuerdo.

—Por favor, castígame a mí. Estoy deseando estar contigo y ser yo quien tenga tu atención —le imploro hincándome de rodillas—. Perdóname, no sé qué me ha pasado —explico con voz temblorosa por miedo a lo que le puedan hacer a ella.

Vivaldo suelta a mi amiga y da unos pasos hacia mí. Acerca su rostro al mío, roza sus labios con los míos. Por un momento, siento que ha servido mi plegaria, que la dejará en paz y se desquitará conmigo como hace siempre.

—La próxima vez, hazlo más convincente, querida —susurra con malicia mirándome a los ojos.

Y la esperanza se esfuma.

El eco de sus pasos resuena en las paredes hasta llegar a Cara. Rodea los mechones del pelo de mi amiga en la mano para emprender de nuevo el camino a su habitación.

Y duele mucho más que si fuera yo la que estuviera en ese lugar, la que llevara hacia la tortura.

Mi cuerpo ya se ha acostumbrado a sobrevivir, aguanta golpes y embestidas, pero el trozo de mi corazón que estaba intacto porque lo protegía ella se está resquebrajando.

Todo es mi culpa. Siento tanto dolor que me recuerda a los primeros días aquí.

Un pánico inmenso me envuelve, rezo porque no sea muy duro con ella, aunque sabiendo como es…

Un escalofrío me recorre por todo el cuerpo. Entendería que Cara me odiara para siempre. Yo soy la culpable de lo que le pase en estos instantes.

Lo siento, hermana.

No sé que hacer.

Perdóname.