PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

PANTERA

Meto a mi animal entre las piernas para protegerlo de las balas.

Pego la espalda al escombro que me escuda.

Le hago señas a mis hombres para trazar una estrategia.

A algunos los mando a los laterales, a otros les indico que retrocedan.

Tenemos que ganar terreno para salir de aquí.

Espero a que terminen de derrochar balas.

Levanto la mano abierta para que los demás la vean.

Paciencia. En algún momento tendrán que recargar.

Y al fin se escuchan la mitad de disparos que antes. Ya casi.

Solo hay milésimas de segundos de silencio.

Cierro la mano y todos disparan a su posición.

Me asomo por encima y apunto buscando al cabecilla.

Si matara al hermano del jefe, sería un gran avance en nuestra guerra.

Elio, el Bestia, es el hermano de Ciro, el jefe de La Cosa Nostra.

Él se hace llamar Don, pero no lo es. Porque solo puede haber uno, y no es él.

Lo veo asomar la cabeza. Tiene toda la piel marcada de tinta y unos ojos azules que no encajan con su forma de ser, violenta.

La barba recortada, el cabello rapado. Se ve a leguas que prefiere la acción antes que el papeleo.

Tiene solo dieciocho años, pero no hay nada de crío en él.

Bueno, sí, su puto carácter. Odio que esté todo el tiempo bromeando y siendo sarcástico.

Es como si no le importara nada de lo que pasa a su alrededor.

Nuestras miradas se encuentran. El odio que nos profesamos es evidente. Él hace una mueca y yo sonrío con prepotencia. Voy a matarte.

Apunto y él también. No nos escondemos. Es ahora o nunca. Uno de los dos.

Una bala impacta justo a centímetros de mi cabeza.

Casi.

Me escondo. Eso es inadmisible. ¿Cómo van a gobernar si no siguen ningún código? ¿Quién mata a traición? Estábamos en un duelo y deberían haberlo respetado. Pero, claro, es imposible que esos salvajes respeten las reglas.

Disparo por los huecos que encuentro. Nos tiramos así varios minutos, intercambiando munición.

Intentado buscar puntos débiles. Hasta el punto que me quema tanto por dentro que la rabia se adueña de mí.

Lanzo un grito de pura ira. Me levanto sin pensar en las consecuencias.

No puedo esperar más. Tiene que morir. Y tiene que ser ya.

Camino con decisión hacia él. Elio sonríe con burla.

Se levanta de su escondite para venir hacia mí.

Bien. Si peleamos, nuestros hombres no dispararán por miedo a darles a su jefe y no al otro.

Mi pantera me sigue de cerca. Al lado del Bestia aparece un lobo gris.

Es el lobo de Ciro. Es lo único que tenemos en común, nuestra pasión por nuestro fiel animal.

—Roja, definitivamente Pantera. Roja como tu cara ahora mismo cuando estás frustrado —se burla Elio tirando la semiautomática al suelo con chulería.

—No estoy frustrado. Estoy decidido a matarte con mis propias manos —contesto con odio imitando su gesto. Mi pistola cae algunos metros allá.

—Inténtalo, me muero por verlo —expresa de forma burlona con dramatismo—. Ya sabes, me muero, como a ti te gusta —se ríe al hacer el chiste malo.

—¿Sabes? Eres el primero que me aburre tanto en medio de un tiroteo. Con lo divertidos que son —pronuncio a poco de llegar hasta él.

La cólera me gobierna. Me palpita cada músculo en busca de violencia. Necesito actuar ya o explotaré.

—A ver si te aburre esto —añade al levantar el brazo para darme un puñetazo.

Lo esquivo.

Mi pantera con la boca abierta se lanza hacia el lobo.

Dos peleas de titanes.

Dos bandas enfrentadas.

Y un solo ganador.

El siguiente movimiento lo inicia él también. Expulsa una exhalación brusca por la nariz y el cuerpo lo lanza hacia adelante. El derechazo llega cargado de años de rabia acumulada, lo esquivo por milímetros girando el torso, el puño me roza la oreja con un sonido sordo.

Respondo de inmediato. Le golpeo buscando las costillas. Encaja el primero con un gruñido, el segundo lo hace retroceder medio paso. Aguanta el dolor sin dejar de desafiarme con la mirada.

Él avanza al momento, con el torso inclinado, intentando agarrarme.

Le planto una rodilla en el abdomen antes de que pueda cerrar la distancia.

El golpe es brutal. Elio maldice entre dientes y aun así me empuja de nuevo.

Chocamos pecho con pecho, agarrándonos, respirando con fuerza por la boca.

Durante unos instantes luchamos con ira, con rabia, cada uno intentando desequilibrar al otro con el peso del cuerpo.

Es él quien rompe el agarre con un cabezazo en mi mentón.

Escupo hacia un lado y me limpio el labio con el dorso de la mano. La sangre es poca, pero me crispa saber que ha podido hacérmela. Mi expresión cambia: ya no es solo furia. Una tranquilidad alarmante me recorre cada extremidad, haciéndome mucho más peligroso.

—¿Sigues aburrido? No lo parece —se burla.

—Te voy a quitar las ganas de hablar —sentencio.

Mis pies se mueven con una calma que contradice la situación en la que me encuentro.

Lanzo un par de estocadas con la pierna, estudiando su defensa, y cuando encuentro el hueco ejecuto una patada lateral al costado de Elio, que suena como un golpe de palma sobre la madera mojada.

Él se dobla hacia la derecha, el aire le sale de la boca de golpe y antes de que pueda recuperarse, le lanzo un gancho de izquierda que le gira la cabeza.

Los dos estamos ahora igual de destruidos: labios partidos, ropa rasgada y ego tocado. Nos miramos desde la distancia que ponemos por medio para recuperarnos. Noto en su forma de observarme que sentimos lo mismo el uno por el otro. De aquí uno no saldrá vivo.

Los animales se muerden y luchan con fiereza a nuestro lado. Dedico dos segundos a mirar su lucha. El lobo puede parecer más débil, pero para nada es así. Tiene la misma astucia y violencia que mi pantera. Criados para matar. Para obedecer. Y para proteger.

Igual que nosotros.

—Hazlo. Termina con él —escupo, sin apartar los ojos de Elio.

Mi pantera ya sabe que la orden va dirigida a ella. Se lanza sin dudar. Su rugido feroz llena el ambiente.

Los animales chocan entre sí. Buscando con sus dientes los huesos y la carne del contrario.

El mío busca la garganta, va directa, sin rodeos.

No juega limpio, pero no puedo culparla, es como yo.

El lobo se gira más rápido de lo que parece capaz y le clava los colmillos en el lomo.

Se desgarran. Se destrozan. Dejan un reguero de sangre por todos lados.

Y sigo mirando, sonriendo con seguridad.

—Eso es —mi tono es calmado—. Mátalo.

Nuestros animales se despedazan entre ellos y nosotros disfrutamos de ello. Elio le da órdenes al lobo, pero estoy seguro de que no sirve para nada. Ya se sabe quién será el ganador.

Elio da un paso adelante para volver a arremeter contra mí. Chocamos, lanzando nuestros puños, echando todo nuestro peso para derribar al otro.

Está siendo más complicado de lo que quería. Es difícil de matar el muy cabrón.

Lo engancho por la camiseta y tiro de él hacia mí, metiéndole un golpe seco en la mandíbula. Noto el impacto. Se desorienta unas milésimas de segundo, pero no llega a caer al suelo. Ese desgraciado es fuerte.

Elio responde con un codazo directo a mi cuello que hace que me quede sin respiración un instante. Me empuja. Me desequilibra. Aprovecha y lanza otro golpe, esta vez al hígado.

El aire se me escapa.

Seguimos buscando puntos débiles. Instantes para ganar.

Nos separamos apenas un momento, respirando como animales, con los gruñidos de fondo, los cuerpos de nuestras fieras aún luchando a muerte a unos metros.

Voy a por él de nuevo. Más decidido. Con ganas de acabar esta ejecución, porque dejó de ser una pelea hace mucho.

Y entonces, una voz nos interrumpe.

—¡Bestia! Han llegado hasta Lobo. Esos cabrones han conseguido encontrarlo —le grita un niñato desde la pared destrozada.

Elio palidece. Su hermano está en peligro. Bien, joder. No sé quién mierda habrá actuado, pero tengo que recompensarlo.

Y ahora, acabaré con él mientras le rebanan la garganta a su querido hermano también.

—Le llevaré flores al funeral —me burlo haciendo referencia a su hermano.

Elio gruñe como un animal primitivo y se lanza a por mí con toda su rabia.

Apenas llega a rozarme cuando noto el suelo temblar. Él mira hacia abajo igual que yo. No me da tiempo a asimilar ni a hacer conjeturas cuando la pared de nuestra derecha explota.

La onda nos lanza hacia el aire a todos. Impacto contra el suelo. Apenas puedo respirar del golpe. No oigo. Solo un pitido agudo suena en mis oídos. Mi confusión aumenta. ¿Qué ha pasado?

Intento incorporarme, la vista está nublada. Lo primero que hago es buscar a mi pantera. La encuentro a unos metros, tambaleándose, cubierta de polvo y sangre, pero en pie. Viva. Con eso me basta.

Levanto la cabeza. Elio también se está incorporando entre los escombros. Tiene sangre en la frente. Su mirada se encuentra con la mía, y en ese segundo, le hago un juramento interno: te mataré, así sea lo último que haga.

Se oyen disparos y gritos.

—Tenemos que irnos —le dice alguien a Elio ayudándolo a levantarse.

Este no me quita la vista. Ojeo por el suelo buscando mi arma, pero no está. No puedo detenerlo. Está lejos. Mientras llego, ya se habrá ido.

Mierda.

Maldigo con toda mi furia.

El Bestia llama a su lobo y corren hacia fuera.

—¡Matadlo! ¡Que no escape! —grito a mis hombres.

Pero es en vano. La mayoría están tirados en el suelo y los que quedan en pie están en medio de un tiroteo con el enemigo.

Lleno de puñetazos una piedra que hay a mi lado. Tengo mucha impotencia y frustración.

Se me ha escapado.

Maldita sea.

Esos putos salvajes me están dando muchos dolores de cabeza. Demasiados. Hay que cortar la raíz del problema lo antes posible.