CAPÍTULO 29
PANTERA
Mi declaración de intenciones ha sido con total convicción.
Nuestras miradas se desafían con intensidad.
Observo sus ojos brillar. Sé que estará pensando todo tipo de asesinatos y todos dirigidos a mí.
Qué lástima no estar en su cabeza. Seguro que disfrutaría mucho con todos esos pensamientos malvados y oscuros.
Mi chica es toda una villana maliciosa, aunque todavía no lo sepa.
Cada vez tengo más claro que no podré pasar página, que estoy tan enganchado a ella que cualquier día mandaré todo a la mierda por estar con ella.
—Nosotros nos debemos a nuestros clientes. Lo que ellos piden debe ser órdenes que tenemos que cumplir para que nuestra organización siga creciendo, por muy deplorables que sean sus peticiones —explica Lamberto.
Dejo de mirar a Maia para centrarme en las palabras de él. No sé por qué, pero sabiendo cómo es este hijo de puta, me espero cualquier cosa, y no presiento que sea nada bueno.
—¿De qué tipo de peticiones estamos hablando? —interrumpo aparentando tranquilidad.
Mi chica levanta las cejas, sorprendida de nuevo por haberle quitado la atención. Tiene que comprender que debo hacer el papel por el que estoy aquí. Tienen que creer que soy parte de ellos y he venido por los negocios, no solo por estar con ella.
Me encanta lo celosa y tóxica que es mi mujer cuando se trata de retirarle parte del interés. Porque nunca dejo de observarla por completo. Ella siempre será mi prioridad. Siempre.
Intento rozar de nuevo su dulce coño, pero no me deja.
—Niñas. Hemos podido cogerlas de Filipinas, India y Uruguay. Mis hombres las tienen a buen recaudo en Polonia esperando para ser trasladadas —anuncia Santoro con indiferencia hacia el tema.
Maldita sea. ¿Cómo que niñas? ¿Cuándo hemos llegado a ese extremo?
Sí, Maia era en parte una niña, pero tenía dieciséis y nos habíamos estado pajeando por videollamada.
Mi pulso se acelera solo de pensar la tragedia que supone eso de “niñas”.
Mi mujer se ha quedado fija observando a Lamberto, igual que yo.
Tengo que actuar al respecto. Debo parar esta barbarie, pero no ahora ni aquí. El papel tiene que continuar.
—¿De qué edades? —inquiero.
—No lo sé con exactitud, pero creo que alguna aún tiene pañales. —Santoro se ríe de su comentario—. Estos ministros tienen gustos… peculiares.
Todos los asistentes se ríen desinhibidos. Hijos de la gran puta. La sangre me hierve. Esto no puede estar pasando. No deberían existir estas injusticias en el mundo. No dejaré que lo lleven a cabo.
Me dispongo a levantarme para ir a hablar cuanto antes con Gepetto. Él los parará, o lo haré yo a base de plomo.
De repente, un estruendo suena por todo lo alto. Las paredes vuelan a pedazos a nuestro alrededor. Maia.
Mi instinto me grita que la proteja. A mi mujer. La tapo con mi cuerpo, estrujándola entre mi pantera y yo. Todo a mi alrededor está lleno de humo. No veo nada. Acaricio mi animal para comprobar que no le ha pasado nada. Su gruñido me lo confirma.
—¿Qué está pasando? —grita Maia.
No lo sé, pero lo sabré. Silbo a mi pantera para que se ponga alerta en el suelo. Saco mi arma de la espalda. Escucho a Maia toser. Apenas puedo ver nada a más de medio metro.
Al momento, todo nuestro alrededor se vuelve un campo de batalla. Disparos por todos lados. No sé de dónde vienen. Me choco con un cuerpo. Me pongo en guardia y, antes de que él pueda actuar, lo agarro por el cuello para adelantarme a su jugada.
—Soy yo, Pantera, soy yo —escucho la voz y aflojo el agarre—. Soy Ilario. Tenemos que protegerte.
Un grupo de hombres de los que estaban antes sentados me rodean poniéndose en posición de defensa con sus armas.
—¿Y Santoro? —pregunto para saber qué está pasando.
—Está bien. Protegido por la otra parte de nosotros. Están intentando sacarlo. Tenemos que salir de aquí —informa Ilario.
Le agarro la mano a Maia para pegarla todo lo posible a mí.
Se escuchan los disparos más cerca. Nos escondemos detrás de algunos escombros, porque seguir adelante sería un suicidio.
Me quito la chaqueta y se la pongo por los hombros a mi chica.
Espero su reacción y tener que volver a ponérsela a la fuerza, pero no pasa.
Supongo que estará muerta de miedo y procesando lo que está pasando.
—Eh, Pantera, ¿por qué no dejas a las crías y vienes y pruebas mi polla dándote por el culo? —grita alguien que reconozco.
Es el Bestia, de La Cosa Nostra. ¿Cómo pueden nuestros enemigos entrar en nuestro territorio tan fácil? Esa brecha de seguridad ha sido culpa mía. Debería estar más pendiente de lo importante. Gepetto les teme porque son los únicos con el poder suficiente para quitarles la corona.
Por cierto, ¿cómo saben que hemos hablado de niñas? Joder. Agacho la cabeza buscando respuestas en mi mente, un pensamiento se superpone a otro. Claro, tenemos una puta rata. Tienen a alguien infiltrado. Se ha estado enterando de todos nuestros planes.
Maldita sea.
Normalmente somos muchos más que ellos, les ganamos en efectivos, pero en este caso nos han cogido por sorpresa. No sé cuántos puede haber ahí fuera.
—¿Me quieres decir qué está pasando? —Maia, que está a mi lado, me enfrenta poniéndose muy cerca para que le dé explicaciones.
No tengo tiempo para esto. Ahora mismo hay que actuar, y hacerlo bien. Nuestras vidas dependen de ello.
—¿El gran Pantera tiene el rabo entre las patas? Sal aquí y demuestra lo feroz que eres —escucho de nuevo el grito del Bestia.
El maldito niñato me está poniendo de los nervios. Es lo que pretende, así que tengo que ser más inteligente y no entrar en su juego.
—Escúchame bien —le hablo a Maia—. Tienes que salir de aquí. Te irás con Ilario y yo intentaré distraerlos para que puedas marcharte —finalizo.
Ella me mira con el ceño fruncido.
—No pienso irme sin Cara, mi amiga —discute.
—¡Joder, Maia! Esto es más importante que cualquier mierda de esas que te montas en tu cabeza. Si crees que lo que estás viviendo es un infierno, como te cojan esos tíos, sí que lo vas a vivir de verdad —expongo cogiéndole el rostro con las manos.
Quiero memorizar cada detalle, cada peca, cada marca. Si esta es la última vez que la veo, que al menos me vaya de este mundo con su recuerdo.
—Te equivocas. No hay mayor infierno que este, y te prefiero a ti muerto. Pero si la única forma de escapar de aquí es muriendo yo, lo haré sin dudar —me contradice con la voz ronca.
—Tú no vas a morir. No pienso permitirlo. Y juro que te sacaré de ese monasterio. Pero antes tienes que seguir mis órdenes. Haz lo que te pido. —Le aprieto las mejillas para que entienda la urgencia de mi petición—. Por favor.
Al suplicarle esta última palabra, ella levanta las cejas. Su expresión cambia. ¿Está confusa?
—Volveré a por ti —prometo.
Al no saber si esta es la última vez que la voy a ver, me envalentono.
Junto nuestros labios. Ella se revuelve, intenta quitarse.
Sé que me odiará toda la vida, pero no me importa, tendrá que aguantarme.
No le queda otra. Es mía desde el momento en que supe de su existencia, pero no lo he comprendido hasta hace poco.
Para mi sorpresa, a mitad del beso, deja de intentar zafarse. Incluso podría decir que lo disfruta. Su mano me aprieta el brazo atrayéndome hacia ella. Invado su lengua con hambre, con la misma urgencia y necesidad que ella me provoca.
Con intensidad.
Con lujuria.
Con exigencia.
—Todavía te odio —suelta cuando me distancio de su boca, del paraíso terrenal.
—No lo dudo, y espero que siga siendo así. Prefiero eso a serte indiferente —afirmo.
Le acaricio el rostro, enrojecido por el deseo. Nuestra química es inevitable. Por mucho que ella intente evadirla, se nota, se palpa, y quema.
Le hago una seña a Ilario para que se la lleve.
Ella me mira por última vez, pero no veo rabia ni odio. Podría jurar que la noto preocupada, tiene las cejas un poco fruncidas y se queda mirándome con fijación hasta que desaparece de mi vista.
Volveré a por ti.
He tomado una decisión.
—Eh, Pantera. ¿Estás ahí o te has muerto del miedo? —grita Elio.
Esbozo media sonrisa. Me toca jugar, y en este juego siempre gano.
—Estoy pensando si le mando a tu madre tu cabeza en una cajita roja de regalo o la dejo colgada en mi puerta para verla todos los días y recordar lo fácil que fue mandarte a criar gusanos —me burlo con una tranquilidad amenazante.
No le ha gustado mi respuesta porque abre fuego.
Acabo de empezar una guerra. Y pienso salir vivo de ella.
Aun tengo que probar el paraíso en la tierra.
Y eso es Maia.