CAPÍTULO 28
VÍBORA
Lo odio con toda mi alma. Esa increíble seguridad y poder que desprende me crispan hasta el punto de llegar a mi límite.
Lo único que siento cuando me roza es desprecio.
Se repite en mi mente que es el culpable de todas mis desgracias.
Fue quien me vendió, quien destrozó mi confianza, quien me arruinó la vida.
Y todo lo que siento hacia esta organización criminal y sus integrantes se queda muy muy corto en comparación con lo que todo mi ser siente hacia Vito Rizzo.
Vivaldo coge una silla de una mesa apartada y la posiciona dando un golpe seco enfrente de nosotros.
Está rabioso. Genial. Eso sí que me gusta.
Al menos, podré vengarme un poco, aunque después me vuelva a tocar lidiar con sus celos enfermizos y aguantar otra violación.
No me importa, este momento lo disfrutaré.
Santoro carraspea antes de hablar. Traga saliva con dificultad.
—Bien. Vamos a planificar el cargamento de la próxima semana —expone el jefazo.
De repente se vuelve a hacer el silencio.
La pantera se sube a la mesa con su evidente elegancia.
Se pasea por ella abriendo sus fauces, mostrando sus dientes con amenaza ante todos los asistentes.
No se mueve ni un dedo. Están petrificados.
Es verdad que impone, pero yo, sin embargo, siento una falsa seguridad rodeada por los brazos de Vito.
Pienso que a mí no puede hacerme nada si no quiere hacerle daño a su dueño.
Aunque este podría echarme a ella en cualquier momento y despegarse de mí.
El animal se acerca a nosotros. Se pone delante de mí y su pelo me roza el pecho.
Esa cercanía me tensa hasta el punto de aguantar la respiración.
Vito la acaricia con cariño. La pantera se tumba sobre la mesa justo pegada a mi pecho, dándome la espalda.
Mi corazón late a mucha velocidad. Si un animal te da la espalda, ¿es por qué no eres una amenaza para él? No entiendo lo que está haciendo.
—Bagheera y yo te protegeremos, no tienes nada que temer —me susurra Vito al oído.
Ahora lo entiendo todo. Mi espalda pegada a él y mi pecho a ella. Aprisionada por los dos. Para ellos es protección, para mí es estar cautiva a la fuerza.
Le lanzo una mirada dejando ver mi odio.
—Puedes continuar —le indica Vito a Santoro en tono calmado. Hace como que no le importa mi gesto.
—Está bien. Lo que decía es que la semana que viene llegará un contenedor al puerto. Esta vez vamos a subir de nivel… —explica el jefazo.
Dejo de escucharlo porque noto una mano entre mis piernas. Vito me estrecha aún más contra él mientras pasea sus dedos por mi muslo interno. ¿Por qué se me acelera el corazón?
Trago saliva.
Desliza sus dedos por toda mi pierna, y al final de cada movimiento se acerca un poco más a mi sexo. Me quedo embobada mirando un punto fijo en la mesa, solo centrándome en lo que noto. La otra mano la tiene rodeada en mi cintura, dándome también caricias.
Me mojo los labios mientras intento descifrar lo que siento. Es la primera vez que me pasa esto. El siguiente movimiento roza mi ropa interior, tocando solo por milésimas de segundo mi sexo. Una punzada en mi vientre bajo me sorprende. ¿Qué cojones estoy sintiendo? ¿Deseo? No puede ser, lo odio.
Me siento observada y echo un breve vistazo alrededor.
Cara, sentada sobre uno de los hombres, me mira con el ceño fruncido.
Desde que entró Pantera por la puerta, mi atención solo ha ido a él y he dejado en un segundo plano a mi amiga.
Estamos enfadadas, pero eso no quita que no quiera nada malo para ella, y sigo muy pendiente de todo lo que le rodea por si le hiciera falta mi ayuda.
Los labios de Vito me besan el cuello de forma muy suave, muy dulce.
Mi mente desconecta de nuevo. Entreabro la boca.
Joder, me palpita todo el sexo. Esto… Esto es lo que sentía cuando hablaba con él por videollamada.
Terminaba corriéndome con los dedos mientras lo veía hacerse una paja a través de la pantalla.
Sentía deseo, excitación, lujuria. Hace años que no notaba sentimientos así.
Ha llegado a darme tanto asco todo lo sexual que no me acordaba ni que esto existía.
—¿Recuerdas lo que se siente? —murmura en mi oído.
Sus palabras me vuelven a la realidad. ¿Por qué hace esto? ¿Por qué me trata así, con cuidado?
—Te odio. Eso es lo que siento —respondo en voz baja girando mi rostro hacia él.
Nuestras miradas se encuentran, hay tensión, reproches y lascivia. Una intensidad que me quema por dentro. Se vuelve tan eléctrico que desparece todo lo de alrededor.
—Lo sé, pero también sé que te has puesto cachonda —se mofa en el mismo tono que antes.
—Ni lo sueñes —determino.
—Estoy seguro de que si meto el dedo aquí dentro —su pulgar hace gestos de arriba abajo sobre la tela de mis bragas— estarás empapada.
Y espero que yo sea el único que te haya hecho sentir esto.
Porque le quitaré la vida a cualquier hombre que no sea yo que te dé placer —sentencia en tono más duro que antes.
El movimiento me hace fricción en el clítoris, justo llenándome de un deseo que no me acordaba que ni existía. Lanzo un pequeño gemido sobre sus labios, que casi rozan los míos.
—Soy capaz de hacer que te corras aquí y ahora. —Encuentra con los dedos justo mi punto de placer e incide en él—. Hazlo.
Lo odio. No puedo hacer lo que quiere. Debo aguantar…
Todas mis extremidades se tensan. Me sube un calor de abajo arriba.
Creo que estoy a punto de llegar al orgasmo, creo que era esto lo que se sentía.
¿Por qué con él? ¿Por qué con el que más odio en esta vida?
Es cruel. Es un desgraciado. Pero estoy tan cachonda que siento que voy a explotar en cualquier momento.
No pasa nada por disfrutar de este momento. Me autoconvenzo para no sentir que me estoy fallando a mí misma. Es solo una vez. Solo ahora. Me merezco esto.
Sus ojos escrutan los míos. Me está viendo, mis intenciones, mis emociones, todo. Siento cómo se contrae mi vagina a punto de…
—Creo que nuestro invitado se está perdiendo datos importantes —levanta la voz Vivaldo.
Toda mi excitación baja de repente al darme cuenta de la realidad.
¡Me cago en la puta!
Bajo la cabeza. Noto las mejillas ardiendo. Sé por el tono que Vivaldo está que echa fuego de la rabia que desprende. Joder, ¿qué ha sido eso? Casi tengo un orgasmo, casi.
Santoro, que estaba hablando y su mano derecha lo ha interrumpido, nos observa con interrogación. Noto un leve movimiento en la espalda de Vito, enderezándose.
—No tengo nada que apuntillar al respecto porque me parece bien la forma de hacerlo.
Yo hablaré con el Don para darte los hombres que necesitas para la descarga del material.
El jueves por la noche, ¿no? —expone Vito mirando a Santoro.
Esa calma en el tono lo hace muy peligroso.
Creo que ha sorprendido a todos porque el jefazo asiente y los demás se quedan muy callados.
Estaba prestando atención a las palabras y lo ha demostrado—.
Pero veo que tú sí que prestas más atención a lo que no te incumbe que a tu propio trabajo, que debería ser lo primero —se dirige a Vivaldo en tono más amenazante—.
Puedo jugar con mi juguete todo lo que me apetezca.
¿O es que acaso a alguien le parece mal?
En ese caso, ya te digo que me paso por la polla lo que opinéis. Ahora, sigamos.
¿Juguete? La rabia me consume haciéndose por segundos más grande. ¿Quién se ha creído? Mueve sus dedos de nuevo sobre mi sexo y le agarro la mano para quitarla. Al notar mi enfado, tensa los músculos para no ceder ni un ápice en su gesto. Intento apartarla, pero es mucho más fuerte.
—Deja de intentarlo. Tienes a todos pendiente de nosotros. Tenía que decirlo, viborilla. Es por tu bien. No hagas más drama de ello —susurra en mi oído.
—Eres un hijo de puta. Te odio —asevero en el mismo tono.
Me muerde la parte superior de la oreja de forma muy sexy y cariñosa.
—Puede que me odies, pero serás mía en esta vida y en todas las que vengan detrás. Nunca, nunca podrás deshacerte de mí.
Sus ojos se clavan en los míos. Tienen un brillo especial.
Esa declaración me deja sin palabras. Ha sonado a amenaza, pero no sé por qué también noto que lo ha dicho como una declaración de intenciones.
Ni de coña pienso aguantarte toda la vida. O acabas tú conmigo, o lo hago yo contigo. Te lo prometo.