PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

PANTERA

Sorpresa, hijos de puta.

Las caras que veo al entrar son de pura estupefacción.

Parece que el tiempo se hubiera parado, porque no mueven ni un solo músculo del cuerpo.

Maia me mira con el mismo estupor que ellos.

Ni me fijo en el siguiente movimiento que hacen, porque no puedo apartar los ojos de ella, de la que me trae loco.

La que hace que cada vez me cuestione un poco más mis prioridades y mi forma de vida.

Mi vista se fija en las manos que aprisionan el cuerpo de mi chica.

Mi instinto me grita que los mate a todos, que coja lo que es mío por derecho y desaparezca.

Pero no lo hago. No puedo dejarme llevar.

Yo siempre he sido súbdito del control y la paciencia, y perder eso sería cavar mi tumba.

Porque la frialdad y el cálculo en este trabajo lo son todo.

Pienso en Bagheera, que entra detrás de mí y abre la boca relamiéndose. Está tensa, sabe que no estamos en familia ni a salvo. Le acaricio la cabeza para tranquilizarla bajo la atenta mirada de todos.

De nuevo mi vista se dirige a Maia, que ahora me observa con ese odio profundo que siente hacia mí. Lo entiendo. No sé si algún día podrá perdonarme.

La mano del imbécil se posa en su muslo. Eso crispa todos mis nervios hasta el punto que casi pierdo el control.

—Togli le mani da ciò che è mio[1] —levanto la voz con tono endurecido.

Muchos de los presentes enderezan la espalda. Eso es. Así me gusta. Que se vea a quién le deben la vida. Que se note el miedo. Que se postren ante su puto jefe.

Me humedezco los labios con prepotencia. Vivaldo quita la mano en un gesto rápido. Su forma de actuar haciendo movimientos tan veloces y dirigiendo la vista hacia su capo me dan a entender que está nervioso. Aunque intenta no mostrarlo, porque tiene el ceño fruncido. Menudo imbécil.

Santoro carraspea antes de hablar.

—No sabía que vendrías, Pantera.

—Me estoy empezando a cansar de explicar lo que creo que son lecciones básicas. —Avanzo despacio, con seguridad, hasta él—. Yo soy el Sottocapo. Te lo recuerdo por si, por alguna extraña razón, se te ha olvidado —mi tono es peligroso de lo calmado que sale de mí.

Sé que tengo el mando. Por lo tanto, haré uso de él y del poder que me pertenece.

—Con todo el respeto, a estas reuniones no tienes por qué asistir. Tratamos asuntos de mera importancia que no afectan a la familia —expone Santoro. Se levanta de su silla y todos los demás le imitan el gesto.

Así es, cuando el rey llega, todos se levantan en señal de respeto. Pero necesitan que les tire un poco más de la cadena para que recuerden que ahoga, que es peligrosa.

—Si tengo que asistir o no, lo decido yo.

Todo lo que pasa en este país me concierne.

Todo. Por mera importancia que tenga. Cada palabra, cada acto, cada billete, cada decisión, cada persona.

—Me pongo frente a él y enfatizo en la última palabra—.

El hecho de que esté aquí, ya os dice todo lo que necesitáis saber —me dirijo a todos con una seguridad alarmante.

—Lo siento. No era mi intención faltarte al respeto. —Santoro baja la cabeza en señal de sumisión.

Clavo la mirada en Maia, que está atenta a toda nuestra conversación. Sus labios entreabiertos me llaman con urgencia. Me fijo en su cuerpo tenso, deseoso de que le den mimos y lo hagan sentir como en el cielo. Yo puedo darle todo lo que grita con urgencia. Todo eso y mucho más.

—Si lo hubieras hecho —le susurro a Lamberto cerca de su oído para que sienta más miedo—, no te habrían salido esas palabras de la boca. Porque estarías muerto. —Giro mis ojos hacia él.

Sus pupilas se dilatan. Por instinto, él da un paso hacia atrás. No llega a retroceder mucho porque se encuentra con mi pantera en su retaguardia, que ha llegado con ese silencio que la caracteriza.

—Lo que es mío no se toca, no se ocupa y no se mira demasiado tiempo. Ya van tres errores, y tienes tres segundos para corregirlo —lo digo casi en un susurro que es, con exactitud, cuando más deben temerme.

Mi tono no deja espacio a la negociación y lo pilla a la primera, porque se quita dando dos pasos al lado. Mis ojos vuelven a ella, que es lo único que merece mi atención.

Avanzo despacio, sin apartar mi mirada de ella. Intenta leer mis intenciones; en un gesto leve frunce el entrecejo, supongo que pretendiendo adivinar lo que pienso.

Si supieras lo que lo único que me ronda la cabeza día y noche eres tú, Maia, me odiarías aún más. Mucho más.

Paso justo por el lado de ella, rozándole la mano como quien lo hace en un movimiento involuntario. El leve contacto me hace volver al pensamiento inicial de matarlos a todos. Adelantar nuestra libertad y jugarme todas las cartas por ella.

Me siento donde antes estaba Vivaldo ante la mirada de todos.

Tiro de la mano de Maia para obligarla a sentarse en mis muslos.

Ella se resiste milésimas de segundos, pero tengo más fuerza y cae por inercia.

Su cuerpo se tensa hasta el límite. Noto cómo apenas pesa, porque está aguantando para rozarme lo mínimo.

Ahogo una media sonrisa. Mi viborilla está más furiosa que nunca.

—Perfecto. Una vez que están claros los conceptos más básicos, podemos empezar. Adelante. —Señalo con la mano a Lamberto para que vuelva a sentarse—. Espero no tener que volver a dar explicaciones, nunca más. Ya van dos veces, la tercera se acabó la benevolencia.

El capo se sienta con el rostro pálido. Escondo una sonrisa de altivez. Me divierte oler el miedo.

Esto es lo que todos hacen cuando están en mi presencia: temblar, someterse y venerarme.

Porque todos me pertenecen.

Por derecho.