PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

VÍBORA

Han pasado varios días desde nuestro enfado.

Cara se cruza conmigo a veces por los pasillos y ni nos miramos.

Sé que tuve mucha culpa. Le grité sin razón y pagué mi frustración con ella.

Pero su comportamiento no ayuda. Ella sigue las órdenes de Vivaldo como una fiel lacaya, y yo no puedo seguir en esa línea.

Kaa ya no existe. Nunca he sentido estas ganas de matar, de mandar todo a la mierda y de actuar sin pensar en las consecuencias.

Cuando me secuestraron, al principio intenté quitarme la vida y también escapar, pero tenía miedo. Mucho. Ahora no siento ni una pizca. Sé lo que hay. Sé a lo que me enfrento. Y esa actitud obediente por el terror infundado de estos imbéciles ya no está.

Vivaldo ha seguido estos días aprovechándose de mí, de mi cuerpo.

Eso no puedo evitarlo. No puedo levantar sospechas.

Hago de tripas corazón y me dejo manosear y violar.

Cuando estoy en la soledad de mi habitación, pienso mi plan de escape.

Todos los días me escondo por el pasillo controlando los horarios de los guardias, intentando ver un hueco para escapar.

De momento no he encontrado un punto ciego.

Aparte, una vez que salga, tendría que desaparecer lo antes posible de los alrededores, y eso es más complicado.

No sé conducir y, aunque supiera, ¿cómo conseguiría las llaves de uno de los coches?

Camino de un lado a otro de mi habitación. Hace horas que se fueron los últimos rayos de luz. Vuelta a la oscuridad, pero ya no me asusta; sé vivir en ella. En realidad, sé sobrevivir en ella.

Entonces, la puerta se abre, volviéndome a recordar que yo no tengo privacidad ni decisión.

—Cinco minutos. Aséate. No nos hagas esperar —ordena Ilario, uno de los hombres de Vivaldo.

Asiento.

No debemos hacer preguntas. Ellos ordenan, nosotras obedecemos, sea la hora que sea y estés haciendo lo que sea.

Seguro que será lo de siempre, supongo. O me llevan con Santoro o a la reunión que suelen tener los del clan.

Si es con el jefazo, iré sola. Y si es para la reunión, supongo que veré a algunas de mis compañeras fuera también, entre ellas a Cara.

Sé que Vivaldo no es el que me reclama porque Ilario no habría dicho “no nos hagas esperar”, en plural.

Vivaldo no comparte cuando se trata de mí.

Paso de asearme. Tendrán que aguantar mi sudor y peste igual que yo aguanto la de ellos.

A tomar por culo. Me pinto los labios y me pongo un poco de máscara de pestañas.

Me recojo el pelo en una cola alta para que se me vean bien los rasgos.

Para que estos cabrones me miren bien mientras puedan.

Ya llegará el día que no puedan verla más.

Me calzo con las botas altas para mitigar el frío.

Elijo uno de los abrigos largos, esta vez el negro, a juego con mi ropa interior.

Es lo más apropiado, ya que estoy de luto.

Y no por estos hijos de puta, sino por Kaa.

Antes de salir, echo un breve vistazo al cajón, me queda poca coca.

Sopeso la opción de meterme un poco antes de irme.

Decido que no, quizá me haga falta otra ocasión y me siento con fuerza de voluntad suficiente para aguantar.

Además, tengo ganas de estar lúcida para observar y enterarme de ellos.

Lo mismo me dan alguna información que pueda utilizar en su contra.

Salgo al pasillo. Al momento noto el movimiento de algunas de mis compañeras saliendo al exterior. Es una reunión de negocios y nos quieren para entretenerse, como siempre.

El frío del exterior me golpea la cara. Mis compañeras se meten en una furgoneta negra que no pasa desapercibida de lo lujosa que es. Vivaldo a un lado, me observa con una media sonrisa. Finjo que no lo he visto y camino hacia el vehículo a paso ligero. Cuanto antes me quite de su vista, mejor.

—Eh, querida. —Se pone delante de mí el que se cree mi dueño—. ¿No me saludas? —Me levanta la barbilla para que lo mire a los ojos.

Odio ese gesto.

Lo odio a él.

Más incluso que a Vito.

Bueno, en realidad no.

Finjo una sonrisa amable, aunque creo que se me nota de lejos que no estoy cómoda. Mi pecho está tan acelerado de furia contenida que creo que me dará un infarto.

Acerca sus labios a los míos. Aguanto las náuseas. Otra vez no, joder. Me deja un camino de babas por alrededor de los labios. Qué asco.

Maldita sea.

Le sonrío de nuevo.

La calma vuelve a mi cuerpo en cuanto se va de mi lado para montarse en otro coche.

Bien. No se ha dado cuenta. Avanzo hasta la furgoneta y cuando me dejo caer en uno de los asientos de los laterales, mis ojos se encuentran con los de Cara.

Giro la cabeza para ver que no hay nadie mirándome desde fuera. Vivaldo no está a la vista.

Me limpio la boca con la manga del abrigo con un gesto evidente de repulsión. Mis compañeras me miran sorprendidas. Todas nos hemos limpiado, pero no de esta forma tan violenta y mostrando el rechazo de manera tan directa.

Ilario se asoma por las puertas de atrás de la furgoneta, abre sus brazos para cogerlas. Nos mira sin sentimientos, con una frialdad digna de la mafia.

Cierra las puertas, sumiéndonos en la más completa oscuridad, pero mis ojos brillan. No sé como acabará esto. Solo sé que no durará mucho más.

Todo el camino sin una sola palabra. Solo se escuchaban las respiraciones alteradas y alguna tos de haber enfermado. Nadie se atreve a hablar por miedo a que puedan escucharnos y tomar represalias. Están atemorizadas, lo comprendo, pero ahora ya no lo veo de la misma forma.

La puerta se abre para dar paso a las luces de la ciudad. Observo los edificios al salir y los reconozco: aquí suelen quedar otras veces. No sé dónde estaremos, ya que no me conozco la ciudad ni me lo van a contar, pero sé que estas fachadas las he visto cientos de veces.

La calle es estrecha, larga. Los pisos se alzan a ambos lados, altos, desgastados, con fachadas en tonos ocres y amarillos sucios; llevan muchos años en pie y se les nota a simple vista.

En una esquina, apartado, está el local al que vamos. La luz roja no es intensa, pero es suficiente para saber qué es. Parpadea de vez en cuando. La puerta es oscura, pesada, con un cristal tintado que no deja ver el interior. Aun así, sé lo que hay dentro. Lo sé demasiado bien.

Mis compañeras se mueven al instante, en fila, entrando a través de la puerta una a una mientras Vivaldo nos observa a un lado de ella. Bajo la cabeza para pasar todo lo desapercibida que pueda y avanzo detrás de ellas.

Espero alguna de las frases del imbécil en el momento que paso por su lado, pero gracias a Dios no llega. No me habla, pero veo de reojo cómo esboza media sonrisa. No me importa, lo único que quiero es que me deje en paz todo lo posible. Cada minuto de libertad y paz importa.

Al entrar por la puerta de La Nonna (La Abuelita), mi cuerpo se tensa. Puede ser por la mezcla de olores a humo, alcohol, sudor y sexo.

La luz es tenue, cálida, casi rojiza. No hay barrotes de baile ni escenarios llamativos. Hay una barra larga de madera oscura a la izquierda llena de botellas brillando bajo el foco. El camarero limpia vasos con calma.

En una mesa grande está sentado Lamberto Santoro, cómo no.

Se reúne aquí con decenas de tíos para hablar de negocios.

Este lugar está lleno de chicas de compañía.

No quiero llamarlas putas porque para mí no lo son.

Sí, les dan placer, pero no parece que lo hagan obligadas.

Da la impresión que lo hacen por elección, que es su trabajo.

Aunque tampoco he hablado con ellas y no sé si será así.

Nosotras, las que venimos de fuera, nos sentamos en los regazos de los tíos que nos eligen y cuando terminan de hablar nos llevan a unas habitaciones que hay en la planta de arriba para violarnos de mil maneras.

Por lo tanto, no nos dejan hablar entre nosotras.

A los lados de esa mesa grande hay algunas pequeñas, redondas, con sillones acolchados que son muy cómodos. Supongo que para los clientes habituales.

Todos los hombres se sientan alrededor del jefazo mientras un camarero les sirve bebida.

Nosotras nos unimos a las que ya hay aquí para formar una fila horizontal.

Nos exponemos para que ellos nos elijan y que beban mientras charlan y nos manosean.

Una mujer, que creo que se llama Rina, nos quita el abrigo a todas las que venimos de fuera.

Mi mirada se fija en Vivaldo, que está justo a la derecha de Santoro.

Él mira a su jefe esperando a que sea el primero en señalar a la que quiere.

Sé que está nervioso, porque si me elige a mí, no podrá hacer nada al respecto, y sé que le jode que otro me tenga.

No tengo elección, porque de ser así, aquí, pero si tuviera que decantarme por uno de los dos, espero que Santoro me elija para que, al menos, Vivaldo se muera de rabia.

Para mi desgracia, el capo elije a una de las del club.

Es normal, ellas le ponen dedicación a lo que hacen.

No me hace falta ser muy lista para saber que la próxima en moverse soy yo.

Vivaldo, al ser su segundo, me señala. Bajo la cabeza maldiciendo a su putísima madre mil millones de veces para mis adentros.

Vivaldo esboza una sonrisa de satisfacción cuando me siento en su regazo. Su mano se posa al momento en mi sexo. Frunzo los labios para tragarme la palabrota que tenía preparada, al filo de la lengua.

Aguanta.

Aguanta.

Queda poco.

—Estas reuniones me aburren. Me muero porque pase rápido y poder divertirnos luego, querida —murmura cerca de rostro.

Asco.

Náuseas.

—Nunca me cansaré de ti.

Son las peores palabras que he podido escuchar en mi vida. Siento que me ahogo. Mi pecho se aprisiona.

De repente veo mi salida muy muy lejos. Mis ojos se clavan en la puerta y nada más en mi cuerpo responde. ¿Prefiero que me peguen un tiro? Sí, estoy tan desesperada que lo aceptaría con gusto.

Mis piernas hacen el ademán de levantarse, pero apenas lo hago, ni se nota porque mi puerta de salida se abre de par en par.

Abro mucho los ojos.

No me lo puedo creer.

¿Qué hace aquí?

—Sorpresa —anuncia en tono burlón.

Vito acaba de romper mis escuadras.