CAPÍTULO 24
VÍBORA
Estoy tumbada en el suelo. La piel me arde en cada parte magullada, mi cuerpo es un mapa de golpes.
El frío se me mete por los huesos, pero aun así no me muevo.
Podría hacerlo si quisiera, aunque sería con mucho esfuerzo.
Pero una parte de mí, la que ya no sé si es mía o creada por el miedo, susurra que este es mi lugar, que podría ser peor, que podría haber sido una mala elección quedarme con Vito.
Porque a él no lo conozco. Lo único que sé con certeza es que me engañó, vendió y destrozó mi confianza.
Así que me repito que más vale lo malo conocido… Bueno, y ahí acaba el refrán para mí.
Aparto de la mente las imágenes dolorosas como en las que desde hace unas horas Vivaldo ha profanado cada parte de mí. Estoy llena de él, de orina, de semen, de saliva. No ha parado de repetirme que vivo por y para él.
Mi respiración es corta, temblorosa. Dentro de mi cabeza se mezclan el miedo, la confusión y una lealtad que no entiendo. Sé que debería querer huir, gritar, romper cadenas, pero no es el momento. Debo ser astuta y hacerlo cuando más me convenga.
Incluso así, tirada en el suelo helado, giro la cabeza y me obligo a ser fuerte, a no levantarme, porque tengo que trazar un plan. Quiero salir de esta más que nunca, pero no puedo hacerlo desde la impulsividad. Me avergüenza estar así. Tan humillada, tan maltratada… un verdadero despojo humano.
El mundo se vuelve borroso a mi alrededor.
Mi mente me convence de que este sufrimiento es pasajero.
Volveré a ser yo, a ser libre, a vivir. Me convenzo de que saldrá bien.
Y aunque no salga y tenga que actuar algún día sin tener un buen plan, prefiero estar muerta que vivir así lo que me quede de vida.
Escupo en el suelo con náuseas por tener la esencia de Vivaldo en la boca. ¿Cuánto aguante puede llegar a tener un ser humano? Estoy comprobando que mucho, por lo que veo.
La puerta se abre y mi dueño aparece inmaculado después de una ducha. Aún tiene el pelo mojado y el aroma a gel de cítricos. Y hasta así de “limpio” puede llegarme el tufo de su alma podrida.
Te pudrirás en el infierno, hijo de puta.
—Puedes salir. Tengo que irme, pero volveré mañana, querida —ordena poniéndose el reloj que había dejado en su mesita de noche.
Y sin una simple mirada o roce, se marcha, como si yo no existiera.
Por dentro mi corazón se expande abrazando la calma.
No más agresiones hasta mañana. Va a ser un buen descanso.
Espero con paciencia hasta que escucho sus pasos alejarse.
Me levanto poco a poco, con mucho esfuerzo, y rodeo en mi cuerpo el abrigo que está tirado en una esquina de la habitación.
Arrastro los pies hasta la salida. Apenas puedo moverme. Me duele todo. Cada hueso, cada músculo y cada poro de la piel.
En el pasillo, una ráfaga de aire frío me mueve el cabello. Mi olor se remueve y hago una mueca con la cara al producirme asco. Huelo mal, a mezcla de fluidos, sudor y sangre.
Aguanto la respiración mientras avanzo, creyendo que si no hago nada de ruido, nadie me verá. Cuando llego casi a mi puerta, suelto el aire contenido. “Menos mal”, pienso. No podría enfrentar a otro de ellos ahora mismo. No creo que mi cuerpo aguantara otro maltrato.
Es de noche, algunos deben de estar dormidos, otros vigilando y seguro que otros violando a las nuevas. Son unos putos salidos y depravados, parece que escogen a dedo a las personas que entran en la puta mafia. Si eres un calentón de mierda, estás dentro.
Entro en mi habitación cabizbaja. Lo primero que hago es buscar la bolsita de coca.
Creía que esto lo tenía superado, pero no.
Sabiendo que la tengo a mano, necesito probarla.
Sé que aunque ahora sea consciente de lo que me rodea, esto es lo único que puedo usar para sentirme un poco mejor.
Siento alivio cuando la veo en el lugar donde la dejé.
Me meto una raya y me desnudo echando el abrigo al cesto de la ropa sucia. Bastante ha dado ya de sí.
Abro el grifo de la ducha. Al momento noto una relajación mental extrema.
Las preocupaciones y los problemas desaparecen.
Siento que todo va bien y que no me importa nada.
Mi cuerpo deja de estar adolorido. Sonrío en la soledad confirmando que la droga me ha hecho el efecto que tanto necesito.
Sí, soy adicta. No me arrepiento, porque gracias a esto no he perdido la cabeza.
Agradezco que tengamos caldera, porque en pleno invierno y con frío no me imagino tener que bañarme en agua helada. El agua caliente cae sobre mi piel fría. Siento el contraste, el vapor sube, me envuelve, exhalo un suspiro profundo que llevaba reteniendo todo el día.
El calor se desliza por mi cuello, baja por la columna y me eriza la piel.
Los músculos se aflojan, la mandíbula deja de apretar, los hombros se me derrumban hacia abajo buscando calma.
Y sí, por un momento, pienso que no estoy en Nápoles que no soy una puta ni que estoy llena de moratones y heridas.
Mi mente se queda en blanco disfrutando de este momento. Me olvido hasta de cómo me llamo.
—¿Estás bien? —me sobresalta la voz de Axa.
¿Hace cuánto estoy aquí? He perdido la noción del tiempo.
Justo al momento, noto cómo mi mente se vuelve a acelerar.
Los problemas llegan de nuevo, los golpes duelen cada vez más, el agua caliente me produce un dolor terrible cuando toca las heridas abiertas, hasta el punto que tengo que girar el grifo para que salga el agua más fría.
Me giro hacia Axa. Tenemos prohibido estar en los cuartos juntas.
Solo podemos reunirnos en el salón a la vista de todos, y ella se está jugando un castigo por venir a verme.
Eso hace que suspire aguantando las lágrimas dentro de mí.
Eso, junto a toda la presión que ha vuelto de repente a mi cerebro, hace que no pueda respirar bien.
Todo el peso cae más fuerte que antes, siento todo de forma más brusca: los golpes, las humillaciones, los problemas, las violaciones, esta asquerosa vida de mierda.
Nuestras miradas se cruzan. Nuestra conexión es palpable. No hace falta que le diga con palabras lo que siento, porque se acerca a mí y me abraza con tanta fuerza y cariño que ya no puedo aguantar más esta presión. Lloro desconsolada, abatida, refugiándome en sus brazos.
—No estás sola —me recuerda. Axa me habla a la vez que me acaricia el pelo. Se mete en la ducha conmigo. Su ropa interior se empapa cayendo el chorro de agua sobre las dos—. Déjame que te cuide. —Me besa la mejilla con cariño.
Me giro quedando de espaldas a ella. Respiro hondo y el olor a jabón me llena el pecho con una sensación de bienestar. Ella me acaba de dar seguridad, cariño y comprensión. Porque no estoy sola, me ha abrazado y me hace ver con cada gesto y palabra que me entiende y que puedo contar con ella.
Axa me masajea el cabello, haciendo espuma con la fricción y poniendo mucho cuidado en ello. No solo me limpia por fuera, sino que me sana por dentro porque ya no siento tanto el dolor. Ella es la cura de mis heridas, superficiales e internas.
El placer no es solo físico, es mental. Es la sensación de estar a salvo dentro de este pequeño espacio cálido con ella mientras fuera el mundo sigue congelado y lleno de maldad.
Aquí no. Aquí el tiempo se ha detenido un instante, mis pensamientos se deshacen y lo único que existe es ella y yo. Me da la compañía que tanto necesito.
Mi amiga.
Mi salvavidas.