CAPÍTULO 23
PANTERA
Gepetto alza la barbilla un poco, dándome a entender que tiene el control de la situación. Es territorial. Está sentado en posición relajada. Su mirada es firme, aparentemente fría, no quiere mostrar ni un ápice de vulnerabilidad.
En cambio, la mía lo desafía. Lo miro con una rudeza que casi corta el aire, una mirada dura, afilada, lanzada para que él entienda quién lleva las riendas en este momento. Ahora ya no soy ese crío que obedecía en todo. Frunzo las cejas un poco, lo justo para marcar el enfado y dejárselo claro.
—Ven. Siéntate. —Me indica una silla cercana a la mesa donde está.
Hago lo que me pide solo porque yo quiero y me apetece.
—Yo también era así a tu edad. Impulsivo —expone en tono neutro.
No pienso que yo sea así. Es más, creo que no me conoce en absoluto.
Si fuera así, no estaría aquí. Habría quemado ya este edificio con él dentro mucho antes de que pasara lo de Maia.
Siempre he odiado que haga la vista gorda con lo del “hobby” de Vivaldo.
Lo de Maia solo ha sido la gota que ha colmado el vaso—.
Con los años aprendes a relajarte y a ser más comedido.
¿Sabes que en ese estado se te pueden pasar muchas cosas por alto?
—comenta en tono calmado. Levanto las cejas preguntándome qué quiere decir—.
Tengo una pistola debajo de la mesa, apuntándote.
Si hubieses estado centrado, te habrías dado cuenta incluso antes de sentarte —añade sin cambiar el tono.
Mi cuerpo se tensa. ¿Sería capaz de matarme ahora mismo?
¿Después de todos estos años? ¿Después de comportarse como un padre?
Nunca llegas a conocer a las personas del todo, o eso dicen.
Esto me hace reflexionar, y quizá sí que me conoce un poco más de lo que creía.
Sabía a lo que venía y ha leído mis intenciones desde que he aparecido en la acera del edificio.
Y aun así, no me muevo porque no tengo miedo, ni una pizca.
Él me mira.
Yo lo miro.
El desafío entre los dos se palpa con más intensidad que nunca. Está muy equivocado si cree que me rendiré a sus pies.
—Dispara —le incito con la misma calma.
Quiero ver si es capaz. Cuando supe que estaba en la mafia, me hice la idea de que no tendría jubilación. Algún día, en algún lugar, estaría mi destino. Si mi final está aquí, que sea mirándolo a los ojos.
Gepetto sonríe muy tranquilo. No se le nota nada la rabia como a mí. Él entorna los ojos y me mira con intensidad. Es el que controla las piezas del tablero, y lo sabe muy bien. Sus pupilas se dilatan y escucho el gatillo de la pistola.
Sin balas.
El golpe del martillo contra la recámara vacía resuena en mis oídos. Nada de estruendo ni explosión.
Exhalo un pequeño suspiro incontrolado. Una parte de mí esperaba justo esto, porque quiero creer que toda mi vida a su lado no ha sido una mentira y que hay sentimientos reales por su parte.
Pero por otra, sé de lo que es capaz, sé que vendería a su propio hijo porque años atrás vi lo fiera y lo frío que puede llegar a ser.
El Don levanta las comisuras de la boca y pone el arma sobre la mesa.
—¿Crees que sería capaz de hacerlo? —inquiere Gepetto mientras bebe de su vaso.
—Sí —respondo con la verdad.
El Don aparta su mirada de mí y la pone al frente.
—No me esperaba esto de ti. —Parece que sus palabras esconden decepción—. Pensé que te había dejado claro lo que eres para mí. Te he querido igual que quiero a Bella. Es más, los negocios pasarán a ti. Eres mi heredero. —Me echa un breve vistazo para seguir mirando al horizonte.
¿Heredero yo? Imposible.
—Tu heredera es Bella —replico.
—A ella no le gusta este mundo. Tú sí lo entiendes. Lo respiras. Te falta pulirte, nada más. La prudencia ya llegará con los años o con los errores —responde.
¿Tanto confía en mí como para ponerme de heredero?
Y yo pensando en traicionarlo. Una punzada me golpea el corazón.
Quiere darme su reino, lo que ha construido con tanto esfuerzo, sudor y sangre.
Nunca me ha dado motivos para desconfiar de él.
Siempre me ha protegido, desde pequeño. ¿Y qué hago cuando las cosas se tuercen?
Arremeter contra él. ¿Por qué? Porque eso es lo que hace la familia.
Ahora lo entiendo. Si no tuviera dentro de mí esa confianza plena en él, no habría venido hasta aquí a pedirle explicaciones.
Así que aquí estoy, esperando a que me diga cuatro cosas para calmarme como haría un padre con su hijo.
—Lo siento —digo al final.
No bajo la cabeza porque no pienso humillarme. Pero lo digo porque lo siento de verdad.
—Solo quiero que sepas que puedes confiar en mí y contarme lo que te ronde la cabeza, Vito. —Me clava una mirada fija.
Parece buscar en mi interior mis miedos y dudas, pero no le dejo.
Me levanto y asiento con la cabeza apartándole mi vista para cerrarle por completo mi interior.
Aunque no lo traicione a él, tampoco lo haré con Maia.
Si le hablo de ella y pido favores puede tornarse en mi contra.
No sé qué pasaría si le cuento lo que me ocurre con ella.
Quizá me enviaría lejos para evitar su contacto o me obligaría a maltratarla como hizo antaño.
O acabar con la raíz del problema, que sería matarla.
Porque él nunca antepondría una chica a su reinado.
Prefiero cargar con la culpa.
Prefiero enfrentarme al mundo entero.
Pero no permitiré que la raíz del problema sea ella.
Jamás.