CAPÍTULO 22
PANTERA
Aprieto el volante hasta que el cuero cede. Lo miré y vi que Vivaldo sonreía, ese gesto decía que estaba convencido de que había ganado la partida.
Se equivoca.
Tiene la cara de alguien que todavía respira porque yo se lo permito.
Le escupió. Y ella bajó la cabeza.
Eso fue lo único que me costó tragar. Porque matarlo allí habría sido fácil y estúpido. Todo lo que tengo lo he conseguido gracias a controlar la impulsividad. A mí me mueven los resultados.
Conmigo ella no ha bajado la cabeza ni una vez.
No se ha tragado ninguna palabra. Ha actuado y hablado tal y como lo sentía, con toda la razón del mundo.
Yo fui el eje de todos sus problemas, y que ahora tenga que ser otra persona distinta con otro solo por sobrevivir me quema. Me hiere. Me destroza.
Retiro las manos del volante. Las marcas de mis dedos han quedado hundidas en el cuero. Bien. Me gusta ver pruebas de lo que soy capaz de contener.
Por el retrovisor los veo esperar, quietos, en fila, como perros aguardando a que el depredador se vaya. Cuando desaparezco al final del camino, entran.
Pienso en la noche que le espera a Maia.
Tengo que apartar el pensamiento con rapidez de mi mente porque si sigo, sería capaz de volver atrás y mandarlo todo a la mierda.
Sus labios pedían más, estaba disfrutando del beso al principio, pero su actitud cambió y me empujó.
Me rechazó. Su coherencia volvió, aunque solo me hicieron falta los dos primeros minutos para saber lo que aún siente por mí. Lo he notado, lo sé.
Ella no me pertenece. Todavía.
Me echo a un lado en la carretera, me detengo en el arcén y pongo los cuatro intermitentes. Bajo del vehículo y piso la hierba mojada del relente invernal. Cruzo las manos en la nuca. Solo me alumbran los faros de mi coche.
El silencio me consume. Miles de pensamientos se cruzan empujándome a querer ver arder el mundo.
Estoy hecho un lío. No debería haberla elegido. No debería haberla besado. Ni debería haberme permitido marcar territorio, pero lo hice, y ahora no puedo retroceder.
Le doy patadas al parachoques del coche hundiéndolo. Grito dejando salir mi furia. Otra más. La violencia me calma en mi cabeza.
Tengo sed de sangre, por lo tanto buscaré pruebas para poder cargarme a alguien, y el premio le ha tocado a Lamberto Santoro.
Iré corriendo a mi casa y buscaré en el portátil todos los archivos. Seguro que tengo alguna prueba para ir en su busca. Primero me cargaré a su jefe, y el próximo será Vivaldo.
Esbozo una sonrisa triunfante.
Tengo un plan. Y voy a llevarlo a cabo. Voy a despejarle el camino a Maia. Pero lo haré con cabeza. Con razón. Para que sea libre.
Para que solo tenga que preocuparse de mí.
Me he pasado toda la noche delante de papeles y del ordenador buscando datos de Santoro.
Parece que lo tiene todo en orden. Golpeo la mesa frustrado por no encontrar nada a mi favor.
No puede ser que sea un tío legal. Todos los putos mafiosos tienen secretos y se mueren por el poder.
Son todos hienas esperando un fallo para subir al trono, así que algún secreto tiene que tener a buen recaudo.
Acaricio la cabeza de Bagheera, que se acaba de despertar. Me lame la mano con cariño.
—Estamos hechos del mismo material —murmuro.
Estoy desquiciado y obsesionado. Por un momento se me pasa la idea de mandar mi vida a la mierda y secuestrarla para mí, pero al instante la descarto. No sería imposible, pero no es suficiente.
Me encontrarían en poco tiempo. La mafia tiene ojos en todos lados y de ella solo se sale o entre barrotes o en una caja de madera.
Sin darme por vencido, me doy una ducha, me preparo un café y salgo a toda prisa para buscar respuestas.
¿Cómo habrá pasado la noche Maia? ¿Seguirá viva? Sí, estoy seguro. Si ese hijo de puta está tan obsesionado con ella, no la matará. Solo le hará daño y disfrutará follándosela.
Mi rabia aumenta por ese pensamiento haciendo que pegue un portazo al salir de casa.
El ascensor sube demasiado lento poniendo a prueba mi poca paciencia. Le doy toquecitos con el pie al suelo. El pelo aún mojado me cae sobre la frente. Mi apariencia es lo que menos me importa ahora mismo. Aparezco en la sala de operaciones como un huracán.
—¡Baloo! —grito en alto para que me escuche.
—Tienes cara de muerto —afirma al verme.
—Yo lo aparento, pero hay otro que ya tiene firmada su sentencia —contesto con dureza caminando a paso ligero con él a mi lado.
—¿Qué está pasando, Vito? —inquiere mi amigo. Me frena poniéndome la mano en el pecho.
—Búscame cualquier incidencia de Lamberto Santoro. El jodido capo no tiene ningún pago pendiente ni nada fuera de lugar. ¡Tiene que tener grietas! —le bramo rabioso.
Baloo entorna los ojos y al momento se da cuenta de lo que ocurre. No hay que ser un lince. Ayer me vio con Maia. Sabe que es una de las chicas del monasterio. ¿Y quién es el dueño de ese puto lugar? Bingo.
—Vito, por una tía no deberías jugártela. Hay muchas chicas que estarían dispuestas a cualquier cosa… —comenta Baloo con un poco de incomodidad.
Me acerco hasta que tiene que tragar saliva.
—No es una simple tía. Es MI chica —enfatizo la palabra—. Mía.
—Vito, esto te va a acarrear problemas —insiste muy serio.
—Problemas tendrá el que se atreva a tocarla y ya lo han hecho algunos. El primero en la lista es Santoro, el segundo el hijo de puta de Vivaldo. Haz lo que te ordeno, que es tu puto trabajo —ordeno con contundencia siendo duro.
Se queda inmóvil, impactado. No creo que nunca pensara que yo le hablaría de esta forma, pero es verdad, estoy desquiciado. Si para tener a Maia tengo que desmantelar el mundo entero, lo haré.
Camino con decisión hacia el ascensor para subir hasta la casa del Don. Es el siguiente al que quiero ver.
Pulso el botón. De lejos veo a Baloo aun mirándome con fijación. Sé que piensa que esto es un error, pero de momento trabaja para mí, así que debe hacer lo que le pido.
La puerta se abre dándome paso. Los guardias me saludan. Entro con decisión esperando encontrarme a un Gepetto furioso, pero para mi sorpresa, está en la terraza con un vaso de whisky y dibuja una gran sonrisa cuando me ve.
El siguiente movimiento es clave: decidirá quién sigue respirando.
Y no pienso perder.