CAPÍTULO 21
VÍBORA
¿Cómo te digo que prefiero quedarme con el tío que me vendió antes que volver a ver al imbécil que me viola y me ha “cuidado” todos estos años?
Soy de las más mayores en el monasterio junto con Axa. En cualquier momento podrían meternos una bala porque ya no servimos, pero Vivaldo no lo permitiría. Él me quiere, a su forma, pero lo hace, y gracias a él sigo viva.
Por eso, que esté pensando en quedarme con Vito antes de volver con él me produce rechazo hacia mí misma.
Debería ser más agradecida. Al fin y al cabo, este tío me sedujo y luego se deshizo de mí como el que tira la basura que ya no le sirve.
Aunque durante estas horas con él he estado vestida, alimentada y no libre, sí he dicho lo que quería, sin medir palabras, he actuado sin pensar y no he tenido castigos.
Mentalmente estoy muy cansada, pero porque estoy en guardia, pensando que en cualquier momento hará su jugada.
Aún no la ha hecho, y no sé qué significa eso, pero de momento creo que prefiero tratar con él.
El monasterio ya se hace visible ante mis ojos.
Vivaldo está en la puerta en postura recta junto con otros hombres armados.
Miro a Vito. Se le ve muy tranquilo para estar llegando a un lugar donde no es bienvenido, con una calma apabullante.
Aunque por lo que ya he visto y comprobado de él, a poca gente respeta.
Sería más como una pantera llegando a una cueva de lobos que serán su próxima carnada.
Frena el coche justo a unos metros de la entrada. Observo que no hay nadie atada fuera. Axa debe de estar dentro y eso me relaja. Tiro de la manilla de la puerta.
—¿No piensas despedirte? —pregunta Vito. Me sobresalta.
—¿Qué? —pronuncio llena de sorpresa.
Todos mis sentidos activan la alarma.
Creo que Vito no dejará pasar la situación. Ese tono calmado y burlón me dice que está tramando alguna tontería para empezar una pelea. Ya lo escuché antes, en el casino.
Me coge de la barbilla, me atrae hacia él y delante de la inquisidora mirada de Vivaldo me besa.
Siento los labios de él acercarse con decisión, cálidos, seguros, y encajan a la perfección con los míos.
El beso me envuelve, es profundo y lento, muy lento; me roba el aire y me acelera el corazón.
Noto sus manos sujetarme, acercarme más, y mi cuerpo responde solo, entregándose a esa intensidad que me hace olvidar por un segundo todo lo demás.
Es lo que tanto ansiaba cuando hablábamos horas y horas por videollamada. Y es tal y como lo imaginé.
Pero no del todo.
Porque detrás de este sueño hecho realidad, noto otra mirada clavada en mí, una que me tensa la espalda, y que me hace dudar si cerrar los ojos o mantenerlos un poco entreabiertos.
La presencia de Vivaldo me inquieta, noto cómo me observa y juzga.
Siento una mezcla de pasión y nervios, fuego en los labios por Vito y un nudo en el estómago por Vivaldo.
Sé que esto traerá consecuencias, pero mi cuerpo no quiere obedecerme. Responde a él. Después de todo, después de ser tan maltratada, mi corazón sigue latiendo por él.
¿Cómo puedo disfrutar de esto? Fue quien me destruyó la vida, y estoy dándole el placer de sentirse superior y de subir su ego. Porque sé que esto no lo hace por gusto. Yo no significo nada para él, y ese pensamiento levanta la coraza en mi interior.
Me separo de sus labios pegándole un empujón.
—No vuelvas a hacerlo —suelto enfadada limpiándome los labios con la manga del abrigo.
Hago el gesto queriendo, para hacerle ver el rechazo que me produce, aunque solo esté disimulando. Eso hace que Vito frunza el ceño y abra los agujeros de sus fosas nasales. ¿Estás enfadado? Pues jódete. Estás sintiendo una cuarta parte de lo que yo sentí cuando me traicionaste.
Tiro esta vez de la manilla con seguridad e inhalo profundo antes de salir. Quiero huir. Quiero que me arrastre fuera de aquí. Quiero que vuelva a besarme hasta que no quede nada de mí.
Qué estúpida soy.
Bajo la cabeza para Vivaldo, en señal de sumisión mientras camino hacia el monasterio. A lo mejor, si él ve que sigo siendo la misma Kaa y que le profeso respeto, no me pega. Pero lo dudo.
—¿Te ha gustado el beso? —Vivaldo me agarra de la barbilla y me obliga a mirarlo. Ese gesto hace unos segundos me ha producido placer, y ahora…—. Contéstame, puta —insiste muy enfadado.
Me escupe en la boca. Cierro los ojos por inercia. Extiende la saliva en mis labios con su mano de forma brusca. Me quedo muy quieta.
—Ya estás en casa. Quítate toda esa maldita ropa y espérame en mi habitación como ya sabes —me ordena fijando su mirada detrás de mí.
No siento alivio. Mi cabeza creía que volver era lo mejor, lo más seguro, pero una parte de mí hubiese querido que Vito se hubiese bajado del coche y me salvara de lo que está por venir. Porque he vuelto al sufrimiento y dolor.
¿Cómo puedo echar de menos a Vito? Quizá me merezca todo esto.
Me siento abatida y confundida por los pensamientos, es como tener el alma dividida en dos direcciones opuestas, y ninguna me da descanso.
Por un lado, un pensamiento me dice que estar con Vivaldo es lo más sensato.
Es lo que conozco. Siempre se ha dicho que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Pero ese pensamiento me cansa, me hunde, porque a cada día que pasa, siento que estoy al límite y que algún día moriré por una bala o por un mal golpe.
Y luego está el otro, igual de fuerte, pero distinto.
Me empuja hacia otro lado, me hace cuestionarlo todo, cambiar de opinión cada minuto.
Quizá Vito no sea tan malo, al fin y al cabo estas horas con él han sido paz y calma.
Me confunde, me hace sentir perdida, sin saber qué camino elegir ni qué emoción escuchar.
Lo he visto actuar, y es un jodido sádico. Pero no conmigo.
Es como estar en una habitación oscura donde cada vez que enciendo una luz, otra se apaga.
No sé si Vito sería lo que mi cabeza quiere creer.
No sé si es su verdadero yo el que he conocido estas horas, cuando me ha tratado con respeto, o está jugando.
He visto lo que es capaz de hacer, y no me tranquiliza en absoluto.
No sé si llorar, gritar o simplemente quedarme quieta esperando a que uno gane por sí solo. Me invade una sensación de derrota, una mezcla de tristeza, cansancio y frustración que nace porque ni yo misma me entiendo.
En fin, no hay salida, de momento.
Y aun así, cuando doy el primer paso hacia la puerta, siento la voz de Vito detrás de mí.
—Tócala —pronuncia las palabras con una calma letal— y te juro que ni el Don te podrá salvar de mí. Porque cuando marco a mi presa, no hay rincón del planeta donde pueda esconderse.
Levanto la cabeza sin querer. Vivaldo se queda rígido y no responde a su amenaza.
Vito no espera su contestación. Arranca el coche y se va. Y eso es lo que más me rompe: no me ha salvado, pero ha dejado claro que podría hacerlo cuando quisiera.