CAPÍTULO 20
PANTERA
Meter a Maia en un lugar así ha sido un error, lo supe en cuanto crucé la entrada del casino, pero cuando descubrí que intentaría escapar en cualquier momento, con esa valentía que no puede esconder, no pude dejarla atrás.
Me lleva al límite y, joder, eso me gusta.
En mi casa ya supe que estaba buscando una excusa para huir, por eso quiso venir conmigo.
Durante la extorsión, le dije que se quedara quieta porque dejo salir mi lado más oscuro en esas situaciones.
Quizá fui demasiado duro al obligarla a presenciar mis ejecuciones, pero no me arrepiento: así sabrá que no debe intentarlo más.
Espero que haya aprendido la lección. Aunque en realidad, lo dudo.
Me obligo a mantener la mandíbula tensa, el gesto duro. No puedo permitirme flaquear, pero la culpa me arde por dentro. Porque, pese a los años, pese a todo lo que hice, los sentimientos que enterré siguen respirando, agazapados, esperando el momento de salir.
He aprendido a ser frío, a no sentir, a mirar a las personas como piezas intercambiables. A las chicas que rompí las metí en un cajón mental que nunca abro. Con ellas puedo seguir adelante. Con Maia, no.
Ella lo desordena todo.
Me hace querer mandar a la mierda a mi Don, a La Camorra, a mi nombre. Me hace querer pedir perdón, y eso es imperdonable.
Odio lo que despierta en mí porque me vuelve débil, y solo ella tiene ese poder.
Mierda.
El móvil suena y ojeo el nombre en la pantalla del coche. Por regla general, él no suele llamarme justo después de una extorsión. Espera a que yo lo haga y le dé los datos necesarios, así que no creo que sea por esto, pero entonces ¿por qué será?
—Tienes que estar en silencio. —Miro a Maia preocupado por lo que pueda decir.
Esto no pinta bien. Me lanza una mirada llena de odio.
Recorro su rostro, lleno de moratones; en su cuello están apareciendo también manchas, y esas son mías.
Aparto la vista al ver mi fallo. Odio cómo la están tratando y voy yo y hago lo mismo.
Eso extiende aun más la culpa que siento.
Sé que esto tiene que estar siendo una pesadilla para ella.
Estará acostumbrada a los malos tratos, pero eso no quita que le siga doliendo y que sea la peor vida que podría haberle tocado.
Siendo yo el que la vendí, esperará de mí lo mismo, la misma actitud, pero no puedo tampoco hacer nada al respecto, no puedo salvarla.
No puedo pedirle perdón. Bastante he cruzado ya la línea.
Mi Don es mi prioridad. La Camorra es mi familia. Ella no debería tener sitio en mi vida.
Por mucho que deseara lo contrario.
Pulso un botón en el volante.
—Don —contesto al móvil hablando en manos libres.
Me incorporo a la carretera.
—¿Se puede saber en qué mierda pensaste cuando mataste a Zeno Rinaldi? —ruge tras la línea.
—Se lo merecía —respondo sin alterar el tono.
Veo a Maia tensarse.
—Quiero una explicación. Ahora —exige.
Suspiro.
“Me tocó los huevos”. Es simple, pero no puedo decirle eso.
—Me desafió. Manchó el nombre de La Camorra. Le recordé para quién trabajaba y no quiso recular —cuento omitiendo muchos detalles.
—Pero ¿qué pasó exactamente? —insiste.
Me conoce bien, sabe que soy de cerilla fácil, es decir, paciencia cero.
—Le dije que me iba a llevar a una de las chicas y se negó —maquillo lo sucedido.
—Eso no es lo que me han contado. Vivaldo ha venido a verme. Dice que te llevaste a su chica, que pudiste elegir a otra, pero te decidiste por la suya al final solo para joderlo —explica el Don.
Aprieto el volante.
Hijo de puta. ¿Por joderlo? La elegí porque me importa ella, no él.
Hay una pausa donde reina el silencio. Él está esperando una respuesta por mi parte, y está muy cabreado.
Oigo su respiración acelerada. Me lo imagino presionando con fuerza el teléfono móvil.
Pero no pienso ceder, porque si Vivaldo se cree que puede mandar al Don a reñirme como si fuéramos un patio de colegio, está muy equivocado.
Mi rabia aumenta por segundos y cuando eso pasa, digo o hago cosas de las que después puedo arrepentirme.
—Fui allí por tu orden —suelto con contundencia—. Me dijiste que cogiera a una chica, no especificaste cuál. Elegí la que consideré adecuada. Y si Vivaldo cree que puede darme órdenes a través de ti, quizá deba recordarle su sitio, igual que hice con Zeno —sentencio con tono duro.
—Vito, te dejo pasar muchos comportamientos, pero te estás pasando. No olvides con quién estás hablando —amenaza en tono serio—. Llevarás a esa chica de vuelta al monasterio y no quiero más conflictos con Vivaldo. Aquí se acabó esta conversación.
Cuelga la llamada.
—Joder. —Golpeo el volante con furia. La rabia me quema por dentro.
Al mirar a Maia está riéndose, como si quisiera hacer en ese gesto una burla. Si viera cómo soy en realidad, huiría lejos de mí. Esto no es ni una cuarta parte de mi forma de ser.
—¿Te parece divertido? A ver si te ríes igual cuando Vivaldo te viole esta noche. Crees que yo soy lo peor y tú sola te darás cuenta de cómo son las cosas. Te llevaré a tu querido monasterio —admito a mi pesar.
Entonces, su sonrisa desaparece de golpe. Mi amenaza ha surtido efecto. Ojalá estuviera equivocado, pero por desgracia es la verdad. Noto cómo su respiración se calma y su actitud altiva se esfuma. Se queda pensativa.
—Sé que no me das respuestas, pero igualmente voy hacerte una pregunta —murmura aún sumida en a saber qué.
—¿No te cansas nunca? —contesto más brusco de lo que pretendía.
Estoy al límite, pensando en huir, en llevármela lejos, en quemarlo todo. Si encima ella se comporta como una persona normal y deja su odio de lado, no respondo de mí.
Ella me mira con decisión. Cruza los brazos esperando otras palabras por mi parte. Pone toda su atención en mí.
—Habla —suavizo el tono.
—¿No te llamas Nick? —indaga.
Esbozo media sonrisa al pensar en esa pregunta tan tonta y mi cuerpo se calma en segundos. Eso produce ella en mí. Por supuesto, nunca le he dicho mi nombre real.
—No, me llamo Vito Rizzo, aunque todo el mundo me llama Pantera —anuncio.
—Pero tú me dijiste que te llamabas Nick.
—Se lo decía a todas, Maia. Era un sobrenombre para no decir el mío. Documentación falsa para engañar —explico.
Tomo el desvío hacia el monasterio. Acabo de caer en que es la primera conversación “normal” que hemos tenido. Sin segundas intenciones y con las explicaciones pertinentes.
—No se te ocurra decir más ese nombre —me pide cabreada.
—¿Por? —Giro a la derecha el volante.
—Porque mi nombre es Kaa —declara con decisión en la voz—. Si te escuchan llamándome así, me castigarán.
Fijo los ojos en ella y mi parte posesiva y oscura se despierta dentro de mí. Quiero matar a todos los que la han tocado. A todos los que la han roto. Incluido a mí. Ese no es su maldito nombre.
—¿Por qué Vivaldo tiene esa obsesión contigo? —inquiero. Necesito más información.
—Pregúntatelo a ti mismo. Pudiste elegir a cualquier otra. ¿Por qué yo? —contraataca.
Touché.
Pero no es la misma obsesión. Porque él solo te ve como su juguete, porque tienes una cara preciosa y un cuerpo espectacular, aun medio desnutrida. Y él antepondría a cualquier persona antes que a ti. Y yo... Joder, aquí estoy llevándote a tu puta jaula porque antepongo mi Don a ti.
Mierda. Sí que nos parecemos, y eso me produce rechazo hacia mí mismo.
Aparto la mirada y me centro en la carretera al sentir la humillación. Esta víbora acaba de morderme donde más duele.