CAPÍTULO 19
VÍBORA
No puedo dejar de mirar su perfil mientras caminamos. Alto, ancho de hombros, la mandíbula marcada. Se mueve con una calma absoluta. Su cazadora negra está impecable, ni una salpicadura. Nadie diría, al verlo así, que hace apenas unos minutos... que yo vi...
Vi cómo actuaba sin dudar, sin temblar. Como lo aplastó, cómo le apretó, cómo sonrió, como si se aburriera, mientras el otro se ahogaba en su propia sangre. Actuó con precisión, siendo frío.
Me gustaría olvidar lo que he visto, pero en mi cabeza se repite una y otra vez. Cosas que hacen que lo que Vivaldo hizo en su peor día parezca un juego de niños.
Nick es más cruel y despiadado.
No encuentro una explicación lógica de por qué se comporta así conmigo, y menos después de ver cómo es.
Me confunde. Odio que mi yo interior se fije en esos detalles.
En cómo se ha preocupado si tenía hambre; me ha dado ropa, utiliza un tono suave conmigo, deja que lo insulte.
Podría decir que incluso ha llegado a ser tierno en algún momento.
Cuando me trata, parece humano, cosa que no parecía hace solo unos segundos.
Su tono hacia mí tiene una suavidad que no encaja con nada de lo que he visto hacer.
Parece que conmigo fuera otra persona. Como si yo fuera una excepción y me lo dejara pasar todo.
Y eso es lo que más me aterra. Porque no sé que busca de mí, no tengo nada claro, y necesito respuestas.
De repente su frase se repite en mi mente.
“¿Tu hija sigue en Roma?”. ¿Se ha tirado a la hija de ese hombre?
¿Habrán sido novios? ¿O solo un ligue? Mi estómago se contrae.
Pensar solo en eso me produce arcadas. La rabia se hace presente, querría hacerle mil preguntas sobre ella.
¿Ha sido importante ella para ti? ¿Me olvidaste pronto?
¿Aún la quieres? Me odio al caer en los celos enfermizos que siento.
¿Por qué estoy pensando en esto en vez de odiarlo con todas mis fuerzas?
¿Por qué mi jodido corazón sigue latiendo por él?
Es un demonio, no hay nada bueno en él. No debo justificarlo. No.
Llevo demasiado acumulado. Y es mucho para aceptar. Y de pronto, no puedo más.
Me doblo hacia adelante, me zafo de su mano por primera vez, y vomito todo en la acera con brusquedad. Todo lo que vi, todo lo que siento, sale de mí en oleadas ácidas y ardientes. Las lágrimas me corren por la cara sin control.
Él se detiene.
No me dice nada. Solo se queda ahí, mirándome, sorprendido al ver mi reacción.
Entonces se agacha despacio, me aparta el pelo de la cara con cuidado, me está tratando con fragilidad.
—Tranquila —susurra, y su voz sigue siendo esa misma voz baja y calma—. Ya pasó. Estoy contigo.
Y yo, entre arcadas, pienso: “No. Nada ha pasado”. Y lo peor está todavía por venir. Estoy segura.
El mundo gira sin control en mi vista. Me siento muy mareada. No puedo parar de temblar.
Él sigue agachado a mi lado. No me insiste en acabar. Ni me regaña. Solo espera, siendo muy paciente, con una mano sostiene mi pelo hacia atrás.
Cuando por fin las convulsiones se calman, me pasa un pañuelo por la comisura de los labios con una delicadeza que me desarma más que cualquier grito.
Está siendo demasiado para mí.
Grítame.
Mátame.
Pero actúa siendo racional, consecuente con tus actos del pasado.
Por favor.
—Respira —dice en voz baja, casi un murmullo—. Por esto no puedes pertenecer a mi mundo. Por esto, tú y yo no nos parecemos en absoluto. Eres demasiado inocente. Y yo soy lo peor.
Levanto la vista. Sus ojos oscuros me miran sin parpadear y por un segundo creo ver un sentimiento parecido a la preocupación, pero sé que no es eso.
No puede serlo. ¿Cómo podría sentir eso por mí?
Me va a volver loca. ¿Cómo que no puedo pertenecer a su mundo?
Ya lo hago, soy una de las putas de La Camorra. ¿O es que quizá se refiere a otra cosa?
Se pone de pie despacio y me tiende la mano. Yo la miro como si fuera una trampa. No la acepto, no me fio. Me explotará la mente por intentar adivinar sus intenciones.
Él no insiste. En lugar de eso, se agacha de nuevo, pasa un brazo por debajo de mis rodillas y otro por mi espalda y me alza del suelo llevándome contra su pecho. Me coge en brazos con una facilidad que asusta. Me dejo porque no tengo fuerzas. Estoy a punto de desmayarme.
Su cuerpo es duro y desprende calor. Mi corazón late a mucha velocidad.
Me deja en el asiento de cuero con lentitud. Me acomoda como si estuviera colocando una posesión delicada y frágil. Me quita el pelo de la cara otra vez, me pasa los dedos por la mejilla y me coloca el cinturón de seguridad él mismo, ajustándolo con cuidado para que no me apriete.
¿Cómo puede tratarme así si antes me ha obligado a presenciar esa muerte tan horrible?
Lo odio. Porque con solo dos gestos se me ablanda el jodido corazón.
Porque no quiero pensar que me trata diferente.
No puede ser. Yo para él no soy nada, eso me ha dicho de palabra.
Y aunque sus gestos digan lo contrario, eso es lo que debería prevalecer.
Antes de montarse su pantera en el coche, Nick le acaricia la cabeza con cariño.
—Hoy has comido de más. Espero que no me dejes la casa echa un asco —se ríe al remover la cabeza de Bagheera.
Miro de reojo la boca de la pantera, que me observa con interés.
La sangre le chorrea como hace unas horas y cae sobre el asiento tapizado de color marrón.
Joder. Aguanto de nuevo las náuseas. En realidad hay sangre por toda la parte trasera del coche.
De antes y de ahora. Como si hubiera hecho una matanza.
Y es que sí lo ha hecho. Ha destrozado vidas.
Sin culpa ni remordimiento. Como un animal primitivo que es.
¿Estará pensando en hacer lo mismo conmigo?
Sus ojos amarillentos me traspasan la piel, haciéndome temblar de miedo.
—¿Estás bien? —Nick da un portazo al entrar en el vehículo que me sobresalta.
Joder, ya me imaginaba engullida por la fiera que tengo detrás.
¿Qué es eso de “Estás bien”? A ti qué te importa.
Necesito levantar un muro de hielo dentro de mí y no dejar pasar más ningún afecto por su parte.
No podrá romperme ni jugar conmigo. Debo ser fuerte.
No dejaré que me la juegue una segunda vez.
—Esa gente se lo merecía —se justifica cogiéndome la mano. Dejo que me la agarre—. Así es la mafia. Pero conmigo estás a salvo, Maia.
Conmigo estás a salvo.
Y una mierda.
¿Por qué hace como el que se preocupa por mi bienestar?
Debería maltratarme como todos, pero me llama por mi nombre, haciendo que todavía sienta más desprecio hacia él, porque esa chica ya no existe por su culpa.
No sé cuál será su plan, pero no participaré en él.
Solo pretende subir más su ego haciéndome daño psicológico, controlando mi miedo, haciéndome creer lo que no es y esperando para dar la estacada. Estoy segura de ello.
Si cree que bajaré los escudos, está muy equivocado. En cualquier momento, me tocará a mí sufrir sus atrocidades. Lo sé. La rabia vuelve a llenarme. No dejaré que me coja desprevenida.
—A ti te podría pasar eso también cualquier día —arremeto con odio.
—No. Yo soy el que decide quién sigue respirando. Y siempre será así —declara con evidente prepotencia.
El silencio que deja es peor que un grito. La frase se me clava en el estómago, pesada. Gira la cabeza hacia mí por primera vez y solo veo en sus ojos una peligrosa seguridad apabullante.
De repente, un móvil suena. En la pantalla del coche salen las letras del emisor de la llamada, “Don”.
Mierda, este sí es un pez gordo.
Nick sonríe solo un poco, pero mantiene una expresión tranquila en el rostro.
—Ahora guarda silencio, viborilla —murmura sin mirarme.
Y ahora entiendo, después de todo lo que he visto, con un frío absoluto recorriéndome la espalda y una certeza indudable, que el verdadero infierno no era el monasterio.
Es él.