PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

VÍBORA

El sonido del motor se vuelve un murmullo constante.

Estoy hipnotizada, sumida en mis pensamientos, mientras el paisaje cambia.

He evitado mirarlo todo el camino. A él.

No sé que pensar de Nick, no le pillo las intenciones.

No sé qué espera o qué busca de mí. Y sé con total claridad, que con él no podré usar la manipulación.

Aunque sea una maldita marioneta y me violen sin cesar en esta mafia, siento que tengo un poco de control dentro de todo.

Sé lo que le causo a Vivaldo y sé que puedo convencerlo de algunas cosas, como con lo de Haley.

Sin embargo, no sé de lo que sería capaz Nick.

Y aun así, no puedo evitar gritarle las cuatro verdades, como he hecho.

Aún no sé cómo es él en realidad. No conozco su verdadero ser. Me da la sensación de que se está conteniendo.

Por primera vez en mucho tiempo siento que no me hace falta la coca, y es una sensación liberadora.

Es como si hubiera vuelto a tener el control de mis emociones, de mi vida.

Él me ha hecho sentir. Me ha hecho llevar mis emociones al límite.

Creía que estaba muerta por dentro, pero me ha descuadrado por completo.

Aunque sea odio, rabia, incluso un poco de tristeza.

En definitiva, ha conseguido sacar al exterior distintas emociones.

Valentía, rebeldía, incluso comodidad al tener ropa puesta.

Sin hablar en todo el camino, adelanta coches a gran velocidad. Entramos por una ciudad, no sé cuál es. No es que haya salido mucho de ese monasterio para visitar Italia. Solo salgo para satisfacer a Santoro de vez en cuando, y este no es el camino. Ni idea de dónde estaré.

En un cartel leo Potenza. ¿Dónde está esto? Veo las calles llenas de gentío hablando y caminando deprisa de un lado a otro. Casas muy bonitas y clásicas se abren paso a mi vista. Las calles muy cuidadas, con árboles y arbustos puestos de forma estratégica para hacerlas aun más hermosas.

Está atardeciendo. La luz naranja se filtra en la fachada de las casas y les da un aire de comodidad y calidez. Imagino por un segundo cómo sería vivir en una de ellas. Llegar de la compra, tener familia esperándome, ver reír a mis hijos, cocinar con mi marido.

Mi pecho se acelera de nuevo al recorrerme toda la rabia. Nunca podré hacer eso tan simple. Nunca. ¿Tan caro es el precio que tengo que pagar por enamorarme siendo una adolescente? Mis compañeras del instituto tendrán su novio, sus citas, su trabajo. ¿Y yo? Yo vivo porque me lo permiten.

Es duro pensar que me quedan días de vejaciones y humillaciones y que en algún momento ya no serviré ni para eso y me meterán un tiro.

Mi mente se nubla pensando lo peor. ¿Y si es Nick el ejecutor de mi vida? ¿Y si todo esto no es más que diversión para él? ¿Y si está esperando el momento para hacerlo?

Podría escapar ahora mismo. No sé a dónde me lleva. Lo mismo es él quién vende a las chicas y me lleva hacia mi próximo dueño. Si no me ha matado ya, es la única opción que me queda: ser vendida. Estaré alerta, a ver si encuentro un momento para alejarme de él.

Cuando mis compañeras han intentado huir, les he dicho mil veces que era una jodida tontería, pero creo con contundencia que ahora sí hay una opción. Sí podría ser. Podría liberarme. Solo tenía que esperar el momento, y ha llegado.

En uno de los cruces, Nick gira a la derecha y aparca junto a un gran casino. Se desabrocha el cinturón.

—No salgas del vehículo —ordena en tono duro.

¿Qué? Una alarma suena sin cesar en mi mente. ¿Cómo que quedarme sola? Si me encierra en el coche, no podré huir. Mierda. Tengo que actuar.

Le agarro el brazo antes de que pueda salir.

—No te desharás de mí, imbécil. O me llevas contigo o te destrozo el coche —amenazo mientras le clavo la mirada sin un ápice de duda o miedo.

—Maldita niña caprichosa —resopla—. Está bien, pero no te separes de mi lado y sigue todas mis indicaciones —ordena en tono duro.

Al salir del vehículo, veo a Nick abriéndole la puerta a Bagheera.

La calle está vacía y el silencio consume cada rincón.

Al parecer, esta parte de la ciudad es la más solitaria, ya que estamos casi a las afueras.

Salen hombres de varios coches aparcados delante de nosotros.

Los cuento y son muchos. Demasiados. Me detengo cuando Nick me lanza una mirada que corta el aire.

Bajo la cabeza para parecer sumisa y me pego a su costado.

Primero veré cómo son esos tíos y si son más peligrosos que él. Debo calcular cada acción y palabra.

—Baloo —saluda Nick a uno de ellos—, que sepan que estamos aquí, como siempre.

Observo la fachada del casino. Tiene luces de neón en el cartel de fuera y grandes columnas en la puerta. Unos escalones de piedra en la entrada indican que no está a ras del suelo.

—¿Qué hace ella aquí? —me señala el tal Baloo.

—Para ti no existe. Es mi asunto —declara muy serio.

—¿Es una de las putas de Vivaldo? —retoma Baloo.

Joder, esa definición duele. No tengo ningún valor para ningún ser humano de aquí. Me duele que me ninguneen tanto. Por muy fuerte que quiera parecer, a todos nos gusta sentirnos válidos.

Nick se acerca lo justo para que Baloo retroceda sin darse cuenta.

—Es mía, no suya —el tono no admite réplica.

¿Suya? ¿Cómo que suya? Si Vivaldo lo escuchara, lo mataría.

—Te estás metiendo en un problema —parece que Baloo no teme a Nick.

—Me gustan los problemas. —Nick esboza media sonrisa.

Pone recta la espalda y levanta la barbilla dejando ver su ego más grande que una catedral.

Baloo niega con la cabeza, pero no sigue con la conversación. Sacan las armas y todos accedemos al interior del casino.

—Pégate a mi espalda y no levantes la cabeza —me susurra Nick en el oído provocándome un escalofrío al tenerlo tan cerca.

Obedezco sin rechistar porque quiero seguir viva y analizar cuál es el mejor momento para escapar.

Me quedo cerca de él. Sus zapatillas de deporte son bastante grandes para mí y me cuesta caminar con sigilo.

Tengo que arrastrar la suela. No llevo bragas ni sujetador.

Los tendí allí después de lavarlos, dejando que se secaran sobre el lavabo.

Sin embargo, con el chándal, me siento menos expuesta que nunca.

Suspiro con disimulo. No quiero que mi mente piense que estoy bien.

Me está traicionando. Siento mucho odio, mucho, pero es que el muy cabrón ha hecho que estas últimas horas me sienta un poco más libre y cuidada.

Sigo pensando que puede ser una estrategia para romperme.

¿Qué mierda le ha dado a este conmigo? Sería todo más fácil si me tratara como todos hacen.

Nick se frena justo después de entrar y la pantera se pone delante de él.

Saluda a alguien. No seré una fisgona asomándome, podría ponerme en peligro.

Me quedo encogida a la espalda de Nick, haciéndome muy pequeña para no ser vista.

No sé con qué tipo de hombre se va a enfrentar.

Tengo claro que esta no será una visita amigable.

El casino está vacío de clientes porque aún sigue cerrado al público.

Supongo que abrirá un poco más tarde. Echo un vistazo poniendo atención a posibles salidas para dar forma a mi plan de escape.

Aquí será complicado, porque hay hombres armados por todo mi alrededor.

—Pantera —dice una voz—, deberías avisar.

¿Pantera? ¿Se lo dice a Nick? ¿Así lo llaman?

—No necesito permiso, Paolo. El último que lo pidió terminó sin garganta. ¿Te acuerdas de Zeno?

Joder, Zeno. Sí, su piel abierta en canal y a Bagheera relamiéndose. La imagen viene y la revivo de nuevo en mi mente.

—¿Por eso traes a una de las putas? —lo vacila Paolo.

Escucho las risas de uno de los hombres de él.

Dos bandas enfrentadas apuntándose con pistolas.

Ahora me arrepiento de haber venido. Quizá mi muerte esté escrita para hoy y no vuelva a ver la luz del sol.

Mis piernas tiemblan. Sigo con la cabeza baja pegada a la espalda de Nick.

Al oír cómo se dirigía a mí, mi frente choca contra su espalda ancha.

—Venía con positivismo, Paolo. Cobraría lo que nos debes y me iría habiendo cumplido mi trabajo y sin derramar una gota de sangre —su tono es suave y hace una pausa de unos segundos—.

Pero viendo lo imbécil que eres, tendré que partirles las piernas a esos dos —señala con el dedo—, cargarme a ese de tanto reírse —señala más a la izquierda— y a ti darte una lección —su dedo termina en Paolo.

Joder.

Qué puto miedo.

El ambiente se nota cargado. Su dedo acusatorio ha señalado el destino de estos hombres, adueñándose de sus vidas.

El silbido que escucho al momento es como un disparo de salida.

La pantera se lanza a por alguien. Observo la escena sin poder evitarlo, porque, joder, ese animal impresiona y es una maravilla verlo en acción. La pantera le arranca el brazo al tío que está al lado de Paolo mientras Nick no se mueve en absoluto.

—Si disparáis, estáis todos muertos —amenaza este muy serio de nuevo.

Los hombres que habían levantado las armas bajan de nuevo los brazos. Al parecer con unas simples palabras, mi carcelero consigue todo lo que quiere. Entiendo el terror que se les instala en el rostro a todos los presentes.

Me cuesta tragar saliva viendo cómo la pantera devora a los dos hombres que aseguró Nick que iban a morir.

Es un espectáculo sangriento y elegante a la misma vez.

Como si el animal bailara una danza de la muerte, arrancando extremidades y devorando todo lo que le ordena su dueño.

El grito de uno de los hombres deja de ser audible en cuanto la pantera le clava las zarpas en el rostro.

Qué ferocidad. Qué maravilla. Es arte cruel y control absoluto de la situación.

—Quédate aquí —Nick se gira un poco para hablarme.

Sus ojos me miran con intensidad, incluso me roza un poco la mano con la suya. Ese tono feroz que ha utilizado con ellos ya no existe. Que actúe de esa forma conmigo, tan protectora y dulce, me jode más, porque mi estómago pega un vuelco que no debería pegar.