PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

VÍBORA

Me desarma. No entiendo por qué me alimenta, por qué me viste como si le importara mi bienestar. Debería tratarme como los demás, como si fuera un cuerpo vacío, un trofeo roto.

En el monasterio solo hay ropa interior y comida contada por ellos. Nos rompen para reconstruirnos en silencio, en obediencia ciega. Y encima debemos estar agradecidas por las migajas.

Psicópatas.

Pero Nick, él me ha dado ropa y comida grasienta. No puedo estar más confundida. Limpio su casa y él me observa con una seriedad tallada en piedra; luego me habla con palabras cortantes como cuchillas, con indiferencia. Entonces, ¿qué está pasando? Me va a volver loca.

¿Por qué yo?

Sigo sin saber la respuesta. Me arrastró a este infierno igual que a las demás.

Eso no me hace especial. Hace un rato, mientras comía, creo que se me ha insinuado.

He perdido práctica en el arte de ligar, pero juraría que lo que ha dicho de “comer lo que me gusta” se refería a mí.

Si es así, ¿por qué no lo hace? Para eso sirvo, es mi trabajo.

Quizá cuando me vio allí fuera, atada, le gusté más que Axa para tener una relación sexual, y lo mismo después cambió de opinión.

Mi mente va a mil por hora sobrepensando toda esta mierda.

O quizá solo quiere romperme de otra forma muy retorcida.

Con psicología oscura. Ya no sé qué pensar, pero lo odio tanto que es insoportable.

Tanto que se me oprime el pecho, porque, joder, no quiero reconocerlo, pero me sigue doliendo lo que hizo.

Sigo sintiendo su engaño como si me lo acabara de hacer.

Mi corazón se niega a ser indiferente y, sin querer y de forma involuntaria, me sigue importando. Y me odio por ello, más que a él.

Nick está ojeando un trozo de mapa, escribiendo apuntes en una libreta sin parar. ¿A qué se dedica? ¿Qué cargo tiene como para que haya podido matar a Zeno y no haya tenido ninguna consecuencia? Debe tener poder.

Lo conocí cuando tenía solo dieciocho años, o eso me dijo.

A saber si era verdad o tan solo era el cebo para las chicas.

Ha llovido mucho desde entonces. Si lo hizo todo tan bien, supongo que le habrán ascendido y ahora será el que maneje toda esta mierda a su antojo.

Pensaba que él seguía en ese trabajo. En verdad, a las chicas que han ido llegando no les pregunté nada sobre él.

Lo supuse y, por lo que veo, estaba equivocada.

Tiene que haber otro chico embaucándolas. Otro más joven.

No puedo evitar mover la pierna dando pequeños golpes en el suelo.

Las manos me sudan. ¿A qué estamos esperando?

Cuando Vivaldo llegue y vea que no estoy se enfadará mucho.

¿Qué me hará esta vez? No es culpa mía. Nick me eligió y yo no tuve nada que ver, pero eso él no lo comprenderá.

Es de cabeza plana y toda la culpa siempre me la echa a mí.

Sé que pagaré muy caros los caprichos de este tío.

—No puedo concentrarme si sigues mirándome —gruñe de pronto.

Resoplo.

—Que te jodan —susurro en voz baja para que no me escuche.

Pero creo que sí lo ha hecho, porque observo cómo su comisura se levanta.

Recoge la mesa con movimientos rápidos y ordenados.

—Tengo que salir. Y tú, viborilla, vienes conmigo —me informa reuniendo las llaves, móvil y cartera—. Nos llevamos a Bagheera —refiere.

Bagheera. ¿Así se llama la pantera? Y ¿qué coño se cree hablándome así de déspota? Me revienta que me diga ese apodo. Además, ¿salir a dónde?

—A mí no me das órdenes. No pienso moverme de aquí —suelto con decisión.

Nick me clava la mirada. No está muy contento. Observo cómo se le hincha una vena del cuello.

—¿Prefieres que te rompa de formas que no puedes ni imaginar? —su tono es duro.

Y, por alguna razón enferma, noto una punzada en mi vientre bajo. Quizá no hable de sexo, pero mi mente ha pensado eso de forma retorcida. Mi boca se seca y he dejado de respirar sin querer.

—Joder —maldice mirando mis labios con intensidad—. Vamos, coge tu abrigo.

Me levanto deprisa, como si me fuera la vida en ello. Me ha vuelto a sorprender y me cuesta pensar y saber qué movimiento debo llevar a cabo. Desmonta mis barreras mentales con solo pocas palabras.

Cuando me doy cuenta, ya he cogido la gabardina que estaba colgada en una percha junto a la entrada y me la amarro fuerte. No puedo pensar. Me odio. Lo desprecio y aun así mi cuerpo me traiciona una vez tras otra. Qué imbécil soy. Bajo la mirada, acumulando de nuevo valentía.

Nick silba abriendo la puerta de coche. La pantera sale corriendo de entre la maleza y se sube sin apenas hacer ruido. Camino con lentitud hasta el otro lado de la puerta trasera. Todavía estoy procesando todo lo que está pasando. Antes de abrirla, Nick me habla.

—Ponte delante —ordena.

Obedezco porque mi mente ahora mismo no funciona. Estoy en shock. ¿Cómo he podido sentir eso? ¿Cómo puede gustarme el diablo personificado? ¿Cómo puedo ser tan tonta de seguir sintiendo por la persona que me traicionó? Pensaba que era más inteligente y que me valoraba más, pero veo que no.

Me siento a su lado. Él pone la calefacción al momento y su brazo me roza la pierna cuando abre la rejilla de mi lado del vehículo para que me dé el aire caliente.

Me encojo sobre el asiento. Su contacto me hace estar en tensión.

Puedo enfrentarme a golpes, a humillaciones, a amenazas.

Pero no a este trato. A que haya tenido detalles, a que se insinúe como cualquier chico haría con una chica que le gusta.

¿Por qué cojones no paro de pensar en las cosas buenas que me ha hecho?

¿Y por qué prevalecen más que las malas?

¡Me engañó! ¡Joder! Que estoy en la maldita mafia. Que me han violado y pegado.

La cabeza me va a estallar. Habría preferido mil veces que me follara al llegar, porque esta situación me está matando. Estoy tan confundida y dolida que por primera vez en mucho tiempo tengo ganas de llorar.

Esto tiene que tener trampa. No puede ser verdad que el culpable de mi desgraciado destino sea el que mejor me haya tratado hasta el momento.

Esto no es salvación.

Es otra forma de romperme.

Tiene que serlo.