PANTERA (MAFIA ITALIANA nº 1) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

PANTERA

Trazo una cruz roja sobre el mapa y anoto la fecha con contundencia. El casino Montecruz ha agotado el crédito. Dos impagos no son un error, son una prueba. Paolo Ricci saldará la deuda o desaparecerá con su casino. No habrá tercera oportunidad.

Cierro la libreta. Me guardo la navaja con la que estaba jugando en el bolsillo trasero del pantalón. Luego avisaré a Baloo para que mueva a los hombres. Al Don le gusta la previsión; sin embargo, yo prefiero la ejecución.

Hay varios clanes repartidos por el sur de Italia y todos nos deben dar un porcentaje de sus negocios. Eso fue lo que se firmó cuando el Don cogió el mando. A cambio, todos somos una familia, no nos metemos en los asuntos que no nos conciernen y nos respetamos y protegemos mutuamente.

La Camorra se ha tirado muchos años mordiéndose entre ella, cada uno iba a lo suyo y había muchas guerras entre ellos por poder.

Gracias a Gepetto se dieron cuenta de que el verdadero problema es La Cosa Nostra, la mafia que gobierna el norte de Italia.

Ellos ya no entran aquí porque saben que respondemos juntos.

Tenemos el poder. Y aunque a veces nos toca recordárselo, nuestro imperio no se destruye con facilidad.

De reojo la veo. Maia está de rodillas, frotando la sangre del suelo. De vez en cuando me observa cuando cree que no la miro. La furia no se le ha ido, sigue ahí, en cada mirada que me lanza.

Se apoya un momento en la pared. Está cansada, no ha comido. Me imagino en las condiciones que la tendrán en aquel zulo.

Me levanto y dejo caer el mapa sin cuidado. La cocina está a dos pasos. Abro la nevera y saco lo que hay: pan, un poco de fiambre, tomate, y unto un poco de mayonesa. Creo que es suficiente.

Dejo el plato frente a ella.

—Es lo que hay. Come —ordeno.

Me mira como si le hubiera ofrecido un arma.

—¿Le has echado veneno? —inquiere con los ojos entornados.

Su sorpresa cambia a desdén y asco. Tengo que ahogar una risa. Me estoy volviendo fan de sus comentarios.

—Si quisiera deshacerme de ti, ya lo habría hecho, y no con veneno —aseguro.

—Entonces lo que quieres es confundirme y que baje las defensas —responde—. Pero te advierto que nada hará que cambie de opinión y te meta bajo tierra.

Suelto una risa breve. Esta vez no puedo evitarlo.

—¿No te cansas de soltar tonterías? —me burlo—. Come —repito en tono serio.

Se lo piensa unos segundos. Al final, supongo que el hambre que tendrá tira más que los propios sentimientos de venganza, porque se sienta a la mesa y se come el primer bocado con ansias. Preparo un vaso con zumo y luego se lo pongo al lado del plato.

Ella me observa con el ceño fruncido.

—¿Por qué haces esto? —dice al fin señalando el plato—. ¿Por qué actúas como si nada hubiera pasado?

No contesto de inmediato. Tengo que pensar muy bien mis palabras. No puedo darle poder y opinión sobre esto. Me apoyo en la encimera.

—Porque aquí mando yo —respondo— y porque te conviene estar en pie.

No puedo darle más explicaciones. No puedo ceder.

Intenta esconder el rostro. En su mente estará llenándome de insultos.

—¿Sabes el puto infierno que estoy pasando por tu culpa? Me engañaste —explica—. Te quería. Me jodiste la vida.

Esas palabras me hacen más daño que mil puñales clavándose en mi piel. Cierro los ojos un instante y me obligo a ser frío. Ya no hay vuelta atrás.

Le sostengo la mirada, y no me justifico. No debo hacerlo.

—Si quieres odiarme, hazlo. Pero come —ordeno recomponiéndome sin exteriorizarlo.

Se pone en pie con rapidez.

—Te odio. Me engañaste. Yo te quería, ¿sabes? No solo me fallaste, sino que me rompiste el puto corazón. Nunca volveré a confiar en ti —declara con un odio profundo en el tono.

—No te lo he pedido —añado sin sentimientos en el tono.

Nunca pido perdón. Quizá sea lo que hace falta en esta ocasión, pero es que no sé ni por dónde empezar. Todo esto me viene grande. Me he criado corriendo por el bosque con mi pantera. ¿Cómo se actúa siendo un caballero? ¿Cómo se trata a una mujer?

Se sienta a la mesa de nuevo. Se recompone poco a poco a base de rabia. Bien. La rabia mantiene viva a la gente. Y la necesito muy viva.

Podría decirle que no hay vuelta atrás, que aunque no haya podido olvidarla, no romperé todo lo que he pegado con tanto esfuerzo, que ella no puede estar en mi vida.

Sería honesto. Sería fuerte. La mandaría de vuelta a su infierno, sí, pero también me mantendría entero.

O eso me digo. Porque en el fondo sé que ella sufriría y yo cargaría con esa nueva culpa encima de la vieja.

Pero al menos no traicionaría a los míos.

Al menos no defraudaría a los que me han cuidado.

Por otra parte, me importa una mierda todo lo demás.

La cogería de la mano, nos subiríamos a un coche y no miraría atrás, eso es lo que de verdad quisiera.

Dejar atrás la culpa, la familia, las promesas, el hombre que intenté ser después de joderlo todo.

Empezar de cero, solo nosotros dos y Bagheera, e intentar borrar el pasado con kilómetros.

Sería egoísta. Sería cobarde, quizás. Pero también sería libre.

Sentiría su piel sin remordimientos, la miraría dormir sin pensar en lo que dejé atrás.

Viviría con ella lo que no supe vivir antes.

Pero eso es imposible porque ella no podría perdonarme. Lo sé. En su mirada vi la sentencia. Ese odio no desaparecerá y tendré que vivir con ello.

Recojo el mapa del suelo y lo dejo en la encimera. Enciendo la televisión. Necesito olvidarme de ella, pero mi propia mente me lo impide. Bagheera ruge al despertarse de su siesta. Le abro la puerta y sale corriendo fuera con la elegancia que la caracteriza.

Maia se ha quedado inmóvil al verla moverse.

Su rostro está pálido. Un hilo de mayonesa se le cae por la mano con lentitud sin ella darse cuenta, ya que está inmersa en la salida veloz de mi pantera.

Me acerco, deja la comida en el plato y ella traga con dificultad.

Mi pantera le da respeto. ¿Cómo se hace para no fallarle a tu mente?

Porque, joder, me la follaría ahora mismo.

Solo de pensar que ese hilillo es mi semen, se me pone tan dura que no puedo disimularlo.

Cojo su mano temblorosa y la levanto hasta mi boca.

Lamo la mancha de mayonesa en el lateral de su palma desde abajo hacia arriba. Parpadea dos veces muy seguidas.

—Todavía estoy pensando si comerme o no lo que tanto me gusta —le insinúo sin poder evitarlo.

El aire se tensa a nuestro alrededor.

Cuando nuestras miradas se cruzan, por un instante, el mundo parece quedarse en silencio.

Siento un pequeño vuelco en el pecho, una chispa que grita deseo.

Hay una mezcla de nervios y excitación en mi interior.

Un “quiero acercarme” luchando contra el “no debería”.

Es como una fuerza que tira de mí, que me hace querer estar más cerca, tocarla, hacerla mía.

Me aparto con brusquedad.

Debo ser racional.

—Termina —digo—. Luego limpiarás el pasillo.

Porque aunque esté limpio, no puedo dejarla ir todavía. Me niego. Sé que tengo que hacerlo, pero aún me queda un poco de tiempo para retenerla conmigo.

Al momento, escucho la silla rechinar. Sé lo que piensa hacer. Cree que por no estar mi pantera tendrá más posibilidades.

Antes de que pueda levantarse, cojo la navaja que tenía en el bolsillo. La lanzo con un objetivo en mente y doy en la diana. Yo nunca fallo.

Maia se ha quedado más pálida que antes, incluso. La hoja del arma se ha clavado en un lateral de la sudadera, anclándola a la silla de madera. Sé que no le ha rozado la piel, nunca lo haría, pero le ha dejado claro que podría acabar con ella en cualquier momento.

Me acerco para desencajar la navaja sin apartar la mirada de la suya.

Tiene la boca abierta. Su sorpresa me da los minutos necesarios para irme de su lado.

Espero una acción por su parte, pero no llega.

Creo que tenemos otra tregua hasta que vuelva a idear otro plan de mierda en su cabeza.

La verdad es que está siendo una tarde muy entretenida.

Vuelvo a mi trabajo, a marcar destinos con un bolígrafo rojo.

Fuera, Bagheera ruge en la lejanía, tan fuerte que se escucha desde aquí.

Ese jodido encanto de ella me vuelve loco. Tengo que llevarla de vuelta antes de que pueda arrepentirme, pero no quiero; no paro de buscar excusas.

Siempre será mi debilidad.